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Sobre la felicidad

15 oct
5 min de lectura

Columna de opinión escrita por Carlos Tello Díaz para Milenio


Jueves 15 de octubre de 2026


Carlos Tello Díaz

Esperaba una coyuntura adecuada para hablar de la felicidad, algo que justificara la elección del tema en este espacio. Pero para qué esperar. Cualquier momento es bueno para hablar de la felicidad.


Podemos definirla como un estado de bienestar, como un sentimiento de satisfacción física y espiritual. La gente feliz es más sana y más productiva. Pero no es feliz por tener lo que normalmente codiciamos: poder, fama, dinero, belleza. ¿Qué hace felices a las personas? Varios factores, entre ellos los siguientes: el género al que pertenecemos, la personalidad que tenemos, la situación de nuestras vidas… y la edad. Género: normalmente las mujeres son un poco más felices que los hombres, aunque también son más propensas a la depresión (20 por ciento de ellas sufre depresión alguna vez en sus vidas, en contraste con 10 por ciento de los hombres). Personalidad: las personas neuróticas, por ejemplo, tienden a ser infelices, a diferencia de las extrovertidas, aquellas a las que les gusta ir a fiestas y trabajar en equipo. Situación: las circunstancias desempeñan, claro, un papel decisivo (los ricos, por ejemplo, tienden a ser más felices que los pobres, aunque no queda claro cuánto más, pues hay un punto en el que la curva del consumo deja de coincidir con la curva del bienestar). Edad: la edad que tenemos es fundamental, pero no en el sentido en que piensa la mayoría de la gente.


En diciembre de 2010, The Economist publicó en su edición de navidad un artículo que es ya legendario, con este título: “Edad y felicidad: la curva en U”. Empezaba con esta reflexión: “Si le preguntas a la gente qué piensa sobre envejecer, probablemente te responderán en la misma línea que Maurice Chevalier: La vejez no es tan mala si piensas en la alternativa. Las articulaciones rígidas, los músculos debilitados, la vista que se desvanece y la memoria que se nubla, junto con el desprecio descarado del mundo moderno hacia los ancianos, parecen una perspectiva aterradora —mejor que la muerte, tal vez, pero no mucho más. Sin embargo, la humanidad se equivoca al temer el envejecimiento. La vida no es un largo y lento declive desde las cumbres soleadas hacia el valle de la muerte. Es, más bien, una curva en forma de U”. Al comienzo de la vida adulta, las personas suelen ser en promedio bastante felices, pero dejan de serlo conforme pasa el tiempo, hasta la edad mediana, cuando llegan a su punto más bajo: la llamada mid-life crisis. “Lo sorprendente ocurre después de eso”, señala The Economist. “Aunque a medida que las personas se acercan a la vejez pierden cosas que atesoran —vitalidad, agudeza mental y apariencia física— también ganan aquello que la gente pasa toda su vida buscando: la felicidad”. Las personas en general son más infelices cuando tienen alrededor de 46 años de edad, en México como en Suiza, Ucrania o Zimbabwe. Y a partir de entonces empiezan a ser más felices de nuevo. “Las personas mayores tienen menos discusiones y encuentran mejores soluciones a los conflictos. Son más capaces de controlar sus emociones, aceptan mejor las adversidades y son menos propensas a enojarse”. Han dejado atrás sus ambiciones; han aprendido a aceptar la vida como es.



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Sus Excelencias no se enferman


Columna de opinión escrita por Verónica Malo Guzmán para El Heraldo de México


Jueves 15 de octubre de 2026


Verónica Malo Guzmán

Cáncer de pulmón. El Vaticano escribió las palabras que tantas oficinas de prensa preferirían someter primero a consideración de los asesores de imagen. León XIV anunció el domingo que sería operado; el martes se confirmó un adenocarcinoma pulmonar y se informó que le habían extirpado el lóbulo inferior del pulmón derecho mediante cirugía videoasistida. Una noticia grave, comunicada sin convertir el diagnóstico en un acertijo.


No sabemos todo ni puede darse por resuelto lo que sigue. Pero conocemos lo esencial y quién lo informa. Eso permite distinguir una enfermedad confirmada de una conjetura. La transparencia no cura al paciente; evita que la desinformación se convierta en su portavoz.


La comparación con otros grandes líderes del planeta resulta incómoda. Quien ocupa la silla de San Pedro admite su fragilidad mientras varios mandatarios terrenales parecen exigir que también sus organismos obedezcan órdenes.


El problema empieza cuando un gobernante ha vendido su fortaleza personal como garantía de la fortaleza nacional. Entonces, una enfermedad deja de ser únicamente un padecimiento: amenaza la propaganda que sostiene al personaje. Después de presentarse como indispensable, resulta complicado explicar que su Excelencia necesite reposo.


En septiembre, Xi Jinping faltó a una cena de gala de los BRICS en Nueva Delhi. Según The Wall Street Journal, personas conocedoras del episodio señalaron que se encontraba indispuesto. La falta de una explicación pública china alimentó especulaciones sobre la salud del mandatario. Conviene subrayarlo: una ausencia no prueba una enfermedad grave. Pero el silencio permite que cualquier versión ocupe el lugar de la información.


Con Putin, el Kremlin ha negado rumores de enfermedad y hasta versiones sobre supuestos dobles de esa Excelencia. Nada de eso autoriza a diagnosticarlo mirando videos. Sí permite advertir el absurdo informativo: se discute si una mano, un gesto o una postura revelan aquello que un parte médico podría aclarar. El secretismo convierte a medio mundo en médico de sobremesa.


Trump exige un matiz. La Casa Blanca sí divulga informes, reconoció la insuficiencia venosa crónica de su Excelencia anaranjada y atribuyó los moretones en las manos al uso de aspirina y a los frecuentes apretones. Además, en Estados Unidos la prensa puede cuestionar esas explicaciones. Equipararlo sin más con China o Rusia debilitaría la comparación.


Lo discutible es la envoltura. Sus informes han celebrado una salud “excelente” y hasta una edad cardíaca inferior a la cronológica. Su Excelencia rejuvenece por órganos. La información médica pierde credibilidad cuando parece obligada a felicitar al paciente.


De ahí la diferencia que importa: informar no consiste únicamente en publicar un documento. Trata de ofrecer datos pertinentes, reconocer lo que todavía se desconoce y explicar las consecuencias para el ejercicio del cargo. Los adjetivos no sustituyen ninguna de esas obligaciones.


Un gobernante conserva su derecho a la intimidad. La ciudadanía, por su parte, tiene un interés legítimo en saber aquello que podría afectar su capacidad para decidir, trabajar o delegar. No necesita tener en su poder el resultado de cada análisis; necesita saber si quien manda puede hacerlo y qué ocurrirá si temporalmente no puede.


Tampoco el periodismo queda exento. Exigir información verificable es parte del oficio; convertir un tropiezo en diagnóstico, no. El hermetismo oficial merece escrutinio, pero no vuelve verdadera cualquier sospecha o interpretación. Una columna contra el rumor tampoco puede alimentarse de él.


Hay, además, una trampa en suponer que ocultar la enfermedad desalienta las intrigas sucesorias. Puede ocurrir lo contrario: cuando nadie sabe cuánto creer, cada ausencia permite hacer cuentas. El silencio no suspende la lucha por el poder; le proporciona material de combustión.


La respuesta del Vaticano en este episodio ofrece una enseñanza bastante terrenal: una institución puede reconocer la vulnerabilidad de su cabeza sin anunciar su derrumbe. Donde admitir un padecimiento parece poner en riesgo al Estado, conviene preguntar cuánto Estado queda fuera del hombre.


El gobernante que se proclama indispensable acaba haciendo de su cuerpo un problema de seguridad nacional. Y de los ciudadanos, espectadores pendientes de si su Excelencia consigue subir una escalera.







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