La revolución devoró al pueblo
Columna de opinión escrita por Azucena Uresti para El Universal
Viernes 30 de octubre de 2026
Azucena Uresti
Todo comenzó con una promesa, la de acabar con la corrupción, devolverle el poder al pueblo, terminar con los privilegios y construir una patria más justa.
El líder llegó hablando de los pobres, denunció a las élites, acusó a los gobiernos anteriores de todos los males y prometió una transformación histórica. Cansados de los abusos, las desigualdades y las promesas incumplidas, millones le creyeron.
Pero más temprano que tarde, el significante de esa revolución comenzó a exigir obediencia. Al líder le molestaban las críticas, y quien disentía ya no era un adversario político, sino un traidor a la patria. Los periodistas de pronto eran conspiradores, los jueces independientes se volvieron obstáculos y los organismos autónomos se convirtieron en instituciones incómodas que debían desaparecer o someterse. Todo esto bajo la falsa argumentación de que había que defender la transformación.
El autoritarismo llegó en un combo que incluía discursos contra los privilegios, la concentración del poder, la polarización social y más mentiras. Luego vinieron las reformas para debilitar los contrapesos y los funcionarios dejaron de rendir cuentas a los ciudadanos para rendirlas a él. Cuentas que, por cierto, siempre llevaban dinero de por medio.
El partido se confundió con el gobierno, el gobierno con el Estado y el Estado con la voluntad de una sola persona. La pobreza y la demagogia se erigieron como los estandartes preferidos para conservar el poder; lo mismo que los programas sociales que se presentaban como generosidad del gobernante y no como derechos de los ciudadanos.
La propaganda y la lealtad se volvieron más importantes que la capacidad, y los errores siempre fueron culpa del pasado, de los empresarios, de los medios o de alguna conspiración extranjera.
La igualdad sí se volvió una realidad, pero terminó siendo solo para los nuevos ricos, mientras la austeridad solo se exigió a los ciudadanos y los círculos cercanos al poder acumularon fortuna y privilegios.
Las elecciones dejaron de garantizar una competencia justa, y aunque las instituciones seguían existiendo, perdieron la independencia necesaria para vigilar a quienes gobernaban.
Ninguna revolución se declara autoritaria desde el primer día, ni su líder anuncia su pretensión de someter a los tribunales, perseguir a sus críticos o perpetuar el poder en su persona o en sus “herederos”. Siempre sostiene que lo hace por el bien del pueblo.
La democracia y las libertades se destruyeron, pero cuando el pueblo descubre la verdad suele ser demasiado tarde.
Pobre Venezuela. Pobre Nicaragua. Pobre Cuba.
Y pobres de aquellos que, teniendo todavía la oportunidad de aprender de estas historias, decidan repetirlas.
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El ingeniero se lleva su legado
Columna de opinión escrita por Salvador Camarena para El Financiero
Viernes 30 de octubre de 2026
Salvador Camarena
La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano obliga a encarar un hecho. El México que él y algunos de su generación hicieron posible es historia. Al tiempo que se agradece al ingeniero su entrega, se puede expedir el certificado de defunción a su legado. Eso que con su empuje pudo ser ampliado, se ha vuelto espectral: una democracia socavada por las dos derechas, PRIAN y Morena, que han gobernado.
Con Cárdenas por la izquierda y Manuel J. Clouthier por la derecha, la oposición venció al régimen priista la noche del 6 de julio de 1988. La “caída del sistema” fue el epitafio de lo que le restaba de credibilidad al PRI en los años 80. De ahí en adelante el gobierno tendría que negociar y ceder si pretendía sobrevivir. Sin Cuauhtémoc eso no hubiera ocurrido.
El ingeniero se aferró a su apuesta de una democracia por la vía electoral. Pocos como él padecieron trampas y denuestos. Nunca se rebajó al nivel de sus difamadores, nunca sucumbió siquiera a concederles un momento “Cállate chachalaca”. Forma y fondo de su lucha tuvieron una consistencia que hoy prácticamente todos en el panorama político le reconocen.
Esa pugna pacífica y tesonera fue clave para activar negociaciones aperturistas, en las cuales no siempre él o su movimiento fueron bienvenidos. A pesar de ello, seguro le molestaría que se le acredite como “padre” de nuestra democracia. Pero sin duda, lo que hasta 2018 se negoció para tener mejores elecciones y más rendición de cuentas, no se entiende sin sus tres campañas presidenciales.
Va más allá de una ironía del destino el hecho de que Cárdenas Solórzano desaparezca físicamente en las horas en que el Instituto Nacional Electoral, llamado a ser exactamente la antítesis del aparato que se burló de los votos cardenistas del 88, chapotea en el fango.
Adiós al ingeniero, hola a la realidad: su lucha acabó hace tiempo, sus logros se van con él, y el México de hoy, en manos de algunos que se dicen sus herederos, se parece mucho más a la tentación bartlettiana de un Estado orwelliano, que a la apertura que demandaba Cárdenas.
La emoción de los mítines de aquella campaña contra todo pronóstico que fue la del 88 tiene un nombre. Esperanza. El renacimiento del cardenismo provocó que una sociedad volviera a creer, sentimiento que llegó al cenit en ese momento de unidad de la oposición, la noche en que junto con Clouthier y Rosario Ibarra reclamó limpieza al hoy morenista Manuel Bartlett, secretario de Gobernación de De la Madrid.
Las otras dos campañas presidenciales de Cárdenas no fueron menos importantes. Si las del 94 y la del 2000 no tenían el sabor de ruptura que tuvo la primera fue, precisamente, porque gracias al cardenismo las cosas empezaban a cambiar, un poco para arrebatarle banderas, un poco por mero instinto de sobrevivencia por parte del PRI-gobierno. Se trató de una etapa de lucha de 12 años continuos.
Cárdenas hizo todo lo que pudo y luego Morena designó a Guadalupe Taddei en el INE. La historia no juzga intenciones, sólo es consecuente. Si se abandonan los principios, las consecuencias serán las lógicas. No existe línea continua entre el ingeniero y la presidencia del INE que se instaló en 2023. A él que lo esculquen. Mas ni en estas horas de pésame lo van a reconocer en Morena.
Adiós ingeniero. Un par de generaciones le agradecemos desde la memoria que gracias a usted un día los votos contaron. El tiradero actual no es su legado. El suyo fue honrado ayer en el panteón Francés.
























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