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México entre dos mundiales


Columna de opinión escrita por Edna Jaime para el diario El Financiero


Lunes 15 de junio de 2026


Edna Jaime

Los mundiales en casa son una forma de medir al país. No porque el futbol explique lo que sucede por sí mismo, sino porque toma una fotografía: del ánimo, de la economía, de la política, de lo que queremos mostrar y de lo que preferimos dejar fuera de la foto.


México vuelve a ser sede en 2026, cuarenta años después del Mundial de 1986 que muchos recordamos por razones públicas y privadas. En mi caso, además, 1986 tiene una memoria personal: ese año me hice novia de quien hoy es mi marido.


Quizá por eso lo recuerdo no solo como dato histórico, sino como una época que todavía puedo ubicar en mis sentimientos: el país de entonces, las conversaciones de entonces, las expectativas y los miedos de entonces.


Visto desde hoy, 1986 ocurrió al final de un orden y al inicio de otro. México venía del terremoto de 1985, que mostró con crudeza la fragilidad del Estado, pero también la fuerza de una sociedad capaz de organizarse.


La economía seguía golpeada por la crisis de la deuda y por el agotamiento del viejo modelo de sustitución de importaciones. Ese mismo año México entró al GATT, una decisión que simbolizó el giro hacia la apertura comercial y que, con el tiempo, nos llevaría a una integración mucho más profunda con Norteamérica.


En lo político, seguíamos en un régimen cerrado. El PRI conservaba el control del poder, las elecciones no eran plenamente competitivas y los contrapesos institucionales eran débiles. La sociedad empezaba a moverse, la economía empezaba a abrirse, pero el sistema político todavía resistía.


Desde entonces, México cambió mucho. Sería injusto negar lo que sí se transformó. Tuvimos apertura comercial, TLCAN, después T-MEC, alternancia, autonomía electoral, mayor pluralismo, prensa más libre, organizaciones civiles más fuertes, gobiernos divididos, una ciudadanía menos pasiva.


Durante años creímos que, con todos sus tropiezos, México caminaba hacia una combinación deseable: economía abierta, democracia plural, instituciones autónomas y una sociedad cada vez más exigente.


El problema es que llegamos a este Mundial con una paradoja difícil de ignorar: la apertura económica sobrevivió mejor que la apertura política.


México es hoy un país mucho más integrado al mundo que en 1986. Su economía depende de cadenas de valor, exportaciones, inversión, reglas compartidas y una relación profunda con Estados Unidos y Canadá. No somos una economía cerrada ni podríamos volver a serlo sin costos enormes. En ese terreno, con todas sus limitaciones, el país sí cruzó un umbral.


Pero en lo político y en lo institucional el balance es más preocupante. No volvimos al México de 1986, pero tampoco consolidamos la democracia que creímos estar construyendo. La alternancia no produjo, por sí sola, un Estado más capaz. La pluralidad no construyó una cultura sólida de límites al poder.


Las instituciones autónomas que tanto costó crear hoy son vistas por muchos como ilegítimas, no como una instancia de protección de derechos. Y la tentación hegemónica, que creímos superada, regresó con otro lenguaje y nuevos instrumentos.


Quizá ahí está el tema más duro de estos cuarenta años. México abrió su economía, pero no terminó de construir un Estado eficaz. Democratizó el acceso al poder, pero no consolidó una convicción compartida sobre la necesidad de limitarlo. Generó ciudadanía, pero no logró traducir ese ímpetu en un mejor gobierno.


Por eso el Mundial llega en un momento importante. Organizarlo junto a Estados Unidos y Canadá confirma lo que México ya es en términos económicos: parte de una región integrada. Un legado de estos 40 años.


Pero también llega cuando el país enfrenta una erosión institucional seria, una crisis de crimen que no cede, cuya expresión más dolorosa es la de las desapariciones. También llega en un entorno económico endeble, incapaz de sostener una promesa de movilidad y bienestar.


No estamos peor que en 1986. Decirlo sería profundamente injusto con los logros de mi generación. Estamos mejor en casi todo: somos más abiertos, más conectados, más plurales, más informados.


Pero también somos un país más violento, más desconfiado, más polarizado y con una democracia en vilo.


Tal vez esa sea la fotografía que dejará este Mundial: la de un país que cambió mucho, pero no necesariamente llegó al lugar al que pensaba llegar.


El Mundial pasará. Habrá fiesta, goles, visitantes, discursos y probablemente buenos recuerdos. Pero cuando se apaguen las luces quedará la pregunta de fondo: ¿qué hacemos con este país que amamos, pero que no ha sabido darse un Estado democrático capaz?


Cuarenta años después, ese sigue siendo nuestro pendiente.




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Avise si tiene miedo


Columna de opinión escrita por ​Peniley Ramírez para el diario Reforma


Lunes 15 de junio de 2026


Peniley Ramírez

Conocí a Paola Gárate en la Ciudad de México hace poco menos de un año. Nos había contactado un colega periodista de Sinaloa. Yo quería documentar la violencia que ocurría en su estado después de que comenzaron los enfrentamientos dentro del Cártel de Sinaloa tras el arresto de Ismael "El Mayo" Zambada. Ella quería contarme sobre la noche infame que vivió en junio de 2021, cuando era candidata a diputada local por el PRI.


Durante la noche antes de la elección de Rubén Rocha a gobernador, unos hombres secuestraron a Gárate. Cuando nos vimos, me contó esas horas terribles. Su cuerpo aplastado en el asiento trasero de un auto, los criminales manejando por la ciudad, las amenazas y el pavor. Y luego, la conversación que sostuvo con quien le pareció un jefe. El hombre hablaba con un tono apacible mientras Gárate respiraba con dificultad, con la cabeza amarrada con cinta, en una bolsa. Él le explicó entonces que todo estaba bien; solo estaban apoyando la elección de Rocha y asegurándose de que todo saliera como el cártel quería.


Cuando nos vimos, Gárate me contó que había denunciado el secuestro. Obtuve los documentos de una solicitud de asesoría legal para presentar medidas cautelares ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Pero la solicitud no prosperó. Nadie la contactó nunca. "Si tienes una narcoelección, como la tuvimos, vas a tener un narcogobierno", me dijo entonces. Esa entrevista conmigo fue la primera vez que ella aceptó que se publicara su nombre en relación con el secuestro que había sufrido.


Este abril, cuando leí la acusación de Nueva York contra Rubén Rocha, busqué a Gárate de inmediato. El documento hablaba de esa noche de la elección, de los secuestros de varios políticos. Me respondió que estaba bien y que procuraba cuidarse. Gárate, ahora diputada local, no tiene ni ha tenido personal de seguridad, a pesar de que lleva años denunciando la violencia, la corrupción y la inseguridad en Sinaloa.


Esta semana, el miedo ha tomado forma, cuerpo. Alguien dejó una corona fúnebre fuera de su casa con una cinta atravesada y la leyenda "Familia Gárate". Nos escribimos durante el partido inaugural de la Copa del Mundo, cuando buena parte del país festejaba los goles de México. "Una cosa es recibir críticas o cuestionamientos por la actividad política y otra muy distinta es encontrarte con un mensaje de esta naturaleza en el lugar donde vive tu familia", me escribió Gárate. Su primera reacción fue de shock. Luego hizo lo que siempre hace: publicó lo ocurrido y presentó una denuncia.


Me dijo que no quiere especular sobre quién le envió este mensaje ni por qué, pero que lo considera un acto de intimidación. La cronología, sin embargo, es clara: Gárate denuncia la violencia que vivió, que siguen viviendo muchos en Sinaloa; esa acusación se incluye en el caso contra Rocha y luego alguien deja una corona fúnebre afuera de su casa.


Desde la acusación contra Rocha, me dijo Gárate, se ha difundido ampliamente la historia de cómo el crimen organizado intervino en la elección de 2021. "Yo soy una prueba viviente de lo que vivimos en esa elección", me dijo.


Gárate sabe bien que muchos en Sinaloa están viviendo situaciones mucho más graves que la amenaza que recibió esta semana. Pero conoce el peso simbólico de su caso. "Lo que me ocurrió es un recordatorio de que todavía tenemos mucho trabajo por hacer para recuperar condiciones de tranquilidad, libertad y convivencia democrática en Sinaloa", me dijo.


Y añadió que no piensa callarse: "No hay nada más peligroso para una sociedad que permitir que el miedo termine definiendo quién puede hablar y quién no".


Hace más de un año que Gárate ha solicitado al gobierno federal que le otorgue protección. "Pero ya no confío; no he recibido una respuesta favorable", dijo. Este viernes, después de que la foto de la corona fúnebre se publicó en muchos medios, la llamaron desde la Guardia Nacional. Le dijeron que la instrucción superior es que ella debe llamar cuando sienta miedo o peligro, "para que me acompañen en los traslados oficiales. Pero aquí tenemos miedo las 24 horas. La corona fúnebre no me la llevaron al Congreso, ni en horario laboral".


Sin embargo, la posición oficial es esa: que avise cuando tenga miedo. Mientras pueda.




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El día siguiente de la fiesta

Columna de opinión escrita por Héctor Aguilar Camín para el diario Milenio


Lunes 15 de junio de 2026


Héctor Aguilar Camín

La fiesta del Mundial sigue su paso, en su propio nicho, y también siguen su paso las realidades, menos festivas, del gobierno y del país.


Al día siguiente de la inauguración del Mundial y su catarsis colectiva, el embajador estadounidense en México, Ronald Johnson, convocó a una seria y concurrida reunión binacional, sobre los temas de seguridad vigentes entre ambos países.


La reunión tuvo lugar en la embajada americana, en el formato del Bilateral Implementation Group, BiG por sus siglas en inglés y big también, grandota, por la asistencia de funcionarios de las dos naciones comprometidos en la materia.


Por parte de Estados Unidos, acudieron funcionarios de 15 agencias gubernamentales. Por parte de México, el secretario de Relaciones Exteriores y altos mandos de la Secretaría de Seguridad y de las fuerzas armadas.


La palabra implementation es la definitoria del grupo BIG y del encuentro del viernes pasado, porque no sugiere conversaciones, intercambio de información o puntos de vista, sino revisión de lo que debe implementar cada quién, hacer cada quien, poner en práctica cada quien.


El tono del embajador Johnson al día siguiente, en su informe sobre la reunión, fue notoriamente constructivo, destacó los logros de la cooperación binacional y los “resultados históricos en materia de seguridad, cuando trabajamos juntos”.


El embajador Johnson subrayó las reducciones de 95% en el trasiego marítimo de drogas, de 36% en las muertes por sobredosis en su país y el desmantelamiento de 2 mil 300 laboratorios clandestinos en México.


Para nadie es un secreto, sin embargo, que el gobierno de México no está dispuesto a colaborar en una cuestión fundamental que pide Estados Unidos: la detención y extradición de narcopolíticos.


Esta es la línea roja que separa los esfuerzos conjuntos de ambos gobiernos contra el crimen y los planes de acción del BIG.


Subrayo el tono constructivo del embajador, porque las declaraciones sobre el tema del presidente Trump y de sus principales funcionarios, son más bien lo contrario, amenazantes y medio apocalípticas.


Creo que el tono elegido por Johnson es mejor y al final dará mejores resultados, pero México tiene que encontrar una respuesta mejor que igualar la defensa de su soberanía con la defensa de sus políticos impresentables.



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