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Sobrediagnóstico en cáncer: otra cara

hace 3 días
7 min de lectura

Columna de opinión escrita por Gina Tarditi para Reforma

(Publicada el viernes 16 de octubre)


Lunes 19 de octubre de 2026


Gina Tarditi

El sobrediagnóstico en oncología es un tema del que muy pocos están dispuestos a hablar porque puede resultar espinoso, pero es necesario si se busca el bienestar integral de todas las personas y evitar que la brecha de desigualdad en salud siga creciendo. Detectar un cáncer que, con alta probabilidad, nunca habría provocado síntomas ni ocasionado la muerte de la persona tiene consecuencias serias. La persona, una vez diagnosticada, queda expuesta a tratamientos innecesarios y a repercusiones psicoemocionales, sociales y económicas. El sobrediagnóstico causa sufrimiento y genera un uso ineficiente de los recursos de los sistemas de salud en todo el mundo.


Se preguntará usted cómo llegamos hasta aquí y la respuesta es bastante compleja. En parte se explica por los avances tecnológicos que hacen posible detectar lesiones cada vez más pequeñas. Asimismo, las campañas que promueven el diagnóstico temprano no comunican los posibles riesgos del tamizaje y con frecuencia, no distinguen entre poblaciones con distintos niveles de riesgo, rangos de edad, comorbilidades o expectativas de vida. A esto se suma la peregrina idea de medicalizar la vejez.


Según datos del Observatorio Global del Cáncer, en nuestro país los cánceres más frecuentes son los de mama, cérvico-uterino, próstata, pulmón y colorrectal. En México y en el mundo existen programas y guías clínicas que establecen criterios para el diagnóstico y el tratamiento de estos y de otros tipos de cáncer menos frecuentes. En cuanto al tamizaje, estas guías recomiendan suspenderlo a partir de cierta edad, ya que los riesgos potenciales de un resultado positivo superan sus beneficios o bien individualizar cada caso, de acuerdo, entre otros, con el estado general de salud y la presencia de otras enfermedades.


El propósito es que el tamizaje llegue a quienes se benefician de él y proteger a quienes, por el contrario, podrían ver deteriorada su calidad de vida. Un diagnóstico irrelevante conduce a la persona a un laberinto difícil de atravesar. Como Don Quijote frente a los molinos de viento, el paciente y el médico se ven tentados a emprender una batalla que parece obligada. La diferencia radica en que, en el sobrediagnóstico, el enemigo no es imaginario; el cáncer sí está presente. Sin embargo, el tumor es indolente o de crecimiento muy lento, por lo que muy probablemente nunca habría atacado.


La persona que hasta entonces vivía una vejez normal se ve obligada a afrontar, quizá durante el resto de su vida y sin que nadie se lo haya advertido, los efectos secundarios del tratamiento, los gastos, la disrupción familiar y social, así como el estrés y la ansiedad inherentes.


En el anterior artículo escribía sobre la experiencia de previvir al cáncer. Un cáncer inexistente, con cierta probabilidad de aparecer en el futuro. Hoy hablamos de sobrediagnóstico. Un cáncer que existe, pero cuyas probabilidades de causar daño son mínimas. En el fondo de ambos fenómenos se encuentra una fórmula surrealista que surge de la suma de la medicalización, la mercantilización, la obsesión por la salud y una ideología que sostiene que es posible prolongar la vida cada vez más. En lo que parece una ironía, en la búsqueda de la salud algunos acaban perdiéndola porque la salud va más allá del cuerpo; es un estado de bienestar biopsicosocial y espiritual.



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La leyenda de 'el Nopalito'


Columna de opinión escrita por Enrique Krauze para Reforma

(Publicada el viernes 18 de octubre)


Lunes 19 de octubre de 2026


Enrique Krauze

No sé por qué en estos tiempos me ha venido a la mente la triste historia de un ingeniero michoacano, hombre valiente y leal, maderista y revolucionario, Constituyente del 17, gobernador de Michoacán, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, que como presidente de México tuvo el infortunio de compartir el poder con el general Plutarco Elías Calles, Jefe Máximo de la Revolución mexicana. Se llamaba Pascual Ortiz Rubio.


Al terminar su gobierno en diciembre de 1928, Calles había fingido abandonar el poder. Hablando de sí mismo en tercera persona declaró: "Plutarco Elías Calles no volverá a ser, ni intentará ser jamás, factor político en México y sólo en el desgraciado caso en que las instituciones del país se vean comprometidas, este ciudadano se pondrá a las órdenes del gobierno legítimo, por si se desea aceptar sus servicios". Los hechos lo desmintieron.


Durante el gobierno interino del presidente Emilio Portes Gil, se convocó a las elecciones de 1929. Por parte del naciente Partido Nacional Revolucionario, el Jefe Máximo eligió como candidato a Ortiz Rubio, que ocupaba el cargo de embajador en el Brasil. Recién llegado se reunió con Calles, quien le planteó sin rodeos la fórmula bajo la que habría de gobernar. Según contó después a un amigo, se trataba del "ejercicio de un gobierno en el que yo comparta el poder con el PNR". Pequeño problema: detrás del partido estaba Calles. Aunque Ortiz Rubio confesó sentir "horror", Calles lo convenció de "sacrificarse por la patria".


La primera mancha fue la sospecha de fraude contra el popular candidato de la oposición, José Vasconcelos. Ya desde la campaña, los adversarios de Ortiz Rubio habían comenzado a llamarlo despectivamente "el Nopalito", por "baboso". El apodo era cruel, pero aun con su trayectoria no podía engañarse: sabía que el suyo sería un gobierno compartido. Tomó posesión el 5 de febrero de 1930. Ese mismo día sufrió un atentado: Daniel Flores, un joven de 23 años, le disparó cuando salía de Palacio Nacional y lo hirió en la mandíbula.


En 1931, cuando la gente caminaba por Chapultepec, solía decir: allá vive el presidente, pero el que manda vive enfrente. Y era verdad. El presidente Pascual Ortiz Rubio vivía en el castillo, hoy Museo Nacional de Historia, pero en una moderna casa de la actual avenida Mariano Escobedo vivía el general Calles. Aunque había dejado la presidencia en 1928, conservaba una enorme influencia sobre el PNR, el Congreso, los gobernadores y el Ejército. Si bien Ortiz Rubio ocupaba formalmente la presidencia, los políticos consultaban todo con Calles.


El presidente no contaba con un grupo político propio y le fue imposible construirlo. A final de cuentas, su candidatura había sido una creación de Calles. Sus partidarios, conocidos como los "blancos", se enfrentaron en el Congreso con los "rojos", respaldados por el expresidente Emilio Portes Gil. Con el apoyo de Calles, los "rojos" consiguieron controlar las principales comisiones legislativas. En realidad, unos y otros buscaban sobre todo el favor del Jefe Máximo. Y Calles supo servirse de todos ellos.


Sin embargo, Ortiz Rubio dio la batalla: trató de hacerse del control del PNR colocando al frente del partido a un hombre de su confianza, Basilio Vadillo. Duró apenas dos meses y once días. Enseguida, las elecciones legislativas dejaron a Ortiz Rubio frente a Cámaras adversas. La inestabilidad alcanzó también al gabinete. Secretarios y altos funcionarios entraban y salían conforme cambiaba el equilibrio entre las facciones. Y para colmo, en octubre de 1931, el propio Calles se convirtió en secretario de Guerra y Marina. Permaneció en el cargo hasta julio de 1932.


Los intentos por afirmar la autoridad presidencial terminaron en 1932. Aunque en agosto buscó reorganizar su gobierno, Calles declaró que ninguno de sus amigos debía aceptar puestos. El 2 de septiembre de 1932 Ortiz Rubio se dio por vencido y presentó su renuncia. Dos días después, el Congreso designó como sustituto a Abelardo L. Rodríguez que no tuvo inconveniente de cogobernar con Calles.


Así terminó una presidencia de apenas dos años y medio. Ortiz Rubio había luchado por ejercer sus facultades constitucionales, pero cada intento había topado con la red política de Calles. "El Nopalito" era un mote injusto, pero la posteridad recordó más su debilidad ante el Jefe Máximo que sus intentos por independizarse.


El siguiente presidente, Lázaro Cárdenas, extrajo la moraleja: más vale espina de tuna que baba de nopal.



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En el espejo de Francia


Columna de opinión escrita por Héctor Aguilar Camín para Milenio


Lunes 19 de octubre de 2026


Héctor Aguilar Camín

Hay algo que aprender en los motines franceses de fin de semana. Primero, que son sorprendentes, pero no gratuitos.


Tienen su origen en crisis convergentes, que el columnista de The New York Times, Mujtaba Rahman, describe como una “espiral perversa”.


Primero, una crisis de la democracia liberal, que puede entregarle el poder a la extrema derecha en las elecciones de la primavera que viene.


Luego, una crisis fiscal, con la deuda pública de Francia en los 4 billones de dólares, equivalentes a 119% de su producto interno bruto, sin que se haya hecho un ajuste serio de los gastos del Estado francés en el último medio siglo. Por el contrario, aumentaron los gastos con el covid y el déficit actual es de 9.1% anual.


Finalmente, la crisis del descontento juvenil por escuelas ruinosas, muchas y largas horas de clase, ausentismo de maestros y pocas oportunidades de empleo.


La protesta juvenil, por la subinversión educativa, empezó en septiembre en los barrios pobres de ciudades de provincia y se expandió rápidamente a todo el país, hasta tomar París la última semana.


¿Subinversión educativa? ¿En Francia? Pero si Francia gasta en educación 5.1% de su producto interno bruto, más que el promedio europeo. Sí, pero el Estado francés gasta más en sus viejos que en sus jóvenes. Gasta una cuarta parte de su presupuesto en pensiones y otra cuarta en servicios sociales, salud, desempleo y educación.


Esta es la estructura que rechina: la acumulación de gasto social que no puede financiarse sino con déficit o deuda, y lleva al desbalance fiscal crónico, a expectativas sociales defraudadas y a descontento político.


Es lo que empezamos a ver en México con el IMSS y lo que puede anticiparse para la batería general de repartos de dinero en efectivo del gobierno.


En la sacudida francesa hay una variable que investigar aparte. Es la violencia vandálica, que tiene su propia red de activación profesional.


No la juzgo espontánea. En eso, allá como acá, no hay lógica social, creo: hay mano negra. 



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