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Deslineamientos


Columna de opinión escrita por ​Sergio Sarmiento para Reforma


Viernes 21 de agosto de 2026


Sergio Sarmiento

"Nadie que hubiese caído en las manos de la Policía del Pensamiento podía escapar al final".


George Orwell, 1984

 

 

Hoy concluye la "consulta" organizada por la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT) en torno a los "lineamientos sobre los derechos de las audiencias". No hay razón para esperar que presten atención a los cuestionamientos. Veremos lo mismo que en los llamados Diálogos Nacionales del 27 de junio al 8 de agosto de 2024 de la Cámara de Diputados en que la ilegal mayoría calificada del régimen descartó todas las propuestas de la oposición e hizo una reforma judicial que representa un retroceso abismal en la justicia, pero que además estuvo tan mal hecha que dos años después ya le quieren poner parches. De la consulta ahora de la CIRT se espera, si acaso, una disminución de las brutales multas que el gobierno quiere imponer a quienes no obedezcan sus decisiones. No hay indicación de que el régimen quiera echar para atrás las violaciones a la libertad de expresión.


Ayer la presidenta Sheinbaum rechazó una vez más que "estos lineamientos son censura y que el gobierno no quiere que se hable en contra del gobierno". Dijo que "hay incluso un acuerdo con la Cámara de la Radio y la Televisión. Las dudas eran sobre todo en el tema de las multas, cómo se aplicarían estas multas... Hay un acuerdo".


Para la mandataria estos lineamientos representan "un avance en la democracia de nuestro país. No tiene nada que ver con la censura". Dijo que espera que la CRT emita primero los lineamientos "y ya pueda venir Luisa María [Alcalde] a explicar en la mañanera cómo es que se dio este acuerdo".


Es un orden curioso. Si la CRT, un órgano con independencia técnica, aunque la 4T le quitó la autonomía que tenía el Instituto Federal de Telecomunicaciones, es responsable de la consulta y de emitir los lineamientos, ¿por qué tiene que explicarlos la directora jurídica de la Presidencia? Sheinbaum está reconociendo que la CRT no está realmente a cargo de preparar los lineamientos, sino la Presidencia.


En el fondo del asunto, no hay duda de que los lineamientos son uno más de los retrocesos democráticos de la 4T, cuyo objetivo ha sido siempre lograr la mayor concentración posible del poder. Esto se vuelve particularmente claro si consideramos que la Presidenta rechaza aplicar estos mismos lineamientos a su mañanera.


Cuando se le ha preguntado sobre el tema, la respuesta ha sido siempre negativa. "Quien no quiera ver la mañanera, pues que no vea la mañanera", dijo la Presidenta el pasado 30 de julio. En su caso, o en el de otros programas de televisión del gobierno, como "Derecho de réplica", conducido por Alcalde, no se requiere un defensor de las audiencias, ni verificar que la información sea veraz, ni que esté adecuadamente contextualizada, ni que se mezcle la información con opinión o propaganda.


Hay que desconfiar siempre de quienes quieren imponer reglas a los demás, diciendo que lo hacen por el bien de todos, pero se niegan a que esas mismas reglas se les apliquen a ellos. Lo hemos visto constantemente en la 4T, cuando por ejemplo se exige austeridad a los demás, pero se acepta que los camaradas vivan en el lujo y el dispendio.


En el caso de los lineamientos de las audiencias, la decisión de un gobierno cada vez más autoritario, el de la 4T, es imponer reglas restrictivas a la información de los medios, pero rechazar que esas reglas se apliquen a sus emisiones de información y propaganda. Si la Presidenta realmente creyera que los nuevos lineamientos no representan una censura, no tendría ningún problema en aceptarlos también para sus mañaneras.




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Washington no manda señales,


reparte calificaciones


Columna de opinión escrita por Marcela Gómez Zalce para El Universal


Viernes 21 de agosto de 2026

Marcela Gómez Zalce

“¿Are you enjoying the show? Refill your popcorn You will love the next part”


Christopher Landau.


La simultaneidad de los mensajes recientemente enviados por Washington difícilmente puede leerse como un accidente diplomático. Mientras el director de la DEA, Terrance Cole, eleva públicamente a Omar García Harfuch en plena Conferencia Global para el Control de Drogas llevada a cabo en Buenos Aires, Argentina, a la categoría de “socio de confianza y buen amigo de Estados Unidos” reconociendo la cooperación y fluida comunicación bilateral en el combate al narcoterrorismo, el gobierno de Trump revoca la visa de López Beltrán, hijo del fundador del movimiento transformador que tanto abrazó a narcocriminales empujando a México al precipicio de la violencia e impunidad.


La doble señal resulta políticamente mucho más elocuente que cualquier comunicado. El gobierno estadounidense parece establecer una distinción entre el funcionario mexicano, hombre clave y de absoluta confianza de Sheinbaum para el intercambio de información sensible en materia de seguridad regional, y el núcleo político del obradorismo que se bate en el escándalo de corruptelas y al que ya no le concede automáticamente el beneficio de la confianza.


Para la presidenta la paradoja es especialmente incómoda; el mismo vecino al que se ha hartado de acusar públicamente de injerencista por el caso López Beltrán valida con extraordinaria claridad a uno de los hombres más poderosos de su gabinete, hasta el punto de que ella misma ha señalado el aparente “doble discurso” de la DEA.


El mensaje implícito es casi quirúrgico.


Estados Unidos no está descalificando indiscriminadamente al gobierno mexicano.


Está discriminando entre interlocutores.


Premiando públicamente la cooperación de García Harfuch mientras aplica presión individualizada sobre personajes vinculados al corazón político de Morena.


Para el partido transformador eso es potencialmente más corrosivo que una confrontación frontal, porque destruye la comodidad del relato según el cual, todo cuestionamiento estadounidense puede reducirse a una ofensiva ideológica e intervencionista. Resulta difícil sostener que Trump persigue a Morena en bloque cuando simultáneamente exhibe como interlocutor ejemplar a un secretario federal perteneciente al gobierno de Morena.


El dilema es todavía más fino; defender sin matices con admirable entusiasmo retórico al junior de Palenque sosteniendo que México pierde soberanía cada vez que Washington decide quien cruza su frontera.


La ironía institucional se torna difícil de manejar y eso sin hablar de la contradicción más deliciosa. Para denunciar una supuesta agresión a la soberanía nacional hay que elevar primero al hijo de López Obrador —quien tiempo atrás amenazó con regresar a la arena pública si la cacareada soberanía estaba en riesgo— a la categoría simbólica de asunto de Estado.


Y eso plantea un sinfín de preguntas incómodas dentro del régimen que cruje gracias a la estirpe obradorista.


En medio de las conversaciones y tensiones que rodean el T-MEC justo cuando el régimen necesita administrar con precisión quirúrgica una relación con Estados Unidos atravesada por comercio, aranceles, seguridad, migración e inversión se decide añadir al inventario estratégico la defensa política de la visa del hijo de un expresidente que no es funcionario ni representa al Estado mexicano.


El engrudo, en efecto, no se hizo bolas solo. Se han mezclado deliberadamente partido, familia, gobierno y Estado.


Complicado desenredar la madeja política narcotransformadora sin que llegue a ser un peligroso juego de suma cero.








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