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La impunidad como sistema


Columna de opinión escrita por Ma. Elena Morera para el diario El Universal


Lunes 26 de enero de 2026


María Elena Morera

En México, la probabilidad de que un delito cometido sea resuelto es de apenas 0.9%. De cada 100 delitos que se cometen, solo 6.4 se denuncian y, de esos, apenas 14 llegan a resolverse. El resultado es que más del 99% de los delitos quedan impunes. Esto describe un sistema rebasado y abandonado, pero cómodo para administrar la impunidad y, cuando la impunidad es la regla, deja de ser un fracaso del Estado para convertirse en una decisión política.


Una primera explicación es atribuir esta realidad a la debilidad institucional, y en parte es cierta. Las fiscalías operan con déficits crónicos de personal, sin carreras profesionales sólidas, con policías de investigación mal pagados, peritos insuficientes y ministerios públicos saturados. La investigación criminal se improvisa, las carpetas se integran mal y los errores procesales son la norma. En esas condiciones, la impunidad no es una anomalía, es el resultado previsible de instituciones abandonadas.


Sin embargo, esa explicación es insuficiente, el sistema de justicia mexicano no está paralizado, funciona cuando conviene al poder. Se activa para fabricar culpables, enviar mensajes políticos o neutralizar adversarios, y se congela cuando los señalados forman parte del régimen. La persecución penal se ha convertido en un instrumento de control, no de legalidad. Así, la debilidad institucional convive con un uso selectivo de la justicia, castiga al débil, protege al aliado y garantiza que la impunidad no sea generalizada, sino estratégica.


Esta impunidad estructural no podría sostenerse sin la opacidad como elemento clave. El Índice Nacional de Transparencia del Sistema de Justicia 2025, elaborado por Causa en Común en alianza con Impunidad Cero y Perteneces, es una radiografía descrita por las propias instituciones, confirmando que las fiscalías operan con graves déficits de información básica. No existen datos confiables sobre capacidades reales, cargas de trabajo, criterios de actuación ni resultados. En muchos casos, las autoridades simplemente dicen no saber cómo funcionan sus propias instituciones.


La falta de transparencia es el mecanismo que impide evaluar, comparar y exigir. Sin información pública, la ciudadanía no puede saber por qué no se investigan los delitos o por qué ciertos casos avanzan con rapidez. La opacidad vuelve a la impunidad invisible y, por tanto, políticamente rentable.


En ese contexto, los casos concretos dejan de ser excepciones. Por ejemplo, Francisco Garduño, responsable del Instituto Nacional de Migración cuando 42 personas migrantes murieron quemados bajo custodia del Estado en Ciudad Juárez, no enfrentó consecuencias penales, por el contrario, se reasignó a otro puesto en la Secretaría de Educación, como una especie de protección institucional; Alejandro Gertz Manero con el apoyo de Ernestina Godoy, utilizó la Fiscalía General de la República para vendettas personales, aun así fue enviado a la embajada del Reino Unido y la segunda, premiada con la Fiscalía General de la República. La red se completa con figuras como Gonzalo López Beltran, “Bobby”, quien fungió como supervisor honorario de las obras del Tren Interoceánico, pero tras el descarrilamiento Claudia Sheinbaum lo deslindó de responsabilidades o liderazgos como el de Adán Augusto López Hernández, señalado en investigaciones penales y periodísticas, pero que su poder sigue siendo factor en su partido. La conclusión es evidente: la justicia en México no es ciega, es selectiva.


La impunidad en México no es una falla del sistema, es el sistema. Funciona porque protege al poder, castiga selectivamente y se oculta tras la opacidad institucional. Mientras más del 99% de los delitos quedan sin castigo y las víctimas sin justicia, el mensaje es devastador: la ley no aplica por igual. No puede haber Estado de derecho ni paz donde la justicia es excepcional y la impunidad es la norma. Para combatirla se requiere reconstruir instituciones capaces de investigar, transparentar y rendir cuentas. Todo lo demás es administración del cinismo.




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Sheinbaum no es Carney

Columna de opinión escrita por Roberto Zamarripa para el diario Reforma


Lunes 26 de enero de 2026


Roberto Zamarripa

En enero cambió el mundo. No una remozada. Una revolcada. Lo que se miraba como piezas sueltas de arrebato son las líneas establecidas como mando. Los países al mejor postor entre las potencias.


Venezuela en renta, un pedazo de hielo llamado Groenlandia a precio de fuego, y castigos económicos, aranceles, como dagas que hieren para vencer en la disputa.


Súbitamente, también, ha emergido la resistencia. Una Europa asociada que miraba con temor a Rusia y veía de lejos a Donald Trump, se topó en Davos de frente con él. Y lo encara, vaya paradoja, detrás del atril que ocupa el canadiense Mark Carney. Es parte de las asintonías.


La ONU mira en pago por evento los regateos entre gobernantes y calla frente a la Junta de Paz hecha por quienes arman la guerra.


Trump ha perdido más de lo que pudo haber ganado. Exhibe y blande el poder de la fuerza pero merma su influencia, adicionado a la inestabilidad social que comienza a manifestarse en ciudades estadounidenses.


El primer ministro canadiense, Mark Carney, esbozó en Davos una pieza memorable con definiciones precisas. Hay una ruptura del orden mundial, no una transición. "El comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ningún límite".


Frente a ello, definió Carney, "la nostalgia no es una estrategia". Nada será como antes. La tendencia de los débiles ha sido intentar apaciguar a la potencia. La docilidad a cambio de seguridad.


La circunstancia "exige honestidad sobre el mundo tal y como es" lo que significa, apeló, llamar a las cosas por su nombre, bajo una línea de pragmatismo guiada por principios.


"Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú", instó el canadiense en la expresión que mayor claridad otorgó en medio de la estridencia y las amenazas.


Estar en la mesa obliga a "crear coaliciones (entre países) que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos", instó el canadiense.


Sheinbaum no es Carney. Su popularidad es mayor al 70 por ciento y la de Carney llega al 56 por ciento. La gobernante mexicana tiene una formación política e ideológica de izquierda, científica universitaria. Carney es un economista, liberal, formado como financiero y menos de una década en la política pública con una tendencia de centro.


México tiene problemas crónicos de violencia que han desfasado la economía, horadado comunidades y condicionado la política. Además de convertirse en factor disruptor de la relación con EU. Canadá no tiene esa carga y manifiesta otra fortaleza económica.


La pregunta es si Sheinbaum puede combinar con Trump una relación de cooperación y apaciguamiento, más allá de las llamadas telefónicas, con una estrategia multilateral en lo económico y diplomático con Europa, Asia y América Latina.


Si puede ser confiable tanto para Estados Unidos como para Cuba o poder hablar con el mismo respeto con Brasil y Argentina.


En el nuevo escenario, México estará en la delgada línea de combinar concesión sin sumisión, con una estrategia multilateral sin confrontación. De cómo articular opciones de entendimiento en tareas de seguridad que reglamenten la presencia estadounidense, con las posibilidades de llamar las cosas por su nombre, y rechazar las acciones unilaterales de fuerza y las atrocidades de ICE.


El anclamiento en la nostalgia por el orden anterior no es una estrategia, efectivamente. La honestidad sobre la brutalidad actual sí lo es.


¿Cómo puede México no ser platillo del menú y sí poder sentarse a la mesa, sin romper con la potencia que aprisiona? Sheinbaum requiere, también, tejer una red interna donde no pida a sus interlocutores nacionales subordinación sino entendimiento, de la misma forma que lo solicita a Washington. Y la fortaleza interna pasa, inevitablemente, por el corte de los circuitos de política y delincuencia para reducir vulnerabilidad y generar confianza.




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Las camionetas blindadas y los


ministros chafas


Columna de opinión escrita por Ciro Gómez Leyva para el periódico Excélsior


Lunes 26 de enero de 2026


Ciro Gómez Leyva

Sigo el caso de las camionetas blindadas compradas para cada uno de los nueve ministros de la Suprema Corte con la lógica de quien salvó su vida gracias al buen blindaje de una camioneta parecida a las que iban a usar. Ahora resulta que no las necesitaban, pues han acordado no utilizarlas porque están comprometidos con el “uso eficiente y responsable de los recursos del pueblo”. Al expresarlo así dejan en ridículo a la presidenta Sheinbaum, que apenas el viernes malabareó la poco creíble versión de que las blindadas eran un ahorro. Y demuestran que la esencia hipócrita de la 4T los lleva al ridículo cuando tienen que acercarse a conductas y pautas que no riman con el eslogan exitoso, y mentiroso, de que no puede haber gobierno rico con pueblo pobre –varios ministros de la Corte son muy ricos–. Por eso, por hipócritas y torpes, los cachan una y otra vez y deben correr a enmendar la plana a fin de tratar de salvar su imagen tras las chafadas. Los ministros dicen ahora que “solicitarán que se inicie el proceso para la devolución” de las camionetas –¿y el supuesto ahorro?– o “para ponerlas a disposición de personas juzgadoras que enfrenten mayores riesgos” –¡nueve, nada más, en el país peligroso y violento!–. Vaya pobreza política, procedimental y ética de las altas autoridades del Poder Judicial. Chafas.



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