El VAR: un periscopio para buscar hormigas
Columna de opinión escrita por Pascal Beltrán del Río para Excélsior
Lunes 13 de julio de 2026
Pascal Beltrán del Río
La promesa original del videoarbitraje consistía en canjear un puñado de segundos de interrupción por una dosis de justicia absoluta. Se nos dijo que la tecnología desterraría el error y, por ende, el conflicto. Sin embargo, la Copa Mundial de la FIFA 2026 ha terminado por sepultar esa utopía positivista, demostrando que, en un deporte regido por la subjetividad, la tecnología no elimina la sospecha, sino que la sofistica.
El torneo actual, con su nuevo y masivo formato, se ha convertido en el escenario ideal para observar cómo el futbol ha mutado en una suerte de litigio burocrático donde la emoción en el graderío queda suspendida a la espera de un veredicto invisible.
El núcleo del problema radica en que el reglamento del balompié no se compone sólo de verdades fácticas, sino de muchos criterios elásticos. A diferencia del tenis o el beisbol, donde una pelota está dentro o fuera, el futbol es un ecosistema de intenciones, intensidades y roces naturales. Al intentar encapsular esa fluidez en un monitor, la FIFA incurrió en un severo error de diseño. Como bien ha apuntado el exfutbolista y ensayista Jorge Valdano al analizar la deriva del juego bajo la mirada tecnológica, “el VAR nació para solucionar errores clamorosos y terminó por arruinar el momento sagrado del gol al llenarlo de dudas y revisiones”, y que lo mejor sería tomar un martillo y romperlo.
El videoarbitraje no ha conseguido erradicar la discordia, sino que ha procreado fórmulas inéditas de debate público. La discusión ya no es si el árbitro vio la jugada a 30 metros de distancia, sino cómo es posible que, tras observar diez repeticiones en alta definición, persistan interpretaciones diametralmente opuestas en la opinión pública.
Esta transición ha transformado la psicología del propio arbitraje. En un artículo publicado este año en la revista Frontiers in Psychology se teoriza sobre cómo las condiciones de gobernanza tecnológica alteran sustancialmente el juicio de los colegiados en el campo. El silbante central ya no actúa bajo la soberanía de su percepción inmediata, sino bajo la coacción de la infalibilidad técnica. Al ralentizar las acciones a 0.25x de velocidad para evaluar un contacto en el área, la pantalla descontextualiza la fuerza y la inercia, transformando choques fortuitos en agresiones deliberadas. El resultado en este Mundial 2026 ha sido una inflación sin precedentes en la señalización de penas máximas y expulsiones en jugadas que, a velocidad real, pertenecían a la legítima fricción del juego.
La mutación más perversa de este sistema es el desplazamiento del eje de la sospecha. Diversos teóricos y periodistas deportivos han desarrollado la tesis de que el VAR alteró el foco de la disconformidad: la vieja polémica dirigida hacia el árbitro de campo se ha trasladado por completo hacia los ocupantes de la cabina tecnológica y su manejo de la pantalla. La mística del “error humano” del silbante, aceptada como parte de la tragedia inherente al juego, fue sustituida por la desconfianza hacia un cónclave cerrado que decide qué toma mostrar y cuándo intervenir. El juego se siente hoy gestionado en lugar de jugado; la justicia procedimental terminó por estrangular la fluidez y la naturaleza impredecible del espectáculo.
Esta mirada fragmentada e hiperanalítica encuentra un paralelismo en lo que la crítica cultural (Isidori y Žižek, entre otros) define como la estructura de un thriller judicial. El verdadero conflicto que introduce no radica en la imperfección del ojo humano, sino en la edición de la realidad: al trasladar el foco de atención del césped a la cabina, el VAR somete la jugada a un montaje cinematográfico donde la verdad depende del fotograma elegido para ser congelado. Así, la vieja y tolerable queja sobre la mala ubicación del silbante ha sido sustituida por la sospecha colectiva hacia la intencionalidad del realizador televisivo y del técnico de video, convirtiendo el veredicto deportivo en una decisión puramente editorial que altera la legitimidad original del espectáculo.
El propio estamento futbolístico ha comenzado a manifestar su saturación ante este intervencionismo microscópico. Roberto Rosetti, jefe de arbitraje de la UEFA, advirtió antes del Mundial sobre el peligro de desnaturalizar el juego mediante revisiones milimétricas, señalando que la fijación por encontrar infracciones invisibles al ojo humano atenta contra el espíritu mismo del balompié. En esta Copa del Mundo, la intervención constante de las pantallas para sancionar fueras de juego imperceptibles o rigurosos penaltis no ha traído la paz social a los estadios, sino una profunda alienación. El aficionado ya no celebra el gol con el estómago, sino que mira de reojo al asistente antes de liberar el grito.
Al final, la tecnología nos ha devuelto un espejo incómodo: el futbol jamás se diseñó para ser perfecto porque la justicia, al igual que una mano dentro del área o un contacto disputado, seguirá siendo una cuestión profundamente humana e interpretable.
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Ucrania persiste
Columna de opinión escrita por Denise Dresser para Reforma
Lunes 13 de julio de 2026
Denise Dresser
Nada te prepara para Kyiv. Nada. A las tres de la mañana corres al refugio mientras un misil balístico atraviesa el cielo. Después entrevistas a un empresario que fabrica drones. Luego conversas con un poeta que también es voluntario del ejército. Por la tarde recorres un centro donde jóvenes diseñan la guerra del futuro. Horas después cenas en una ciudad donde los restaurantes siguen llenos y las parejas siguen caminando tomadas de la mano. Hasta que vuelve a sonar la alarma, y entonces todo se detiene otra vez. En Kyiv uno aprende que el miedo y la normalidad no son estados opuestos; conviven en el mismo día.
Durante más de cuatro años Putin apostó a una guerra de desgaste. Su cálculo era que Rusia tenía más soldados, más misiles, más recursos y una capacidad industrial muy superior. Bastaba esperar. Ucrania terminaría agotándose antes que el Kremlin. Pero la guerra no premió al agresor, no le dio la razón al más fuerte. Mientras Rusia sigue destruyendo ciudades, Ucrania ha dedicado estos años a reinventarse. La periodista Anne Applebaum sostiene que la conversación internacional comienza por fin a reconocer una realidad distinta: Ucrania no está derrotando a Rusia, pero Rusia tampoco está derrotando a Ucrania. El objetivo de Putin nunca fue conquistar unos cuantos kilómetros cuadrados; fue borrar a Ucrania como nación independiente. Cuatro años después, ese objetivo parece más lejano que cuando comenzó la invasión.
Hay una frase que resume mejor que ninguna otra lo que ocurre aquí. La escucho una y otra vez de funcionarios, empresarios, artistas, voluntarios y soldados: "Si no estás en el ejército, estás para el ejército". No es una consigna; es una descripción de la realidad. En estos días he visitado empresas, centros de entrenamiento y organizaciones donde ucranianos de todo tipo desarrollan tecnologías que hace apenas unos años no existían. He visto cómo pequeños equipos adaptan drones y sistemas de guerra electrónica a una velocidad que sorprende incluso a militares occidentales. Lo extraordinario no son únicamente los aparatos; es el ecosistema que los hace posibles. La rapidez con la que una idea pasa del laboratorio al campo de batalla. La convicción compartida de que cada innovación puede significar una vida salvada.
Y esa innovación ya no sirve únicamente para defender el cielo ucraniano. También ha llevado la guerra al territorio de quien creyó que podría mantenerla lejos de casa. Drones ucranianos alcanzan Moscú, golpean refinerías, depósitos de armas, centros logísticos y redes energéticas dentro de Rusia. Las imágenes de humo sobre instalaciones industriales empiezan a desmentir la ficción cuidadosamente construida por el Kremlin: la idea de una "operación especial" distante, controlada, sin costos para la población rusa. En Moscú han tenido que acortar actos militares por temor a ataques. En San Petersburgo, drones ucranianos han golpeado instalaciones mientras el régimen organiza conferencias ceremoniales. La guerra que Putin exportó comienza a regresar a sus puertas.
Eso ha enfurecido a Putin. Y ante la imposibilidad de obtener la victoria prometida, responde castigando a civiles. En las últimas semanas Rusia ha intensificado los ataques contra Kyiv y otras ciudades. Cientos de drones. Misiles balísticos. Edificios residenciales abiertos por la mitad. Familias enterradas entre los escombros. El Kremlin pretende convertir el insomnio en arma de guerra, y quiere demostrar que puede seguir matando, aunque no pueda vencer. Pero matar no equivale a ganar, y Rusia no está ganando.
Este es mi tercer viaje al país. Percibo la fatiga, pero también la convicción. Camino por el Maidán, la Plaza de la Independencia, donde hay un memorial para los caídos. Miles de banderas clavadas en la tierra. Fotografías. Flores. Muñecos de peluche. Cartas. Cada nombre representa una vida arrancada. Y cada nombre explica por qué Ucrania sigue resistiendo. Putin puede destruir edificios y matar a niños, pero no ha logrado destruir la decisión colectiva de seguir existiendo. Ucrania está herida, fatigada, furiosa. Pero no está vencida; sigue de pie. Pelea por su identidad. Pelea por su libertad. Pelea por su derecho a seguir llamándose Ucrania. Después de viajar una vez más hasta acá, tengo una certeza que desafía todos los pronósticos: Ucrania podrá ser golpeada y podrá ser herida. Pero no se va a rendir. Nunca.
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Mala apuesta
Columna de opinión escrita por Agustín Basave para Milenio
Lunes 13 de julio de 2026
Agustín Basave
Al rehusarse a extraditar a Rubén Rocha a Estados Unidos, la 4T pone todas sus fichas en la casilla de su defensa. Ya sabemos por qué: el gobernador con licencia de Sinaloa es demasiado cercano a López Obrador y su caída arrastraría al fundador del movimiento. La pregunta es si es una apuesta ganable, y yo digo que no. Dudo mucho que el gobierno estadounidense, pase lo que pase en las elecciones de noviembre, dé carpetazo al proceso. La acusación contra el sinaloense y sus nueve adláteres es parte de la agenda del aparato de seguridad y justicia de ese país y tiene respaldo bipartidista. Rocha está enredado en el caso del Mayo Zambada, cuya captura se dio en la presidencia de Joe Biden, y aun si Donald Trump se debilita el asunto seguirá vivo. Es más, creo que continuará con quien sea que llegue a la Casa Blanca en 2028.
Ahora bien, no es una mala jugada porque Estados Unidos no vaya a quitar el dedo del renglón: es que el personaje es indefendible. Quieren enjuiciarlo porque representa la protección gubernamental al crimen organizado que se ha dado durante los últimos 40 años (es obvio que Zambada no fue perseguido como otros capos porque las autoridades mexicanas, por cálculo, complicidad o ambas cosas, no quisieron hacerlo, y que encarnó como nadie la paxnarca). Los gringos, al mandar el mensaje de que se debe proceder contra los políticos corruptos que potencian la operación de los criminales, escogieron bien su blanco, y nos inundarán de pruebas y testimonios para demostrarlo. Sobran indicios: el gobernador ha reconocido su interlocución, y todo mundo sabe que el narco operó a favor de Morena en las elecciones de Sinaloa y que su fiscal fabricó un montaje para encubrir las razones del asesinato del diputado Cuén, su enemigo.
La confianza en que se va a ganar esa partida esgrimiendo soberanismo contra intervención yanqui me parece peregrina. En cuanto se visibilice su corrupción la gesta será percibida como el otorgamiento de impunidad a un narcopolítico por ser mexicano y sobre todo por ser obradorista, y la 4T se exhibirá si porfía en esa retórica. Ni siquiera el exembajador Salazar servirá ya de chivo expiatorio. Tensar la cuerda de la relación bilateral con la tesis de que Estados Unidos quiere intervenir en las elecciones de México es, en efecto, apostar al fracaso. Trump ha sido injerencista al pronunciarse a favor de los candidatos de derecha en América Latina, sin duda, pero ni esa injerencia ha sido la clave de las derrotas de la izquierda ni el affaire Rocha tiene algo que ver con la circunstancia de las contiendas sudamericanas, que es totalmente distinta. Aquí hay un señor acusado de connivencia con el crimen organizado y, hasta ahora, un gobierno que lo defiende. Y en la medida en que aparezcan abrumadoras evidencias de conductas y asociaciones non sanctas el rechazo de la gente a la pesquisa estadunidense, si es que hoy existe, se desvanecerá, y no por un exabrupto de moralidad sino porque los mexicanos estamos hartos de vivir asolados por la violencia y la inseguridad. Ni hablar del rebote contra el T-MEC.
Hay que escoger las batallas, dice Sun-Tzu. No había otra opción si de proteger a AMLO se trata, ciertamente, pero sí la había para defender a México. En fin. El hecho es que optaron por una mala apuesta.
























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