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Cumplir sorprende


Columna de opinión escrita por Eduardo Caccia para el diario Reforma


Lunes 6 de abril de 2026


Eduardo Caccia

Hay algo anómalo en un país donde lo ordinario sorprende. No hablo de milagros ni de eventos improbables. Hablo de aquello que debería suceder todos los días, lo predecible, lo esperable, lo básico. Eso que un día dejó de ocurrir. Y cuando sucede, parece extraordinario.


Hace años conocí un grupo de gasolineras que anunciaban, con orgullo, algo que en cualquier país desarrollado sería una obviedad irrelevante: "litros de a litro". No vendían gasolina, vendían confianza. En un entorno donde la sospecha es la regla, la honestidad se volvió diferenciadora. Lo que debería darse por hecho se convirtió en promesa comercial. No era solo una estrategia; era una forma de admitir que lo correcto dejó de ser norma.


Hace unos días presencié otra escena de esa misma naturaleza. En un crucero cualquiera, de esos donde la prisa, el egoísmo y la trampa van de la mano, un policía vial hacía algo inusual: obligaba a cumplir la ley. Con el cuerpo por delante, a modo del torero que se planta frente al astado, impedía a los autos hacer una vuelta prohibida. Una escena tan inusual que parecía fuera de lugar. Como aquel hombre frente a los tanques en Tiananmén, un solo individuo contenía, por momentos, la inercia de muchos. No con fuerza, sino con convicción. En un país donde la sociedad desprecia la ley con naturalidad, me pareció un acto de rebeldía.


Me orillé. Bajé del auto. Luego de un apretón de manos, le dije "he visto lo que está haciendo; lo felicito. Por personas como usted este país tiene esperanza". El oficial Gerardo Melgoza, de la Policía Vial Metropolitana, me respondió con una frase reveladora: "Yo nada más hago mi trabajo".


Minutos después, regresó a su posición para impedir a un par de automovilistas transgredir la ley. Uno de ellos, molesto, se echó en reversa y lo insultó antes de irse. Capté la escena en video, estaba completa: quien cumple, resiste; quien transgrede, se justifica. Compartí el momento, no como anécdota, sino como evidencia. En ese cruce se condensaba algo más profundo: no es la gran corrupción la que nos define, sino la pequeña. La cotidiana: la que repetimos y minimizamos. Donde la ley es negociable, cumplirla se vuelve un acto extraordinario.


Las opiniones que el hecho generó en las redes son también un diagnóstico revelador. Una parte de la opinión pública no ve la relación entre el desprecio a la ley en temas menores y delitos más graves. Además, se piensa que existe la corrupción únicamente cuando intervienen dos partes y una de ellas es del gobierno. Por eso muchos mexicanos no se ven corruptos. Difiero. Corrupción es lo que corrompe, lo que erosiona, como la transgresión ordinaria que sucede frente a nuestros ojos en la vía pública. Somos la sociedad que se dice harta de la corrupción, pero corrompemos la ley "nomás poquito". Decimos que queremos un país con Estado de derecho, pero lo saboteamos habitualmente.


Exigimos legalidad, pero negociamos con ella cuando nos estorba y nos conviene. Nos indignamos ante los delitos grandes, pero practicamos los pequeños. A unos metros del crucero donde Melgoza "nada más" hace su trabajo, frente a un negocio de moda, la gente se estaciona en un carril vehicular, bloquea media vialidad para no caminar unos pasos. ¿Lo ven como delito? ¿Como corrupción? ¿Se sienten malos ciudadanos? Lo dudo. Nada más les importa su helado de yogurt "griego". El mensaje es un dardo envenenado: la ley es opcional. Y no hay consecuencias.


Días después, el oficial Melgoza fue reconocido por su labor. Y entonces vinieron aplausos, pero también la reacción predecible: hubo quien dijo que no era para tanto. Que solo hacía su trabajo. Y tienen razón. Ese es el problema. Cuando hacer lo correcto no merece reconocimiento, pero tampoco sucede, algo está roto en la sociedad. Cuando cumplir la ley sorprende, la normalidad ya se perdió.


Necesitamos más Gerardos Melgoza, sí. Pero sobre todo necesitamos dejar de verlos como excepción. El verdadero riesgo no es que falten buenos policías. El verdadero riesgo es que como sociedad hayamos normalizado que la ley es una sugerencia.


Cuando lo ordinario necesita aplauso y reconocimiento, no estamos frente a héroes. Estamos frente a un espejo. Y lo que refleja es un país grande con ciudadanía enana.




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El funesto aspiracionismo


Columna de opinión escrita por Leonardo Curzio para el diario El Universal


Lunes 6 de abril de 2026


Leonardo Curzio

Un afamado politólogo (Michels) escribió aquello de la “Ley de hierro de las oligarquías” para referirse a las dirigencias partidistas. Según la ley de marras, los partidos tienden a ser dominados por una pequeña minoría. En el caso del sistema político parece ocurrir algo similar, pues no importa el origen ideológico del que se venga, las élites tienden a concentrar poder para su disfrute y a comportarse de una manera similar.


La élite que hoy gobierna este país tiene múltiples orígenes; algunos vienen de la lucha democrática y muchos otros de aparatos corporativos y clientelares; algunos más provienen del mundo sindical y de la esfera globalifóbica, aquella que se movilizaba contra el libre comercio. Con raíces diversas, pero ya instalados en el poder, nuestros jerarcas tienden a reproducir patrones de conducta de sus predecesores, como si hubiese una suerte de condicionamiento social, un funesto aspiracionismo que los induce a replicar los viejos modales y las inveteradas inercias.


La primera es que el apego a la verdad se convierte en algo parecido a una tarjeta de crédito: se usa cuando se tiene necesidad. Es increíble ver cómo un episodio tan menor (como el de una mujer en la ventana de Palacio) ha puesto a los comunicadores oficiales en tales predicamentos y en tal nivel de desgaste. Recuerdo los trapecios a los que saltaban los comunicadores de Peña Nieto para decirnos lo bien que estaba el país y lo poco empáticos que éramos los comunicadores con el gobierno. Ellos, que fueron autores de la frase de “ya chole con tus críticas”, son los inspiradores de esta nueva generación que recuerda con algunas variantes, por supuesto, los tiempos de defender hasta la ignominia al gobierno.


La segunda son los privilegios, el status. Es cada vez más cómico que pregonen que nadie cobra más que la presidenta. A partir de la exhibición pública de su riqueza se puede deducir que eso es tan falso como que la “luna es de queso”. Nadie que gane menos de 150 mil pesos puede tener una camioneta de 2 o 3 millones, a menos que viva absolutamente hipotecado o tenga una esposa millonaria. En todos los países serios el sistema del impuesto sobre la renta se controla con un impuesto patrimonial. No puedes tener un patrimonio de millonario y un sueldo de funcionario público. Pero ya es tan evidente lo que ocurre que les da igual. Suburban y Land Rover son el paisaje normal en los eventos oficiales. Es decir, se comportan exactamente como lo hacían sus predecesores. La Ley de hierro se cumple.


La tercera es que una parte de las familias de los poderosos se convierte, por arte de magia, en empresarios. Los allegados al poder descubren que tener una constructora, una consultora o una proveedora de servicios es una gran idea. El emprendedurismo en México depende de que tengas amigos en el gobierno (y si hay parientes, todavía mejor). Decía López Obrador que no había negocios en este país que no se hicieran sin el conocimiento del presidente y ahora sabemos que sus familias (consanguínea y política) descubrieron su vocación empresarial justamente cuando él estaba en el poder.


Poco espacio hay para la duda. El oficialismo insiste en hacernos ver un país que no existe y una vocación de cambio que se queda en la declaración. Cada vez se parecen más a sus predecesores y demuestran que el comportamiento de nuestra élite y su cultura política no eran rasgos exclusivos del priismo, sino que están tremendamente arraigados en la cultura nacional.




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Los desaparecidos


Columna de opinión escrita por Sergio Sarmiento para el diario Reforma


Lunes 6 de abril de 2026


Sergio Sarmiento

"No dejemos que la voz de nuestros

desaparecidos se apague,

hay que seguir la búsqueda...".


Ceci Flores, 2.03.2026

 

 

El gobierno de México rechazó el "informe del Comité de Desapariciones Forzadas de la ONU... por ser tendencioso", porque "los argumentos no coinciden ni con la definición de desaparición forzada del propio comité" y porque no toma en cuenta "los avances institucionales logrados desde 2019 y en particular desde 2025". Lo descalifica porque "se refiere principalmente a hechos ocurridos en el periodo 2009-2017 -administraciones de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto- y se circunscribe a cuatro estados... La decisión del comité es parcial y sesgada... El gobierno de México no tolera, permite, ni ordena desapariciones forzadas".


El gobierno se irritó porque el Comité de las Naciones Unidas contra la Desaparición Forzada, el nombre correcto, solicitó al secretario general de la ONU "que remita urgentemente la situación de las desapariciones forzadas en México a la Asamblea General" para que apoye a México "en la prevención, investigación, castigo y erradicación de este crimen".


Nuestro régimen argumenta que el Estado mexicano no está perpetrando las desapariciones. Quienes llevan a cabo los secuestros y asesinatos que dan lugar a las desapariciones son en buena medida organizaciones criminales y no policías ni militares. Sin embargo, el comité señala la participación en algunos casos de funcionarios públicos o su "autorización, apoyo o aquiescencia". También apunta que, conforme al artículo 5 de la Convención contra las Desapariciones Forzadas y el artículo 7 del Estatuto de Roma, "las desapariciones forzadas como crímenes de lesa humanidad también pueden ser cometidas por una 'organización', incluso ciertos actores no estatales organizados cuando 'formen parte de un ataque generalizado o sistemático dirigido contra la población civil'".


Y no hay duda de que la población mexicana está siendo víctima de un "ataque generalizado o sistemático". El número de desaparecidos ha venido aumentando de manera dramática y dolorosa. En todo el sexenio de Calderón, a quien el actual gobierno sigue culpando de todos los males del país, se registraron 17,007 desapariciones, 7.8 diarias. En el de López Obrador fueron 52,523 o 24.6 diarias. "En solo 549 días de su sexenio, Claudia Sheinbaum tiene ya más desaparecidos acumulados que en los seis años completos de Calderón, Fox, Zedillo, Salinas... sin considerar los 2,107 que borraron el 31 de diciembre de 2025", 17,766 o 37.4 diarios, comenta en X el 3 de abril Edu Rivera (@edusax79), quien mantiene un detallado recuento de homicidios y desapariciones con cifras oficiales.


La impunidad, por otra parte, es abrumadora. El pasado 26 de marzo el gobierno reconoció que había 132,534 desaparecidos. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas muestra un aumento de 74 por ciento en el gobierno de la presidenta Sheinbaum. El informe del comité señala que, "al 26 de noviembre de 2021, solo... entre el 2 y el 6 por ciento, [de los casos] habían sido judicializados, y solo se habían emitido 36 sentencias en casos de desaparición de personas a nivel nacional". El sexenio de López Obrador cerró con más de 72 mil cuerpos sin identificar acumulados en los servicios forenses.


En su campaña de 2018 López Obrador dijo que México debía abrir las puertas a las organizaciones de derechos humanos de Naciones Unidas y otros países para que "puedan entrar a México a ayudar". Quizá lo olvidó después. Un gobierno que se dice "humanista" no debería mostrar indiferencia ante los desaparecidos, una de las mayores tragedias de nuestro país.











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