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Los mitos detrás del Grito

hace 5 días
7 min de lectura

Columna de opinión escrita por Bibiana Belsasso para La Razón de México


Martes 15 de septiembre de 2026


Bibiana Belsasso

Esta noche, en el Zócalo capitalino y en muchísimas plazas del país, se dará El Grito de Independencia. México entero estará de fiesta, entre banderas, música y verbenas populares. Pero detrás de esta celebración hay una historia mucho más compleja. ¿Cómo surgió El Grito? ¿Cuáles son los mitos y realidades de este festejo?


Para recordarlo y entender cómo nació este proceso que transformó al país, platicamos para La Razón con la historiadora Isabel Revuelta Poo.

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A las cuatro de la mañana del 16 de septiembre de 1810, narra la historiadora, Juan Aldama llegó a la parroquia de Dolores con un aviso: la conspiración había sido descubierta. Ignacio Allende ya estaba ahí, reunido con el cura Miguel Hidalgo y Costilla.


Lo que pasó en las horas siguientes es lo que este martes por la noche se va a repetir desde cada balcón del país. Y casi nada ocurrió como lo contamos.


La historiadora Isabel Revuelta es coautora de Cara o cruz: Miguel Hidalgo, y en ese texto hace una investigación profunda sobre lo que sí sabemos de esa madrugada. Su recorrido desmonta, uno por uno, los mitos de la fiesta más repetida del calendario mexicano.


El primer dato que Revuelta pone sobre la mesa es que los conspiradores de 1810 no querían separarse de España. Querían autonomía. España estaba invadida por Napoleón y lo que preocupaba a los criollos era que al virreinato llegara un gobierno usurpador.


Y es que, como recuerda la historiadora, ese reclamo venía de atrás. En 1808 hubo una conspiración en la Ciudad de México para derrocar al virrey José de Iturrigaray, que terminó reprimida y con Francisco Primo de Verdad muerto. Los criollos llevaban 300 años en esta tierra y ya se sentían de aquí.


Revuelta lo resume con una cifra que incomoda: hemos sido más tiempo virreinato que México independiente.


Los conspiradores del Bajío necesitaban una figura conocida en la región. Hidalgo lo era. Revuelta cuenta que ya lo habían convocado en otras ocasiones, meses antes de esa madrugada, precisamente porque era un hombre con prestigio en toda la zona. Lo describe como un cura fuerte físicamente, buen jinete, con sensibilidad hacia los que menos tenían. Enseñaba a los pobres a sembrar moreras para el gusano de seda y vid para hacer vino, y les daba clases de alfarería y cestería, aunque el gobierno virreinal lo prohibía.


No era un santo de estampa. Era, en palabras de la historiadora, un hombre de carne y hueso, y por eso lo buscaron.


El mito central, según Revuelta, es que Hidalgo no salió a gritar “Viva México” ni “Viva la Virgen de Guadalupe”. Eso se fue construyendo después en el imaginario colectivo.


Lo que dijo esa madrugada, de acuerdo con la historiadora, fue: “Es tiempo de coger gachupines, muera el mal gobierno y viva Fernando VII”. Es decir, una apuesta por la autonomía bajo el rey español, no una declaración de independencia.


Tampoco tocó él la campana. Revuelta explica que Hidalgo mandó al sacristán a hacerlo, y que la campana no tenía una cuerda como la imaginamos hoy. En el atrio había mucha gente porque era domingo, había plaza y se estaban montando los puestos. Allende le pidió replegarse y esconderse. Hidalgo dijo que no, que era el momento.


Lo que siguió, cuenta Revuelta, fue una multitud sin nada que perder, hombres y mujeres, que se lanzó a la primera oleada de la guerra.


El estandarte de la Virgen de Guadalupe no estaba en Dolores. Revuelta ubica ese momento en el Santuario de Atotonilco, camino a San Miguel el Grande, cuando las familias se iban sumando a la marcha. Lo llama un momento fundacional de la nación mexicana.


Ahí se fusiona lo popular con el movimiento. La historiadora recuerda que había campesinos convencidos de que una estampita de la virgen escondida en el sombrero los protegería de las balas realistas. Revuelta explica que existe todo un estudio sobre la virgen de los peninsulares, la de los Remedios, frente a la virgen mestiza, la de Guadalupe, ya arraigada a lo mexicano.


La primera etapa de la guerra duró nueve meses, hasta que Hidalgo, Allende y Aldama fueron fusilados en Chihuahua. La independencia se consumó hasta 1821, once años después.


Pero el festejo nació antes que el país. De acuerdo con Revuelta, la primera ceremonia para recordar la madrugada de Dolores la encabezó Nicolás Bravo en 1812, con la guerra en curso. Y Morelos, que vio a Hidalgo una sola vez en toda la gesta, también conmemoró ese momento en los Sentimientos de la Nación. El 15 y 16 de septiembre de 1847 la bandera de Estados Unidos ondeaba en el Zócalo y las tropas estadounidenses ocupaban el Palacio Nacional. La ceremonia se suspendió en la capital, no en el resto del país. Revuelta detalla que Benito Juárez y sus hombres siguieron conmemorando El Grito en Paso del Norte con el país invadido, y que, durante la intervención francesa, Guillermo Prieto dejó testimonio de esas noches.


Estamos hablando de mexicanos que cargaban al gobierno a cuestas y, aun así, no dejaron de festejar. Nunca más se dejó de dar El Grito, porque, como dice Revuelta, la fiesta no es del gobierno en turno. Es de los mexicanos.


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EL MITO DE PORFIRIO DÍAZ: Se repite cada año que El Grito se da la noche del 15 porque era el santo de Porfirio Díaz. Revuelta es tajante: no es verdad.


La historiadora explica que la fiesta se pasó a la víspera por una razón práctica, porque celebrar el 16 a las cuatro de la mañana no era operable, y que, desde siempre, se hacía en la Ciudad de México, en la Alameda Central. Díaz nació en 1830, y para entonces la ceremonia ya era la noche del 15. Lo que sí hizo Díaz fue llevar la Campana de Dolores al Palacio Nacional y mover la ceremonia al Zócalo. Creemos que la fiesta siempre fue ahí, y no. Desde 1896 es la que conocemos.


Revuelta lo lee como una decisión de identidad: a todos nos gusta pertenecer a algo, y Díaz entendió que ese símbolo daba continuidad.



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Festejos


Columna de opinión escrita por Macario Schettino para El Financiero


Martes 15 de septiembre de 2026


Macario Schettino

En México, ésta será una media semana, si acaso. Tendremos Grito el martes por la noche, y asueto el miércoles, seguramente en contingencia en Ciudad de México, después de las celebraciones por la Independencia. El resto del mundo parece que tendrá una semana muy cargada.


De entrada, hay un alto riesgo de una reducción adicional en la oferta de petróleo, por el ataque a un oleoducto árabe. A los siete millones de barriles diarios perdidos por el cierre de Ormuz ahora se sumarían otros cuatro, que ya no podrán ser cubiertos tan fácilmente. Escribo antes de que abran los mercados, pero usted ya sabrá qué tanto se ajustó el precio.


Mientras nosotros celebraremos el miércoles, la Reserva Federal elevará la tasa de interés de referencia en Estados Unidos en un cuarto de punto. Al menos eso es lo que dice el consenso de los analistas hasta este momento. Ahora lo que está por verse es si la decisión marca el inicio de un nuevo ciclo alcista, o si dejan pendiente esa señal. De cualquier forma, las presiones financieras sobre el gobierno estadounidense serán mayores.


Lo mismo ocurrirá con las nuestras, tanto por el alza del precio del crudo como por las mayores tasas en Estados Unidos. Ya hace muchos años que somos deficitarios en combustibles, por más que insistan en una inexistente “soberanía energética”, de manera que un mayor precio del petróleo golpea las cuentas públicas, especialmente por la insistencia en mantener fijo el precio de la gasolina y el diésel, a costa de un IEPS negativo. Eso va a dificultar aún más la meta que Hacienda ha puesto para los ingresos tributarios, de por sí optimista.


El incremento en la tasa de la Reserva Federal provocará un mayor costo en deuda externa, que hoy no es un problema para el gobierno federal, pero sí para el refinanciamiento de Pemex, lo que puede obligar a una mayor transferencia, no sólo los 85 mil millones que están presupuestados para ello. La inversión en la empresa, los 250 mil millones que mencionamos el miércoles pasado, que apenas sirven para irla pasando, podrían también ser insuficientes.


Por otra parte, las tensiones en Europa son ya importantes. No solo han ocurrido extraños atentados en Alemania, muy probablemente de origen ruso, sino que ahora ya hay la amenaza de Medvedev, alguna vez presidente de Rusia, de desaparecer Lituania. Este domingo, Rusia atacó el tren que va de Kiev a Varsovia justo en la frontera polaca. No es solo una agresión a Polonia, sino que además puso en riesgo a varios políticos europeos que iban en el tren.


Esto ocurre cuando Alemania se encuentra en un momento muy difícil, debido al derrumbe del modelo industrial de posguerra, demasiado lento para adaptarse. El impacto en empleo se refleja ya en el ascenso de Alternativa para Alemania, el partido pronazi. Aunque desde el año pasado Alemania empezó a moverse en una dirección distinta, impulsando el gasto en defensa, no ha dado tiempo de que eso se refleje en actividad económica ni en fuerza suficiente, y por ello no ha trascendido el tema de los atentados. La segunda economía de la UE, Francia, prácticamente no existe: a Macron ya nadie le hace caso, y se va el próximo año, y la deuda de ese país ya está en terreno peligroso. La que fue la tercera economía, el Reino Unido, está a punto de dejar de serlo, puesto que Irlanda del Norte, Escocia y Gales amenazan con romper la unión. No lo hubiéramos pronosticado hace unos años, ni unas décadas, pero ahora es Italia el país más sólido en Europa.


Como esta semana estaremos concentrados en festejar, y de por sí nunca atendemos al resto del mundo, pensé que convenía compartir con usted la avalancha que viene. Así festejará usted con más ganas, no vaya a ser.






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