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Soñar el México posible


Columna de opinión escrita el 1 de enero por Jorge Suárez-Vélez para el diario Reforma


Viernes 2 de enero de 2026


Jorge Suárez-Vélez

El Año Nuevo es un acuerdo arbitrario que establece el final de un ciclo y el inicio de otro. Esa línea imaginaria que trazamos entre el 31 de diciembre y el 1º de enero cumple una función esencialmente humana: nos permite segmentar la vida, hacer pausas, mirar hacia atrás y por un instante preguntarnos si estamos donde queríamos estar.


Es un momento para revisar el rumbo, reconocer errores, celebrar aciertos y, sobre todo, para proponernos cambios. Los propósitos de Año Nuevo suelen incumplirse, es cierto, pero no por ello carecen de valor. Al decirlos en voz alta, o escribirlos en una hoja de papel, subrayamos lo que consideramos importante. Revelamos nuestras prioridades, aunque no siempre seamos capaces de honrarlas. Debemos hacer ese mismo ejercicio como país.


México necesita una revisión profunda de su rumbo. Necesita propósitos colectivos, ambiciosos, compartidos. Necesita volver a unirse alrededor de objetivos comunes y dejar de prestar oído a narrativas diseñadas para dividirnos, para enfrentarnos a unos contra otros con el fin de que intereses mundanos puedan explotar esa fragmentación. La polarización no abona al futuro, sólo les cede control a extremismos estériles que garantizan estancamiento. Propongámonos que regrese el sentido común. Volvamos a lo básico. Cuando las noticias nos deprimen, la solución no está en dejar de leerlas ni en refugiarnos en la indiferencia, sino en buscar -y exigir- cambios. La desesperanza es cómoda para quienes se benefician del caos.


Un país sin leyes no puede progresar. Un país que no educa a sus niños hipoteca su futuro, asegura su propia pauperización y condena a generaciones enteras a la supervivencia mediocre. Un país que permite que organizaciones criminales se fortalezcan y se vuelvan ubicuas renuncia, palmo a palmo, a su soberanía. Recuperar el Estado de derecho no es una consigna ideológica; es una condición indispensable para emparejar el piso, para protegernos de excesos autoritarios, para proveer la predictibilidad que México necesita para ser destino de inversión.


Sin inversión privada no habrá crecimiento. Sin crecimiento no habrá empleos formales. Y sin éstos no hay prosperidad o movilidad social. Sólo las empresas generan riqueza y por eso necesitamos más empresas, más emprendedores y un entorno que los incentive, no que los castigue. La postura de los líderes empresariales no puede ser la comodidad ni la dócil aquiescencia ante políticas públicas evidentemente destructivas, sino la defensa firme del interés de millones que viven de la actividad productiva. Esa defensa no es siempre cómoda, ni está exenta de riesgo, pero miles de empresarios de todos los tamaños, mexicanos que arriesgan su capital y se sienten capaces de competir en un entorno volátil y a veces adverso, requieren de una representación que no vele por su interés individual, usando su propio acceso como escudo, sino que lo haga por el futuro de nuestro país y de las generaciones que vienen.


Lo que nos hará un mejor país no será ganar partidos de futbol -por agradable que resulte- sino trabajar juntos para construir el país que podemos ser. Para construir un futuro en el que cada mexicano sea dueño de un destino que no esté definido por el código postal en el que nace, sino por su determinación y esfuerzo. Donde el tesón de quien emprende no sea castrado por delincuentes cobrando derecho de piso, o por burócratas extorsionándolo. Tenemos que reconocernos capaces de revertir la destrucción que hemos padecido. Nada está escrito. Ningún deterioro es irreversible. Pero sólo lo lograremos si entendemos que el cambio exige que todos participemos en éste.


Este punto de partida artificial al que llamamos Año Nuevo debe invitarnos a aspirar a más. Todo logro importante comienza siendo un sueño improbable. Estas fiestas nos recuerdan que la familia es lo más importante y, precisamente por ellas y por nuestros hijos, tenemos la obligación de construir un país que les ofrezca oportunidades reales y un futuro que les devuelva el orgullo de ser mexicanos.


Atrevámonos a soñar. ¡Feliz año nuevo!



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Adiós 2025: Entre la simulación y la


fractura institucional


Columna de opinión escrita el 1 de enero por Maite Azuela para el diario El Universal


Viernes 2 de enero de 2026


Maite Azuela

Si el 2024 fue el año de las urnas y la transición histórica para la continuidad de un proyecto de gobierno, el 2025 quedará marcado como el año en que la realidad nos cobró las facturas de la simulación. Hace doce meses, se inauguraba el primer año de la administración de Sheinbaum con la promesa de la continuidad con cambio. Sin embargo, al cierre del calendario, lo que predomina es la continuidad del dolor y un cambio, sí, pero hacia una institucionalidad fracturada.


El suceso que definió la vida pública de este año tuvo lugar el 1 de junio de 2025. A diferencia de lo que podría haberse esperado, no fue una fiesta democrática, sino un experimento de alto riesgo. La primera elección popular de jueces, magistrados y ministros no calmó la sed de justicia de los mexicanos; al contrario, institucionalizó la confusión. Las imágenes de esa jornada —boletas incomprensibles, acarreo apenas disimulado y la renuncia masiva de juristas de carrera— retratan la situación actual de un Poder Judicial que en 2025 perdió su nombre: ya no es Poder, y difícilmente es Judicial. La justicia, durante este año, se transformó en un concurso de popularidad donde el patrocinador más fuerte —sea partido político o poder fáctico— lleva la ventaja.


Mientras en la capital se debatían togas y tómbolas, en el resto del país la sangre continuaba corriendo con la misma inercia macabra.


Sinaloa ha sido quizá la herida más abierta de este 2025. Lo que comenzó a finales de 2024 como una "pugna interna" tras la caída del Mayo Zambada, se transformó este año en una guerra de desgaste que dejó a Culiacán y sus alrededores en un estado de sitio de facto. Septiembre de 2025 será recordado como el "septiembre negro", el mes con mayor desplazamiento forzado en la historia reciente del estado. Las familias rurales no huyeron por pobreza, sino porque sus tierras se convirtieron en trincheras en la batalla entre Chapitos y La Mayiza. La respuesta estatal fue, una vez más, el despliegue de militares que patrullan escombros, pero no previenen incendios. El Secretario de Seguridad Pública, García Harfuch, ha informado sobre varias detenciones, pero estas no han detenido la violencia, aunque sí han incrementado la población carcelaria.


A inicios de diciembre, Animal Político publicó un reportaje sobre el récord histórico de personas privadas de la libertad en México bajo el actual gobierno. Todo apunta a que la estrategia de seguridad de este 2025 ha consistido en detener por detener, más que en buscar soluciones de fondo.


En el sur, el silencio se vuelve aún más ensordecedor. En Chiapas, la frontera ha desaparecido, no por integración, sino por el control criminal. Durante 2025, el desplazamiento de comunidades de la Sierra y la Frontera Comalapa hacia Guatemala dejó de ser anecdótico y se convirtió en una crisis humanitaria permanente. Se vieron pueblos fantasmas donde el único gobierno es el del "cobro de piso". La militarización de la frontera sur, lejos de detener el tráfico de personas, parece haber elevado el precio de la extorsión.


En materia de derechos humanos, el informe sobre la Crisis Forense presentado por la organización I(dh)eas en febrero de 2025 fue un golpe de realidad: más de 72.000 cuerpos sin identificar y un Registro Nacional de Personas Desaparecidas manipulado bajo criterios políticos, en vez de técnicos. Las madres buscadoras no encontraron este año la "puerta abierta" prometida, sino más burocracia y la misma indiferencia de siempre.


El 2025 nos enseñó que no basta con elegir a una mujer presidenta ni con votar por jueces para que la justicia exista. Ojalá que el 2026 que comienza sea, por fin, un año en el que el gobierno federal demuestre que realmente busca un cambio. Hoy es 1° de enero, se vale soñar.


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