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Encuestas: una pésima idea

hace 4 días
8 min de lectura

Columna de opinión escrita por Carlos A. Pérez Ricart para Reforma


Jueves 8 de octubre de 2026


Carlos A Pérez Ricart

En 1955 Isaac Asimov publicó "Sufragio universal", un cuento sobre unos Estados Unidos del futuro, el de 2008, en los que las elecciones ya no hacen falta.


La computadora Multivac conoce tan bien a la población que le basta interrogar a un solo ciudadano, el más representativo del país, para deducir quién debe gobernar. Ese año le toca a Norman Muller, empleado de una tienda.


Asimov eligió el título con su habitual ironía. Llama sufragio universal a un procedimiento en el que nadie vota. Basta que el ciudadano conteste y la máquina interprete.


La sátira apuntaba a una fe de su época que hoy reconocemos bien: la de una máquina que nos conoce tanto que ya no necesita preguntarnos qué queremos.

Leído hoy, el cuento hiela la sangre.


 

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Es improbable que Asimov figure entre las lecturas de nuestra clase política, pero pocos autores han tenido discípulos tan aplicados sin saberlo. Los partidos mexicanos cambiaron la supercomputadora por una encuestadora, y así eligen hoy a sus candidatos, en Morena y en la oposición.


El método se ha normalizado tanto que ni quienes pierden lo objetan.


Es verdad. A las dirigencias las encuestas les resuelve un problema: designar candidatos sin que el perdedor tenga a quién reclamarle. Ese alivio lo pagan los ciudadanos, los militantes y la vida pública, y por tres razones resulta demasiado caro.


La primera es que la encuesta rompe el vínculo de representación. Ese vínculo nace de un acto: quien vota decide, sabe que decide y adquiere, por ello, el derecho de reclamarle al elegido. Quien contesta una encuesta solo dice qué prefiere, sin saber que su respuesta servirá para designar a alguien. No delibera ni asume responsabilidad por el resultado. Su opinión, sumada a la de unos cientos de desconocidos, queda en manos de otros, que la ponderan, la interpretan y la convierten en una decisión que el entrevistado nunca tomó.


La segunda es que desprecia a la militancia. Los años de trabajo en el partido valen lo mismo que la respuesta de alguien que nunca pisó una asamblea. ¿Para qué afiliarse, si lo que importa se decide consultando a otros?


La tercera es que la encuesta, como método de selección, promueve incentivos perversos. A meses de la elección, una pregunta de preferencia mide sobre todo reconocimiento, ese mérito que se adquiere con publicidad anticipada o, en los casos más afortunados, se recibe en herencia junto con el apellido.


De todos los partidos, el que más explicaciones debe es Morena. Cuando nació, la encuesta tenía una justificación razonable: era un movimiento sin padrón confiable, con militantes que venían del PRD, donde las elecciones internas habían degenerado en acarreo. Arbitrada por un liderazgo indiscutido, era una solución de emergencia.


Han pasado ocho años desde que Morena llegó al poder. Tuvo tiempo y recursos para construir un padrón auditable, órganos internos con autonomía real y reglas de competencia propias. No construyó nada de eso, y la solución de emergencia se ha vuelto método permanente.


Esa omisión equivale a una renuncia a la política.


Hacer política en un partido es procesar desacuerdos con reglas conocidas, perder una votación y quedarse a dar la siguiente pelea. La encuesta lo sustituye por un número que nadie discute ni revisa.


Nadie propone volver a las primarias de antes, con su dosis de acarreo y fraude. Entre aquello y la encuesta caben padrones auditables, metodologías públicas o mecanismos mixtos que Morena pudo haber ensayado.


Que no lo haya hecho es difícil de conciliar con su propio discurso. Es el partido que llevó a las urnas la elección de jueces y ministros y que institucionalizó la consulta popular y la revocación de mandato, siempre con el argumento de que el pueblo debe decidir. Esa convicción, tan enérgica hacia fuera, se detiene en la puerta de sus oficinas. Ahí la voluntad de los militantes se estima, se pondera y se interpreta, pero no se cuenta.

 

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Coincidencias de la ciencia ficción: Asimov situó su cuento en 2008, el año en que el PRD necesitó ocho meses y un tribunal para resolver su elección interna. De ahí salieron muchos fundadores de Morena, convencidos de que contar votos era un riesgo innecesario. Encontraron su Multivac.



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Sin origen morenista el 58% de sus


candidatos


Columna de opinión escrita por Azucena Uresti para El Universal


Jueves 8 de octubre de 2026

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Azucena Uresti

Muchos cuadros, pero son los mismos de siempre. Morena presume músculo territorial, millones de afiliados y una cantera inagotable de políticos, pero cuando llegó el momento de escoger a quienes encabezarán sus trabajos rumbo a la renovación de 17 gubernaturas en 2027, optó por desempolvar y reutilizar una buena parte de sus cartas provenientes de los partidos que hoy tanto descalifica.


Resulta que 10 de los 17 coordinadores estatales que hoy ostentan la bandera guinda tienen sus orígenes en el PRI, PAN o el PRD. Específicamente seis provienen del “Sol Azteca”, dos del blanquiazul y dos más del tricolor. Es decir, más de la mitad de los elegidos para convertirse en candidatos de la autollamada “Cuarta Transformación” comenzaron su trayectoria bajo otras siglas, acarreando con ello credenciales que hoy lucen caducas —y muchas veces incongruentes— frente a los ideales que pregona el oficialismo.


Claro que se puede cambiar de partido; los tránsfugas y chapulines son figuras perpetuas dentro de la política mexicana. Las personas pueden modificar sus convicciones, romper con sus dirigencias o encontrar otro proyecto político que más acomode a sus intereses —o que los salve del desempleo—, pero entonces Morena no puede presentarse como un partido de renovación si, en la práctica, hoy representa la continuidad de políticos formados en las estructuras que ahora señala como responsables de todos los males.


En Nuevo León, Morena eligió a Clara Luz Flores Carrales, exalcaldesa priista —que abandonó a su partido tras 22 años— y su candidata derrotada a la gubernatura en 2021.


En Campeche, a Pablo Gutiérrez Lazarus, quien llegó —la primera de tres ocasiones— a la presidencia municipal de Carmen con el PAN.


En Chihuahua, a Cruz Pérez Cuéllar, panista en sus orígenes, a los 46 años migró a Movimiento Ciudadano para buscar —y perder— la gubernatura del estado, y tres años después se fue a Morena con quien ganó dos veces la alcaldía de Ciudad Juárez.


La lista de origen perredista incluye a Nora Ruvalcaba (Aguascalientes), Beatriz Mojica (Guerrero), Carlos Torres (Michoacán), Imelda Castro (Sinaloa), Lorenia Valles (Sonora) y Ana Lilia Rivera (Tlaxcala). En el caso de Nayarit, Jasmine Bugarín pertenece hoy al Partido Verde , pero llegó al Congreso inicialmente con el PRI.


¿Qué explica que la mayoría de las coordinaciones recaiga en políticos formados en otros partidos? La dirigencia podrá responder que escogió a los mejor posicionados, y con ello asumir que más que capacidad o congruencia se busca ganar, y para ello Morena considera especialmente útiles a figuras con experiencia, reconocimiento y estructuras heredadas de sus adversarios.


Pero en el camino hay muchos heridos, como los militantes que organizaron comités, tocaron puertas y esperaron una oportunidad, o algunos cuadros políticos que apoyaron a Andrés Manuel López Obrador desde su campaña. Ahí está Tatiana Clouthier, quien construyó una buena parte de la aceptación de AMLO en el norte de la República y luego fue su secretaria de Economía. Y ahora… nada.


Morena tiene derecho a sumar políticos de cualquier procedencia, pero que no quiera entonces monopolizar la virtud y la ética mientras recicla a personajes del sistema que condena con tanta vehemencia.


Usa a conveniencia el pasado partidista para descalificar al adversario, pero si uno de los perfiles aparece en el lado de su boleta automáticamente queda, según ellos, redimido.



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Lecciones brasileñas

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Columna de opinión escrita por Leonardo Kourchenko para El Financiero


Jueves 8 de octubre de 2026

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Leonardo Kourchenko

Desde el resultado del pasado domingo con la victoria, ciertamente estrecha y cerrada, de Flávio Bolsonaro sobre Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales de Brasil, han aparecido múltiples análisis y reflexiones acerca de los errores cometidos por el presidente en su campaña, la desconexión con buena parte del electorado y el extendido descontento en un amplio sector de la ciudadanía.


Al observar el mapa de los resultados, la zona norte, este y noreste del Brasil está claramente en manos del PT (Partido de los Trabajadores), históricamente el partido del presidente.


Mientras que el sur y el oeste de Brasil están en manos de la oposición bolsonarista.


El país está claramente partido a la mitad. Y esa división geográfica corresponde a los números arrojados en las urnas: 47% para Flávio Bolsonaro, 45% para Lula da Silva.


Es un país dividido, confrontado, con dos visiones de gobierno, de Estado y de nación.


Quien se niegue a la lectura precisa del diagnóstico en esta primera jornada electoral, cometerá un error definitivo.


Lula declaró su sorpresa con los resultados. Estaba seguro de una victoria simple en la primera vuelta.


Algo no leyó bien.


Uno de los señalamientos más certeros para la campaña del presidente apunta a la necedad de Lula, empeñado en construir su campaña en torno a su propia persona, a su legado, a los logros de sus muchos años de gobierno (tres periodos presidenciales, alternados con cárcel de por medio y el regreso a la política después del controvertido gobierno de Bolsonaro padre).


Lula desoyó a consultores y asesores que lo invitaban a lanzar una campaña con mensajes cercanos a la gente, con respuestas modernas y actualizadas a los problemas de Brasil.


Lula se negó, prefirió apuntalar su imagen, su trayectoria y su obra a lo largo de 12 años de gobierno alternado.


Un segmento importante del electorado está con él, aún lo apoya, respalda sus programas económicos y sociales que han sacado a millones de brasileños de la pobreza. Pero no fue suficiente: los programas sociales no alcanzan para ganar una elección sustentada en la personalidad “victoriosa” de un caudillo.


Otro sector del electorado, en este caso marginalmente mayoritario, quiere otro Brasil, un país pujante, con inversiones, que apunte a la modernidad y a la relación con el mundo, con un gobierno eficiente, sin amigos, compadres o favoritos.


Una de las quejas de los votantes el domingo exhibe a un gobierno de colegas y amigos de Lula, no necesariamente preparados para ejercer sus cargos. Un gobierno ineficiente que dejó de ofrecer alternativas para una parte importante de la población.


Pareciera un diagnóstico anticipado para Claudia Sheinbaum y Morena en México.


Los programas sociales no alcanzan para ganar elecciones, aunque una parte importante del electorado asegure su voto por el dinero que recibe. Se escucha mal, parece compra de votos —como Trump quiere hacer ilegalmente en Estados Unidos—, pero es lo que es.


Garantía de votos a cambio de dinero.


Pero no alcanza porque hay otros sectores de la sociedad que quieren otro país, pujante, productivo, con inversión, con seguridad a prueba de narcobalas, pero, sobre todo, sin corrupción que lo invade y lo contamina todo.


El actual gobierno de México, encabezado por la presidenta Sheinbaum, se ha negado sistemáticamente a abrir carpetas de investigación en torno al círculo cercano de su antecesor. Los hijos de Andrés Manuel, los compadres políticos envueltos en evidentes actos de contrabando, huachicoleo, extorsión, lavado de dinero y colusión con el crimen organizado, saltan a la vista todos los días: Amílcar, Adán Augusto, Andy, Rocha Moya y tantos más ocultos bajo las cabezas visibles.


Si este gobierno no inicia con firmeza, transparencia y absoluto apego al frágil Estado de derecho una auténtica campaña anticorrupción contra sus propios correligionarios en las filas de Morena y los gobiernos estatales, el electorado para el 2027 pudiera arrojar una respuesta tan negativa como en Brasil.


Los programas sociales no alcanzan para cubrir la falta de crecimiento, la raquítica inversión, la caída del empleo, los pésimos servicios de salud y la decadente educación pública de México.


Pero sobre todo, no ocultan la rampante corrupción de líderes morenistas que buscarán fuero y protección constitucional en 2027, como el propio Andy y hasta Pío López Obrador.


Lula se empeñó en cantar sus logros —muchos de ellos indudables—, pero olvidó a los descontentos, a los que no representa, a los que quieren y piden un mejor país.


Si Morena no escucha a los millones de mexicanos que no se sienten representados por sus premisas, políticas y programas de gobierno, pudieran llevarse una sonora sorpresa en las elecciones intermedias.



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