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Las más de cincuenta sombras del INE

14 oct
4 min de lectura

Columna de opinión escrita por ​Joaquín López-Dóriga para Milenio


Miércoles 14 de octubre de 2026


​Joaquín López-Dóriga

Esta institución producto de años de esfuerzos democráticos de todas las fuerzas políticas del pasado, hoy en desgracia, se fundó como IFE el 11 de octubre de 1990 y ya como INE el 4 de abril de 2014. Estamos hablando de dos presidentes priistas y, por tanto, denostados, Carlos Salinas y Enrique Peña Nieto. Pero su culmen fue tras la reforma de 1996, con Ernesto Zedillo, también del PRI.


En el correr de esos años se consolidó con las reformas de la hoy demonizada etapa neoliberal, como garante de la naciente democracia mexicana, el mismo que permitió, y validó, con el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, construido en esa misma satanizada era, las alternancias a partir de 2000, la confianza en los resultados democráticos en las elecciones y el arribo al poder de Andrés Manuel López Obrador, que los convirtió en instrumentos al servicio de sus ambiciones.


Hoy, le decía, ambas instituciones han sido colonizadas por el régimen y aunque en la alineación de su consejo general hay personajes de integridad a toda prueba, son minoría que dependen de las necesidades políticas del gobierno y de los caprichos de su presidenta, Guadalupe Taddei, que pasó de la esperanza a la militancia y, por momentos, a las veleidades.


En quince días cambió tres veces los colores del INE. Pasó del distintivo rosa mexicano, original desde su creación, al lila brugadista de los ajolotes y de éste al gris. Todo en dos semanas. Ya antes, en 2023, lo había querido pintar de morado.


El argumento retrata a lo que ha llegado hoy la institución: los tintes están dentro de su paleta cromática.


Estos caprichos cosméticos se dan ya en el periodo electoral y representan una inversión multimillonaria para la que carecen de presupuesto, un maquillaje cromático que cambia de colores, pero no de problemas.



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Lejos de Dinamarca


Columna de opinión escrita por Sergio Sarmiento para Reforma


Miércoles 14 de octubre de 2026


Sergio Sarmiento

"El sistema de salud de México está, probablemente, en su peor momento. Al desabasto de medicamentos e insumos se suman recortes presupuestales que dificultan cada vez más la operación de hospitales y centros de salud".


Xavier Tello, MD

 

 

No estoy de acuerdo con las manifestaciones y bloqueos que afectan los derechos de terceros, pero los trabajadores disidentes del Instituto Mexicano del Seguro Social tienen buenas razones para protestar.


Rechazan un aumento salarial de 2.9 por ciento, contra un alza en los precios de 3.45 por ciento en septiembre y un incremento del salario mínimo de 13 por ciento en 2026, pero también protestan por la falta de medicamentos e insumos y por la creciente precarización de la institución. Exigen, además, la renuncia del secretario general del sindicato, Rafael Olivos.


El expresidente López Obrador repitió de manera obsesiva la mentira de que el sistema de salud de México sería mejor que el de Dinamarca al terminar su sexenio, pero hemos visto más bien un deterioro que es, en buena medida, producto de sus ocurrencias.


La primera fue la eliminación del Seguro Popular, institución que necesitaba más recursos, pero que resolvía muchos problemas que ahora han quedado desatendidos. Otra pifia brutal fue eliminar las compras consolidadas que realizaba, bastante bien, el IMSS, y quitar la distribución de las licitaciones públicas de medicamentos. El Presidente empezó a repartir responsabilidades sin ton ni son a instituciones sin experiencia como el Insabi, la UNOPS, la Secretaría de la Defensa, la Megafarmacia, Birmex y el IMSS-Bienestar, que tuvieron, todas, muy lentas curvas de aprendizaje. Como dijo que no tenía ciencia distribuir, ya que las empresas comerciales pueden llevar bolsas de papitas y refrescos a los lugares más recónditos, decretó que la distribución no debía incluirse en las licitaciones. Hoy es común que el gobierno compre medicamentos e insumos, pero que no lleguen a los lugares donde se necesitan.


El deterioro en los servicios de salud pública ha sido notable. Todos los usuarios tenemos alguna anécdota cercana e incluso dolorosa. Un radioescucha, José Ricardo García Camarena, me dice en un mensaje: "Tengo cuatro años de jubilado como trabajador del IMSS... y en 28 años de servicios se ha notado el deterioro en los servicios médicos e insumos, con poco crecimiento de clínicas y hospitales comparado con la población". 


Recibo en mi programa de radio constantes quejas de derechohabientes que hablan de citas tardías, operaciones que se cancelan de último momento y falta de medicamentos y servicios esenciales. La presidenta Sheinbaum dice que se hará una consulta "piso por piso" en las instalaciones del IMSS, cuando es claro que falta casi todo. No es un problema de los médicos, enfermeros o trabajadores, que ponen todo el empeño posible, sino de una patética falta de recursos.


Sin embargo, la Presidenta declaró ayer: "Ahora, de ahí a que haya una crisis del sistema de salud, y que las cosas están funcionando muy mal, y que todo está mal, tampoco. Y, además, hay que decirlo también, ha aprovechado la oposición y toda la, sabemos, toda la botiza para subirse al tema".


Quizá para López Obrador y su familia, o para la Presidenta, que se tratan en clínicas privadas o en pabellones especiales de los hospitales militares, sea imposible entender que las cosas están funcionando mal. Para el pueblo bueno, que tiene que acudir a farmacias privadas porque no puede perder el día esperando una consulta, la situación sí es crítica. Lo peor es que el nuevo sistema de "salud universal", que dará servicios a quienes no son derechohabientes, saturará más a instituciones como el IMSS o el ISSSTE que ya están reventando.







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