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Cuauhtémoc Cárdenas, crítico hasta el final

hace 1 día
6 min de lectura

Columna de opinión escrita por Mario Maldonado para El Universal


Jueves 29 de octubre de 2026


Mario Maldonado

Cuauhtémoc Cárdenas creció en Los Pinos, pero nunca llegó a vivir ahí como presidente. Su padre, el general Lázaro Cárdenas, había decidido instalar a la familia en aquella casa en lugar de ocupar el Castillo de Chapultepec. Su madre, Amalia Solórzano, participó en la colecta para respaldar la expropiación petrolera y en la recepción de los niños españoles que huyeron de la guerra. El petróleo, la soberanía y la solidaridad formaron parte de la historia familiar mucho antes de convertirse en sus propias causas políticas.


El ingeniero construyó una trayectoria que no se explica solamente por el apellido. Fue gobernador de Michoacán, rompió con el PRI, encabezó la candidatura del Frente Democrático Nacional en 1988 y participó en la fundación del PRD en 1989. Compitió tres veces por la Presidencia y en 1997 ganó la primera elección para jefe de Gobierno del Distrito Federal. La capital que después gobernaron Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum había comenzado su etapa de gobiernos electos con él.


Cárdenas fue fundador, dirigente y candidato del PRD, al que renunció el 25 de noviembre de 2014 por sus diferencias con la conducción de la organización. No se incorporó a Morena. En 2024 lo dijo: “Yo desde el 2014 no estoy en ningún partido político. Creo que ya no estaré”. Su respaldo electoral a Sheinbaum no significó una afiliación ni una adhesión a todas las decisiones de la 4T.


La noticia de su fallecimiento, difundida anoche, me hizo recordar las últimas veces que nos vimos, hace apenas semanas. Escuchaba más de lo que hablaba. Dejaba que los demás expusieran, atendía las críticas y compartía las suyas. Las tenía sobre López Obrador, sobre la izquierda y sobre el gobierno. Las expresaba con reserva, sin convertir las diferencias en una ruptura. Se reconocía en las causas de la izquierda, aunque discutiera la manera en que quienes gobernaban decían representarlas.


Sus objeciones eran muy puntuales. En marzo de 2023, le preguntaron si veía un proyecto de izquierda gobernando México. “No”, respondió. Cuestionaba la continuidad del modelo económico, la falta de una reforma fiscal y los resultados de la estrategia de seguridad (con AMLO). Hijo de un general, sostenía que combatir a la delincuencia correspondía a un cuerpo preparado y equipado, bajo mando civil. Tampoco daba por acreditada una transformación porque el gobierno la anunciara. Quería saber en qué consistía y cuáles eran sus resultados.


A los 90 años procuraba nadar cinco días por semana y seguía leyendo. Entre sus lecturas estaban Patricia Highsmith y Agatha Christie. Recibía entrevistas, presentaba sus ideas y discutía el país con personas que habían estado del otro lado de sus batallas. Podía sentarse con Diego Fernández de Cevallos, con quien disputó la Presidencia en 1994, o conversar con Manlio Fabio Beltrones. En aquellos encuentros no advertí rencor. Habían pasado campañas y debates; las diferencias seguían ahí, pero no impedían la conversación.


Con el petróleo mostraba un interés particular. Conocía el sector y tenía posiciones propias. La historia de su padre pesaba en su manera de entender Pemex, sin llevarlo a justificar todo lo que se hiciera en su nombre. En las comidas con periodistas y empresarios reconocía que los cambios impulsados por López Obrador no habían dado los resultados esperados. Defender a la empresa también implicaba discutir cómo se estaba conduciendo.


En algunas de esas reuniones llegó a deslizar la ilusión de que su hijo Lázaro Cárdenas Batel, nieto del general, dirigiera la petrolera. Le interesaba la posibilidad, sin que pareciera quitarle el sueño. Sabía que podía no ocurrir. En julio de 2024 contamos en este espacio que Sheinbaum había ofrecido a Lázaro la Secretaría de Energía y la dirección de Pemex, en una reunión en la que estuvo Cuauhtémoc. Ambos ofrecimientos fueron rechazados. El acuerdo terminó en el cargo de la Jefatura de la Oficina de la Presidencia.


Con López Obrador había vivido un desencuentro revelador. El 27 de enero de 2023 publicamos, con fuentes cercanas al ingeniero, que no participaba en “Punto de Partida”, el proyecto de políticos y ciudadanos críticos del gobierno. “Que no cuenten con él”, cerraba la posdata. Cuatro días después, al Presidente le preguntaron si lo consideraba adversario. Respondió que en política sí, si asumía esa postura.


Cárdenas tampoco convirtió aquel episodio en una campaña contra el expresidente. Con Sheinbaum mantuvo una interlocución que pasó por encuentros familiares, conversaciones sobre energía y el anuncio de su voto en 2024. En marzo de 2025, durante la conmemoración de la expropiación petrolera, los morenistas lo aplaudieron y vitorearon.


En aquellas mesas que compartimos los últimos meses no necesitaba que todos estuvieran de acuerdo con él. Escuchaba, discutía poco de política y de petróleo, y compartía sus reservas. Había dejado el partido que ayudó a fundar y había decidido no ingresar al gobierno en turno. Seguía hablando desde sus propias convicciones. Su visión de la izquierda no era la 4T… y por eso lo criticaron. Que en paz descanse.



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Para salvar al INE, volver al origen


Columna de opinión escrita por Pascal Beltrán del Río para Excélsior


Jueves 29 de octubre de 2026


Pascal Beltrán del Río

En octubre de 1996 el arbitraje electoral mexicano vivió su momento de mayor lustre. La historia quedó asentada para el registro informativo con la firma de una reportera que hoy ocupa un asiento de primer nivel en el gabinete presidencial.  


Rosa Icela Rodríguez, actual secretaria de Gobernación, narró en las páginas del diario La Jornada cómo una reunión privada entre el presidente Ernesto Zedillo y el líder nacional del PRD, Andrés Manuel López Obrador, logró destrabar un estancamiento en las negociaciones partidistas para integrar el órgano electoral. Durante un desayuno en la residencia oficial de Los Pinos, el mandatario empeñó su palabra de que la autoridad electoral no dependería jamás del gobierno. 


Fue ese acuerdo de genuina visión de Estado el que abrió paso al nombramiento de José Woldenberg a la presidencia del IFE, una solución de consenso entre las distintas fuerzas políticas que garantizó plena autonomía, rigor técnico e indiscutible confianza ciudadana. La gestión de Woldenberg constituyó un parteaguas democrático y representó el momento más luminoso de toda la historia de la institución.


Exactamente tres décadas después de aquel hito de madurez republicana, el Instituto Nacional Electoral atraviesa el peor momento de su existencia. La severa crisis provocada por las revelaciones sobre irregularidades administrativas, que terminaron por forzar la salida de Guadalupe Taddei de la titularidad del órgano electoral, dejó expuesta una grave descomposición interna que amenaza con arruinar lo construido a lo largo de décadas de intenso esfuerzo cívico. 


El contraste resulta desgarrador para la vida pública mexicana, pues el instituto vive su peor momento justo 30 años después de su mayor gloria. La única manera de revertir la pudrición que significó la desastrosa gestión de Taddei en el INE es realizar el nombramiento del presidente del organismo electoral exactamente como se hizo con Woldenberg: con auténtica visión de Estado y madurez política.


Si la mayoría oficialista quiere imponer como cabeza del INE a alguien que sirva exclusivamente a sus intereses políticos —como podría ser Mónica Soto, de quien se especula que su extraña renuncia a la Sala Superior del Tribunal Electoral, a mediados de agosto pasado, se debió a que recibió un pitazo sobre la crisis por corrupción que iba a estallar en el INE—, el país y sus instituciones sólo sufrirán un deterioro todavía mayor en la certeza de sus reglas democráticas. 


Pretender imponer a una figura servil a los intereses del grupo dominante sólo acelerará la degradación incontrolable de los órganos autónomos, ahondará la profunda desconfianza en las urnas y terminará por liquidar de manera definitiva la imparcialidad que tanto costó a la sociedad.


Si lo que quiere el gobierno federal es atraer inversiones para apuntalar el desarrollo económico y la competitividad del país, debiera darse cuenta de que prolongar la colonización del INE es un acto tan pernicioso como la propia reforma judicial, que ya ha ahuyentado a los inversionistas de manera evidente y generado una enorme zozobra en los mercados internacionales. La confianza de los capitales y la certeza jurídica no se sostienen únicamente con discursos sobre disciplina fiscal; requieren certezas institucionales muy sólidas, reglas del juego transparentes e instituciones electorales independientes. 


Para rescatar al instituto de sus horas más oscuras, exactamente tres décadas después de su momento de mayor brillantez, la política nacional necesita volver la mirada a aquellos orígenes republicanos y recordar siempre el valor irremplazable del consenso.






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