Adiós, Taddei. ¿Y ahora? ¿Y el INE?
Columna de opinión escrita por Carlos Puig para Milenio
Lunes 26 de octubre de 2026
Carlos Puig
Hay suficientes evidencias, videos, documentos, filtraciones, como para poder apostar a que la presidenta del INE, Guadalupe Taddei, ha aprovechado su posición y su poder de decisión para su beneficio. Sean autos, choferes o viajes para su hijo.
Y no solo es lo que ha salido a la luz en medios.
La Auditoría Superior de la Federación dijo con claridad que: “A la fecha, ya se cuenta con elementos e indicios relacionados con irregularidades en diversas contrataciones, posibles conflictos de interés, colusiones y triangulación de recursos”.
Todo lo que hoy conocemos no ha hecho más que enlodar, y en serio, a una institución que desde hace mucho era una cosa extraña en el país. Una institución en la que se confiaba. La institución que no solo organiza elecciones en las que todos podemos votar y que ha hecho triunfar en lo nacional y en lo local a candidatos y partidos de todos los colores y sabores desde su creación. La institución que nos da nuestra identificación oficial para cualquier trámite, es la que también cada noche electoral nos anuncia cómo va la cosa y dos días después lo confirma. En un país en el que no muchas cosas han funcionado desde hace un rato, el INE hasta hace poco funcionaba. El lío de ayer con lo del comunicado de renuncia de Taddei confirma que eso de “funcionar” ya no es lo suyo.
¿Cómo y cuándo se recuperará esa confianza, si es que eso es posible? Vaya usted a saber, no será sencillo.
Que un funcionario público aproveche su posición para hacerse favores —a veces pequeños, a veces enormes— es viejo en México. Es, digámoslo, casi la costumbre. Pero tal vez si esto no se ha terminado, si sigue aumentando con todo y un partido o movimiento que dijo que terminar con la corrupción era su objetivo más anhelado, es por la otra parte de estos escándalos: la impunidad.
Se acumulan los funcionarios o exfuncionarios de primer nivel que alguna vez sirvieron al régimen y que, denunciados, renuncian y siguen viviendo tranquilos.
¿Qué sigue para el INE?, ¿qué sigue para Taddei?
No soy muy optimista.
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Brasil vota por más Lula
Comenzará su cuarto mandato presidencial, aun cuando la derecha ha ganado terreno
Columna de opinión escrita por Mary Anastasia O’Grady para The Wall Street Journal
Lunes 26 de octubre de 2026
Mary Anastasia O’Grady
El presidente brasileño de izquierda, Luiz Inácio “Lula” da Silva, del Partido de los Trabajadores, derrotó al senador Flávio Bolsonaro, del conservador Partido Liberal, en la segunda vuelta electoral celebrada el domingo. Antes de la votación, las encuestas daban ventaja al Sr. Bolsonaro, pero Lula había logrado reducir la brecha. Con el 99% de los votos escrutados, Lula obtuvo el 52% frente al 48% del Sr. Bolsonaro.
Se trata de una amarga decepción para los conservadores. Sin embargo, harían bien en tener en cuenta que, cuando Lula preste juramento el 5 de enero, la derecha brasileña habrá ganado terreno. El Sr. Bolsonaro sorprendió a los encuestadores al quedar en primer lugar en la primera vuelta, el 4 de octubre, con el 47% de los votos frente al 45,2% de Lula. En otras contiendas electorales, a la derecha le fue aún mejor. En el Senado, el Partido Liberal obtuvo 19 de los 54 escaños en disputa. Con un total de 28 escaños, comenzarán la próxima legislatura como el bloque más numeroso en la cámara alta, que cuenta con 81 escaños. En la cámara baja, el partido del Sr. Bolsonaro también tendrá una pluralidad, con 121 de los 513 escaños. En un legislativo altamente fragmentado, donde más de una docena de partidos políticos compiten por el poder, estos resultados son significativos.
La demanda de libertad económica en Brasil va en aumento. Basta con observar el buen desempeño de la derecha y el centroderecha en las elecciones para gobernador en 27 estados del país. Los candidatos del Partido Liberal ganaron en seis estados, y el partido de centroderecha Republicanos se impuso en tres, incluidos el gigante industrial São Paulo y la potencia agrícola Mato Grosso. El liberal Sergio Moro, el juez que supervisó la condena de Lula por cargos de corrupción en 2017, resultó ganador en el estado de Paraná.
La victoria de Lula para un cuarto mandato presidencial —no consecutivo— difícilmente puede interpretarse como un mandato contundente. Su historia personal —haber surgido de una familia pobre—, sumada a su carisma y a su populismo de izquierda, lo han convertido en un defensor del movimiento obrero organizado y en un ícono del socialismo latinoamericano. Fue un amigo íntimo de Fidel Castro. A lo largo de los años, su influencia ha servido para impulsar a muchos candidatos del Partido de los Trabajadores. Pero, en esta ocasión, ha tenido dificultades.
Los jóvenes brasileños buscan precios asequibles y oportunidades, y Lula no ha cumplido con esas expectativas. Se espera que, para 2026, la inflación se sitúe cerca del 5,2 %; las previsiones para el próximo año la sitúan por encima del 4,3 %. Los salarios no han seguido el ritmo. Con un objetivo de inflación del 3 %, el banco central ha fijado su tasa de interés de referencia —conocida como Selic— en un nivel excesivamente alto: el 13,75 %. El lastre que esto supone para las numerosas empresas y hogares brasileños, fuertemente endeudados, es evidente. Se prevé que el crecimiento para 2026 sea inferior al 2 %.
Dado que el gasto deficitario alimenta la presión inflacionaria, los brasileños que aspiran a una vida mejor buscaron una alternativa a Lula. El señor Bolsonaro prometió frenar el despilfarro fiscal y equilibrar el presupuesto federal. Se comprometió a reducir los impuestos a las pequeñas empresas, disminuir la carga regulatoria que enfrentan y acelerar el crecimiento económico.
La nación exige que el gobierno tome el control frente al narcotráfico —gestionado por cárteles—, la extorsión, los secuestros y las operaciones de minería ilegal de oro, que resultan altamente lucrativas. Estados Unidos ha designado a dos grandes organizaciones criminales brasileñas como «organizaciones terroristas extranjeras». Lula calificó esta medida como una afrenta a la soberanía brasileña, pero no presentó ninguna estrategia creíble.
Hasta septiembre, el señor Da Silva mantenía una cómoda ventaja en las encuestas. Fue entonces cuando se hicieron públicos unos documentos que vinculaban al juez del Tribunal Supremo, Alexandre de Moraes, con Daniel Vorcaro, quien fuera director ejecutivo del Banco Master. Se alega que el señor Vorcaro cometió un fraude que provocó la quiebra del banco el año pasado. Tanto él como el juez De Moraes niegan haber incurrido en irregularidad alguna. Sin embargo, el escándalo planteó interrogantes sobre la independencia y la integridad del juez De Moraes y de otros miembros del alto tribunal que, además, se han erigido en adversarios de la figura de Bolsonaro. La reputación del tribunal no salió bien parada el domingo, cuando el juez Cristiano Zanin —quien fuera abogado de Lula— accedió a una petición extraordinaria de la campaña de Lula para ampliar el horario de votación en dos horas, alegando problemas en el transporte público. Quizás el nuevo Senado cumpla con su función y tome medidas disciplinarias contra el tribunal.
La capacidad del Sr. da Silva para mantenerse en la contienda, incluso cuando arreciaban las acusaciones de corrupción en las altas esferas del Estado, fue una señal de que aún conservaba una base leal. Sin embargo, tras la primera vuelta —en la que el Sr. Bolsonaro lideraba los sondeos—, el presidente se vio obligado a redoblar sus esfuerzos para movilizar el voto. Anunció un aumento del 15 % en las prestaciones sociales mensuales, la condonación de préstamos, una transferencia de efectivo de unos 1000 dólares para microempresas y transporte gratuito en autobús para todos. El costo de las medidas asistencialistas empleadas por Lula para lograr su reelección durante el último año se estima en cerca de 60 000 millones de dólares, lo que equivale a más del 2 % del producto interno bruto.
La victoria del Sr. Bolsonaro en la primera vuelta, por estrecha que fuera, sugería que no pocos de quienes apoyaron a Lula en las elecciones de 2022 le dieron la espalda en esta ocasión. El hecho de que Lula haya resultado vencedor podría ser una prueba del poder que tiene el erario público para comprar el apoyo de votantes perjudicados por sus propias políticas. Ahora, la pregunta es cuándo se le acabará el dinero ajeno.
























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