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Imperialismo ruso

7 sept
6 min de lectura

Columna de opinión escrita por Jean Meyer para El Universal


Lunes 7 de septiembre de 2026

Jean Meyer

¿Por qué tal silencio en nuestro país sobre la guerra de Ucrania? ¿Por qué tal desinterés para la guerra de independencia que llevan los ucranianos contra el imperialismo ruso? ¡Qué contraste con la simpatía pro-palestina, que comparto, de nuestros estudiantes! ¿Será porque el presidente Andrés Manuel López Obrador invitó a un destacamento ruso a desfilar un 16 de septiembre en el Zócalo? Ciertamente, nuestra política exterior no ha manifestado ninguna simpatía para Ucrania, en nombre de una hipócrita neutralidad que no impide la formación, en el Congreso, de un grupo de amigos de Rusia, felicitados por el embajador del Kremlin.


Ese imperialismo no es nada nuevo. Nuestro admirado Joseph Conrad, polaco que escribe en inglés, denunciador de todos los imperialismos, el británico como el belga en el Corazón (congolés) de las Tinieblas, tiene textos muy duros contra los rusos del zarismo. Hay que saber que él nació en 1857 en la ciudad ucraniana de Berdychiv, ciudad donde se había casado, en 1850, Honoré de Balzac con su “Madame Hanska”, condesa dueña de inmensas haciendas; en esa noble ciudad judía ucraniana nacieron también der Nister, gran escritor en yiddish, y el sublime Vassili Grossman, el autor de Vida y Destino. Bueno, pues, en el registro de bautismos de Berdychiv, en 1857, el padre de Joseph Conrad (Korzeniowski) no apuntó la fecha de cuatro cifras, sino escribió: “en el aniversario ochenta y cinco de la opresión moscovita.” Seis años después será deportado a Siberia.


En mi Historia mínima de Ucrania que no tardará en publicar el Colegio de México, demuestro que la voluntad de borrar la existencia histórica, política, cultural de Ucrania es una constante del relato hegemónico imperial ruso, desde fines del siglo XVII, cuando Moscú anexó Kyiv y la ribera izquierda del Dnipro. Putin no inventó nada. Desde los zares, pasando por Stalin, el relato se mantiene tal cual, con la única innovación del nazismo grabado en el ADN ucraniano. A nosotros, lo que pasa en Ucrania nos resulta tan alejado como la luna y no escuchamos los países de Europa del Este, del Báltico, de Escandinavia y Finlandia que advierten del grave peligro que corre el mundo, si no paran a Putin. ¿Por nuestra condición de latinoamericanos protegidos por la distancia? Pero argentinos y colombianos se movilizan a favor de Ucrania, como lo pueden leer en Ahora y en la hora (de nuestra muerte) de Héctor Abad Faciolince (Alfaguara 2025), dedicado a la poeta ucraniana Viktoria Amélina, asesinada a su lado en Kramatorsk.


¡Qué pena! Ciertamente tenemos circunstancias atenuantes a nuestro favor. Los acontecimientos de Europa del Este y del Norte nunca nos interesaron. La historia de las dos guerras mundiales para nosotros se limita a lo que pasó en Francia y Alemania, con presencia británica y estadounidense. Por cierto, eso vale también para los franceses. Por eso, cuando en febrero de 2022, los que conocen la historia de esa parte de Europa describimos la “Operación Militar Especial” de Vlad como el último avatar del colonialismo ruso, pocos nos hicieron caso. Otros nos denunciaron como agentes del imperialismo capitalista estadounidense. Pues sí; cuando tu gobierno sigue apoyando a unos regímenes autoritarios, para no decir más, ligados a Moscú, como lo son los gobiernos heredados de Castro y de Chávez, el espantoso gobierno de la diabólica pareja Ortega-Murillo, no puedes escuchar las voces que claman en el desierto.


¿Por qué no nos conmueve, por qué no nos indigna todo lo que hace el invasor, el ocupante ruso, en tierra de Ucrania, al pueblo ucraniano? ¿Por qué nos deja fríos la destrucción sistemática, la estrategia de la tierra quemada dictada por Putin, digno emulo de “Vlad el empalador”, el arquetipo real de Drácula? Algún día la memoria ucraniana presentará la cuenta al pueblo ruso y nosotros seguiremos pensando, con nuestra buena conciencia, que no es asunto nuestro.




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Cumplir con la extradición


Columna de opinión escrita por ​Enrique Krauze para Reforma


Lunes 7 de septiembre de 2026


Enrique Krauze

Hay muchas razones para poner cara a las arbitrariedades del gobierno de Trump, pero el diferendo actual en torno a la extradición de los políticos ligados al crimen organizado no es una de esas razones. No es Estados Unidos quien está amenazando (por ahora, afortunadamente) la soberanía de México. Es nuestro gobierno quien (ahora mismo, desgraciadamente) supedita la soberanía nacional de México a la soberanía personal de esos delincuentes.


La delicadísima situación por la que atraviesa la relación entre los dos países me ha llevado a recordar un antecedente que viene al caso. Hace exactamente un siglo, en el verano de 1926, el gobierno de Estados Unidos -con la soberbia imperial que siempre le ha sido característica- amenazó a México con una nueva acción militar, una más, que recordaba las ominosas invasiones e intervenciones de 1847, 1914 y 1916. Sus razones eran absurdas e injustificadas. Las compañías petroleras americanas, recelosas de la Constitución de 1917, sostenían que la legislación sobre nuestros recursos naturales -en específico, el artículo 27- atentaba contra sus derechos adquiridos y por tanto no debía ser aplicada con retroactividad. A partir de ahí los petroleros pagaron y propagaron la versión de que México iba por el camino de convertirse en una nueva Unión Soviética. El presidente Coolidge les prestaba atención. En los periódicos de la furibunda cadena Hearst se hablaba abiertamente de castigar al "Soviet Mexico". La guerra estuvo a punto de estallar.


El presidente Calles reaccionó con firmeza, prudencia y responsabilidad. Una astuta operación de inteligencia (planeada por el secretario del Trabajo y líder obrero Luis N. Morones) sacó a la luz documentos que probaban los planes intervencionistas que fraguaba el gobierno a espaldas del Congreso. Manuel C. Téllez, nuestro embajador, prodigó esfuerzos para desmontar la bomba diplomática. Al mismo tiempo, varios sensatos representantes en Washington (como Fiorello H. La Guardia) así como influyentes periodistas e intelectuales americanos (Walter Lippmann, Carleton Beals) persuadieron a Coolidge de que el nacionalismo mexicano era legítimo y no tenía que ver con el comunismo. Y un nuevo embajador, Dwight Morrow, llegó a México en 1927 con la consigna de limar las asperezas y reconstruir sobre nuevas bases la relación entre los vecinos. La guerra no estalló y los efectos de la paz entre ambos países fueron duraderos, tanto así que la relación resistió la nacionalización del petróleo llevada a cabo finalmente por el presidente Cárdenas en 1938.


Ahora la situación es completamente distinta. El reclamo proviene del Departamento de Justicia que exige el cumplimiento de un Tratado de Extradición firmado por ambas naciones y vigente. Su demanda se origina en el daño en vidas humanas que el crimen organizado y sus cómplices políticos han provocado en su territorio. En este caso específico, quien atenta contra el derecho no es el gobierno americano sino el mexicano.


Ante la exigencia de cumplir una obligación jurídica internacional (cuyo rango es idéntico al de la Constitución) la presidenta Sheinbaum ha reaccionado de una manera desconcertante. Por un lado, su gobierno ha dejado de repartir abrazos a los criminales. Por otro, cobija a los políticos aliados a los criminales insistiendo, demagógicamente, en que "no hay pruebas". Si esos políticos son inocentes, ¿no sería mejor que lo probaran en los tribunales? En lugar de dar inicio al proceso legal previsto en el tratado, ha elegido la confrontación con nuestro principal socio comercial, con quien nos une un vínculo económico y social que compromete la vida diaria de millones de familias.


Los mexicanos que viven en nuestro país y los que viven en Estados Unidos necesitan un gobierno que los defienda. Pero la actitud defensiva no debe nublar el cuadro más amplio. ¡Cuántos países vecinos quisieran tener la relación de intercambio humano y comercial que tenemos con Estados Unidos! Los números no mienten, aunque la ideología, la ceguera o la mala fe los distorsione. Por eso importa fortalecer los vínculos constructivos con el vecino. Y por eso cumplir -aunque ya sea extemporáneamente- con el Tratado de Extradición es nada menos que un imperativo histórico.


Si la presidenta no actúa en ese sentido, pasará a la historia por haber provocado una crisis diplomática de consecuencias aterradoras. Si cumple, tendrá la autoridad política y moral que se requiere para enfrentar las veleidades de Trump.







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