¿Los programas sociales, como a los niños, los trae la cigüeña?
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Columna de opinión escrita por Pascal Beltrán del Río para Excélsior
Viernes 4 de septiembre de 2026
Pascal Beltrán del Río
El pasado 1 de septiembre, durante la apertura del periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión, la senadora Malú Micher subió a la tribuna para fijar la postura de la mayoría parlamentaria.
Cuando abordó el tema de la política social, la guanajuatense levantó una encendida polémica entre los legisladores, que luego continuó en la opinión pública. Al defender la sustentabilidad de los Programas para el Bienestar —que a finales de este año alcanzarán a más de 42 millones de beneficiarios, de acuerdo con lo que, horas antes, había dicho la presidenta Claudia Sheinbaum en su mensaje del Segundo Informe—, Micher sostuvo que los recursos para financiarlos no provienen de los impuestos y derechos que pagan los contribuyentes al fisco, sino de los ahorros en el gasto que ha hecho el gobierno federal.
“Ya estuvo bueno de que anden diciendo que ese dinero es de nuestros impuestos”, arengó la guanajuatense, haciendo una mueca burlona. “¡Mentira! Es de una austeridad republicana que logró que tuviéramos a 42 millones de familias (sic) en bienestar”.
En algo tuvo razón, así fuera de manera involuntaria: una porción de los recursos utilizados para financiar los programas sociales no proviene del erario en sentido estricto, es decir, de los impuestos y derechos cobrados a los contribuyentes. Lo que la legisladora evitó mencionar es que ese faltante no lo cubre la austeridad, sino el endeudamiento público.
Las cifras fiscales son contundentes y no dejan espacio para narrativas políticas románticas. De 2018 a la fecha, la deuda pública medida mediante el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público prácticamente se ha duplicado en términos nominales, al pasar de 10.5 billones de pesos a más de 19 billones en 2026. Si bien los ingresos tributarios aumentaron gracias al cobro a grandes empresas y al fin de las condonaciones fiscales, esa recaudación adicional resultó insuficiente para cubrir simultáneamente los compromisos operativos del Estado, las transferencias a Pemex, los megaproyectos y la universalización de los apoyos directos. El déficit presupuestario —la brecha que se llena emitiendo deuda— escaló en los últimos ejercicios hasta representar niveles no vistos en décadas, actuando como el verdadero pulmón financiero de la política social de los gobiernos de la autodenominada Cuarta Transformación.
El riesgo de este esquema se potencia cuando se analiza la velocidad a la que envejece el país. Las proyecciones demográficas indican que la población de 65 años o más se duplicará para el año 2050, pasando de los 13 millones actuales a casi 25 millones de personas, de acuerdo con los cálculos demográficos.
Tan sólo para mantener la Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores ajustada por inflación, el costo para el erario brincará de los casi 500 mil millones de pesos anuales que requiere hoy a más de dos billones de pesos a mediados de siglo. Esta cifra equivaldrá entonces a más de 3.5% del Producto Interno Bruto y terminará rebasando a todo el presupuesto destinado al sistema de salud.
Financiar este compromiso creciente con deuda representa una apuesta sumamente peligrosa. En un entorno global y nacional donde las tasas de interés se han mantenido en niveles elevados, contratar financiamiento adicional resulta cada vez más caro. El pago de intereses consume una rebanada cada vez más grande del presupuesto, restando margen de maniobra para atender la infraestructura, la salud, la seguridad y la educación.
Si la economía no sale de su anemia actual o el gobierno no emprende una reforma fiscal de fondo que aumente de manera genuina y estructural la recaudación, los programas sociales quedarán atrapados eventualmente en la trampa de un crédito permanente cuyo costo terminarán pagando las futuras generaciones.
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Espiral
Columna de opinión escrita por Macario Schettino para El Financiero
Viernes 4 de septiembre de 2026
Macario Schettino
La próxima semana, Hacienda presentará el Paquete Económico 2027. Será un momento importante para la manera en que nos evalúan las agencias e instituciones financieras internacionales. La promesa de reducir el déficit fiscal a menos de 4% del PIB no se ha cumplido, ni en 2025 ni en este año, con lo que la deuda del gobierno crece más rápido de lo ofrecido en los paquetes de años anteriores, apuntando a una espiral que yo he llamado crisis fiscal desde 2022, aunque los colegas han buscado formas de no usar ese término. Ya cada vez menos.
Para que pueda usted tener una idea de por qué este camino no tiene salida, es necesario que recordemos que México ha tenido finanzas públicas apretadas desde 1965. En ese año empezamos a endeudarnos con el exterior, aunque poco, porque no había préstamos grandes en esa época. A partir de 1971, las cosas cambiaron, y nos endeudamos como locos, provocando dos crisis en el camino, 1976 y 1982. La siguiente década usamos los excedentes petroleros para sobrevivir, y a partir de 1992 regresamos al endeudamiento externo, provocando la crisis de 1995.
En este siglo hubo un manejo fiscal prudente, aunque la Gran Recesión de 2009 obligó a gastar más de lo debido, y los primeros años de Peña Nieto mantuvieron ese gasto, lo que los llevó a tratar de corregir con el “gasolinazo”, que más bien sirvió para resucitar a López.
Cuando éste llegó al poder, mantuvo el gasto más o menos controlado los primeros años, pero después de perder la elección de 2021, acabó con todo.
Por un lado, se puso a repartir dinero para comprar votos, como se sabe. Ese gasto adicional rondaba 200 mil millones de pesos al año hasta 2022, pero se elevó a más de 300 mil en 2023, y casi 450 mil en 2024. Ahora está en 500 mil millones al año, y no puede reducirse, porque de eso depende el apoyo que tanto celebran quienes están en el poder.
Por otro, se construyeron elefantes blancos a un costo de 500 mil millones cada uno de ellos: el AIFA (sumando el costo de cancelación del NAIM), Dos Bocas, y el Tren Maya. Hubo otros proyectos menos onerosos, que tal vez sumen 250 mil millones entre todos. La suma es de 1.75 billones de pesos. Todo eso se financió con deuda, de forma que el costo financiero adicional por esos elefantes promedia 130 mil millones de pesos anuales. Además, pierden dinero en la operación: 30 mil millones el Tren Maya (subsidio total), más de 3 mil entre AIFA y Mexicana, y de Dos Bocas no tenemos idea.
Digamos que este costo es de 175 mil millones por año.
Finalmente, sigue la necedad de rescatar a Pemex, con un costo anual que supera los 200 mil millones de pesos. Si sumamos, quedamos cerca de 900 mil millones de pesos que hay que gastar cada año, por encima de los gastos normales del gobierno, que superan los ingresos en un par de puntos del PIB. Esto significa que el déficit ya estructural es de 4.5 puntos del PIB.
Se podría reducir deshaciéndose de Pemex o eliminando parte del reparto de efectivo, pero eso justamente es lo que este gobierno no hará, de manera que no hay salida.
Si recordamos que las pensiones tradicionales crecen dos décimas de punto cada año, y que este gobierno ha comprado “paz social” ampliando el pago de servicios personales, es fácil imaginar un deterioro cada vez más rápido. Si le agrega la tendencia de las tasas de interés a nivel global, peor aún.
Esperaremos el Paquete Económico con la preocupación de que Hacienda no tenga argumentos sólidos, y las decisiones que ya han empezado a tomar las instituciones financieras (por ejemplo, Bank of America esta semana) se generalicen. Ya veremos.
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2006. Crónica de un fraude
inventado
Columna de opinión escrita por Héctor Aguilar Camín para Milenio
Viernes 4 de septiembre de 2026
Héctor Aguilar Camín
Les comparto el inicio de la crónica sobre las elecciones de 2006 publicada en Nexos de septiembre, veinte años después:
“No llevo un diario, pero el domingo 2 de julio de 2006 escribí en la entrada de una especie de diario lo siguiente:
Voy a Televisa a pasar la jornada electoral, luego de ir a votar. He votado por Calderón para la Presidencia, por Alternativa para la Cámara de Diputados, por María Angélica Luna Parra para el Senado, por Demetrio Sodi para jefe de Gobierno de la Ciudad de México, por Malú Lajous para delegada, por Alternativa para la asamblea local.
Al final de la jornada, antes de que se dé a conocer el resultado de la elección por el Instituto Federal Electoral, le llamo a Chema. Me dice:
–Perdimos, nos llevó la chingada. No vimos venir el voto encabronado y decepcionado de la clase media.
“Aclaro y recuerdo: Calderón era el candidato presidencial del PAN en aquellas elecciones; Alternativa era Alternativa Socialdemócrata y Campesina, un partido nuevo que presidía Patricia Mercado; Demetrio Sodi era candidato del PAN al gobierno de la ciudad, María Angélica Luna Parra y Malú Lajous, candidatas del PRI al congreso. Chema es mi amigo de toda la vida, José María Pérez Gay, que se había vuelto asesor íntimo y partidario ciego de López Obrador, entonces candidato presidencial de la Coalición por el Bien de Todos.
“A la una de la tarde de aquel domingo, después de votar, me fui a las oficinas de Televisa Chapultepec en busca de una primicia de los resultados electorales de ese día.
“Esperaba algo parecido a lo sucedido seis años antes, cuando me dijeron, apenas entré a la oficina donde chacoteaban los directivos y los conductores de noticieros de la estación: “Ganó Fox”, es decir, perdió el PRI, perdió el gobierno, ganó la oposición.
“Eso había sido la mañana del 6 de julio de 2000.
Yo esperaba oír algo parecido cuando llegué a Televisa el 2 de julio de 2006: ‘Ganó López’. Pero la noticia no era esa, sino que no iba ganando nadie”.
Siguió el diluvio… la indecisión del INE, el grito de victoria de López Obrador y su invención de un fraude, sabiendo que había perdido.























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