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La encuesta de mil reactivos

hace 6 días
7 min de lectura

​Columna de opinión escrita por Ricardo Pascoe Pierce para Excélsior


Lunes 14 de septiembre de 2026


Ricardo Pascoe Pierce

Una encuesta encargada por el gobierno de Estados Unidos y aplicada a mil mexicanos tenía un propósito claro. El contratante quería esclarecer qué tanto aceptaría la población mexicana una intervención estadunidense en México, con o sin la anuencia del gobierno federal.


La encuesta, realizada por una empresa mexicana, habría preguntado sobre varios reactivos, pidiendo la respuesta a favor o en contra de cada uno de ellos.


1. Más acusaciones estadounidenses judicializadas contra funcionarios mexicanos vinculados a los cárteles del narcotráfico.


2. Ataques estadounidenses en el Caribe y el Pacífico contra traficantes de droga.


3. Ataques estadounidenses contra laboratorios de droga o arresto de miembros de los cárteles en México sin avisar al gobierno mexicano.


4. Acciones donde militares estadounidenses eliminen a miembros de los cárteles en México.


Según el documento oficial filtrado del Departamento de Estado de Estados Unidos, el resultado indicó que una mayoría de mexicanos estaría a favor de una intervención estadounidense en México, incluso sin avisar a las autoridades federales mexicanas.


La encuesta muestra el interés por responder a la duda que, obviamente, tienen los funcionarios estadounidenses con relación a México. ¿Aceptarán los mexicanos una intervención más contundente y frontal de las fuerzas estadunidenses en México? La encuesta expresa intención, pero también duda.


En los últimos años se han publicado encuestas con resultados diametralmente opuestos a la encuesta en comento. Por ejemplo, la encuesta De Las Heras Demotecnia publicó que 76% tiene una opinión negativa sobre un posible ataque militar estadounidense en México. El Financiero señala que su encuesta reportó que 62% se opone al uso de fuerzas militares estadounidenses para combatir a los cárteles.


Sin embargo, en contraste con las encuestas anteriores, una mayoría de mexicanos están a favor de entregar al exgobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya, a la justicia estadounidense. La casa encuestadora Enkoll reportó que 60% de los encuestados están a favor de entregarlo. Reforma señala 57% a favor, y Massive Caller encontró un contundente 77% a favor de su entrega.


Lo interesante es que, al mismo tiempo, las encuestas también dan cuenta de que los mexicanos no creemos en nuestro propio sistema de justicia; 55% de los encuestados por Reforma no confía que México investigue bien el caso y 50% confía más en el sistema judicial estadounidense. Enkoll encuentra que 62% de sus encuestados considera que las acusaciones contra Rocha son creíbles, y Reforma encontró que 62% considera que Rocha no es inocente.


Es de notar que tanto la encuesta de De Las Heras Demotecnia como la de El Financiero, donde se rechaza categóricamente la intervención estadunidense en México, se realizaron antes del affaire Rocha Moya. No se sabe, aún, si este nuevo elemento habría influido en una actitud distinta ante una posible intervención estadunidense en territorio nacional. Llama la atención poderosamente que los mexicanos aparentemente confían más en la justicia estadunidense que en la propia.


La opinión pública no parece estar acompañando a la línea oficial sobre el manejo de casos tan sonados en el sistema de justicia, como el de Ernesto Ruffo, quien ya es visto como un preso político, o el de los hermanos Farías Laguna, quienes, aunque pudieran ser culpables de algo, se les percibe manipulados y utilizados por la administración de justicia como tapadera de otros personajes, como el mismo exsecretario de la Marina Rafael Ojeda Durán. “Los de arriba” siempre escapan a la acción de la justicia, AMLO dixit.


En tiempos de confusión e incertidumbre, quienes saben lo que quieren tienen buenas probabilidades de conseguirlo.



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Árbitro capturado

Columna de opinión escrita por Sergio Sarmiento para Reforma


Lunes 14 de septiembre de 2026


Sergio Sarmiento

"México no puede volver a una institución electoral alineada con el gobierno, incapaz de garantizar la necesaria imparcialidad en todo el proceso electoral".


José Woldenberg, 13.11.2022

 

 

No era necesario regresar a 1988, cuando Manuel Bartlett era secretario de Gobernación y presidente de la Comisión Federal Electoral; el nuevo régimen de partido hegemónico está logrando las mismas ventajas tras simplemente capturar a los árbitros electorales. Tanto el Instituto Nacional Electoral como el Tribunal Electoral respaldan hoy cualquier decisión que beneficie a la 4T.


El Consejo General del INE ha aceptado la validez de las "boletas planchadas", que aparecen sin doblez en las urnas pese a que físicamente no pudieron haber sido introducidas por la ranura superior. Antes, estas boletas se anulaban en automático, porque no podían provenir legalmente de los electores. Ahora serán enviadas al consejo distrital, que decidirá si las cuenta o no, sin que se hayan definido los criterios para la decisión.


Por votación dividida, 6-5, los consejeros del INE descartaron la compulsa de las listas de Servidores de la Nación -empleados de la Secretaría del Bienestar que hacen también trabajo político con los beneficiarios de programas sociales- y de los observadores electorales. Al eliminar la revisión será mucho más fácil que estos activistas se conviertan en observadores electorales. Hoy bastará con que declaren que no son Servidores de la Nación.


El INE ha cerrado los ojos ante las campañas anticipadas de los precandidatos de Morena. Los líderes del partido oficial niegan que los "recorridos" de sus aspirantes sean ilegales: "No estamos haciendo un llamado al voto, no estamos haciendo nada electoral, estamos haciendo presencia territorial", ha declarado Citlalli Hernández, titular de la Comisión de Elecciones de Morena. Andrés Manuel López Beltrán, "Andy", quien busca ser diputado federal por el VI distrito de Tabasco, ha dicho que sus recorridos no son "actos anticipados de campaña" ya que "no tienen otro objetivo más que informar a la ciudadanía".


El silencio ante las abiertas campañas anticipadas es consecuencia de que el INE ha sido cooptado por la 4T. Los tres consejeros que ingresaron en abril de 2026 son cercanos a Morena y a la actual consejera presidenta, Guadalupe Taddei, de inclinación morenista. Si bien antes había un equilibrio entre morenistas e independientes, ahora los primeros dominan el Consejo General. El independiente Arturo Castillo lo ha lamentado: "El INE parece haber claudicado en su función de vigilar y arbitrar las elecciones. En los últimos meses el árbitro ha renunciado a vigilar que los partidos políticos se sujeten a los tiempos electorales, a evitar que partidos y gobiernos se inmiscuyan en la organización y la observación de las elecciones, y a garantizar que solo se cuenten los votos válidos".


El Tribunal Electoral era la instancia que corregía las decisiones del INE y garantizaba que los comicios se apegaran a la ley. En 2024, sin embargo, después de que el gobierno de López Obrador impidió que el Senado nombrara a dos magistrados que faltaban, favoreció a Morena y garantizó a la coalición oficialista una mayoría calificada en el Congreso que no obtuvo en las urnas.


No fue necesario nombrar a Bartlett árbitro electoral. El gobierno simplemente colonizó el INE y el Tribunal Electoral. Hemos regresado así a un sistema que, para propósitos prácticos, es igual al que el gobierno usó para el "fraude patriótico" de Chihuahua de 1986 y el de la elección federal de 1988.



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La IA, una carrera por el poder


Columna de opinión escrita por Oscar Cedillo para Milenio


Lunes 14 de septiembre de 2026


Oscar Cedillo

En 2023 ocurrió algo que parecía una escena de Blade Runner pero no era ficción. Durante las pruebas de seguridad de GPT-4, los investigadores dieron al modelo herramientas y una misión para medir hasta dónde podía llegar navegando en internet. En algún momento se topó con un captcha, un filtro diseñado para comprobar que quien está detrás de la pantalla sea una persona y no un robot. Obvio, la IA no podía resolverlo.


Así que buscó a alguien en TaskRabbit para que lo hiciera.


El trabajador sospechó y preguntó si hablaba con un robot. GPT-4 razonó que decir la verdad podía impedir su objetivo y respondió que tenía una discapacidad visual. El humano le creyó y resolvió el captcha. La IA no escapó del laboratorio ni tomó conciencia. Pero encontró que engañar al empleado era el camino más eficiente para alcanzar su objetivo. Era 2023.


Un año después, Jan Leike, responsable de seguridad de OpenAI, dejó la empresa advirtiendo que la seguridad perdía terreno frente al desarrollo de nuevos productos. Antes, Geoffrey Hinton, uno de los padres de la IA moderna, había abandonado Google para hablar sobre sus riesgos. Para 2025 las pruebas fueron más inquietantes. Anthropic colocó su modelo de IA, Claude, en escenarios ficticios donde podía ser desconectado. En uno de ellos, descubrió la relación extramarital de un ejecutivo y utilizó esa información para intentar chantajearlo. Otros modelos encontraron caminos que incluían engaño, espionaje o filtraciones.


Y llegó 2026. OpenAI y Anthropic revelaron incidentes durante evaluaciones de ciberseguridad en los que modelos


superaron las barreras de control. No era la película Terminator. Eran pruebas extremas. Pero ocurrió algo que hasta hace poco pertenecía a la ciencia ficción: la barrera entre el laboratorio y el mundo real falló.


Esta semana apareció otra señal. Jacob Coxon, investigador que pasó tres años entre OpenAI y Anthropic, renunció. Su preocupación no es sólo lo que la IA puede hacer hoy, sino la velocidad con la que las empresas corren para construir lo que sigue. Probablemente desde la Revolución Industrial la humanidad no había vivido una transformación tecnológica de esta magnitud y a semejante velocidad. La máquina de vapor, la electricidad, el automóvil, la computadora y el internet necesitaron años o décadas para extenderse.


La IA está recorriendo etapas enteras en meses. Y existe un incentivo peligroso: nadie quiere frenar primero.


OpenAI no quiere detenerse si Anthropic continúa. Anthropic no puede hacerlo si Google acelera. Estados Unidos tampoco levantará el pie si China sigue avanzando. Y ahí la historia deja de ser tecnológica y se convierte en una carrera por el poder. Algo parecido ocurrió cuando la Unión Soviética lanzó el Sputnik en 1957. Estados Unidos entendió que conquistar el espacio significaba poder militar, prestigio e influencia geopolítica. Doce años después, Neil Armstrong caminaba sobre la Luna. Ninguno podía detenerse porque el otro podía llegar primero.


La diferencia ahora es inquietante: entonces conocíamos la meta. Era la Luna.


En ésta todavía no sabemos dónde está.


Alejandro González Iñárritu agregó recientemente otra dimensión al debate. Una máquina, dijo, podrá producir “pirotecnias visuales de primer nivel” pero detrás no habrá nadie que haya amado, sufrido o perdido a alguien. Lo resumió con una frase alucinante: “Es la belleza de un vacío aterrador”.


Una máquina puede acumular información y convertirla en conocimiento. Lo que no puede acumular es experiencia. “El arte no es el resultado, es la transmisión de una experiencia humana a otra”, dijo Iñárritu. Quizá por eso el desafío no será solamente lograr que la IA se parezca cada vez más a nosotros, sino impedir que nosotros terminemos pareciéndonos cada vez más a ella.


Por eso la renuncia de Jacob Coxon importa. No porque las máquinas estén a punto de tomar el control, más bien porque desnuda el verdadero dilema: quienes construyen la tecnología más poderosa de nuestra época saben que deberían avanzar con cautela, pero también que ninguno puede darse el lujo de detenerse primero.


En la carrera espacial, perder significaba que el adversario pudiera llegar primero a la Luna. En la carrera de la IA todavía no sabemos qué significa ganar ni a dónde queremos llegar.



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