El México prehispánico: ¿casi el paraíso?
- Noticias Cabo Mil

- 23 abr
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Columna de opinión escrita por Alfonso Zárate para el diario El Universal
Jueves 23 de abril de 2026
Alfonso Zárate
Con su libro Grandeza, Andrés Manuel López Obrador se propuso “demostrar que los mejores principios éticos y la bondad que poseemos como pueblo y nación, provienen de aquello que heredamos de las grandes civilizaciones del México prehispánico”. El discurso que llevó la presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona —un texto cursi, con omisiones esenciales y cargado de falacias— se alimentó de la misma narrativa indigenista:
“Vengo de un pueblo que reconoce su origen en las grandes culturas originarias, aquellas que fueron acalladas, esclavizadas y saqueadas, pero que nunca fueron derrotadas porque hay memorias que no se conquistan y raíces que nunca se arrancan. Vengo de la Pirámide del Sol, vengo de Tláloc, de Huitzilopochtli, de Coatlicue... Vengo de un pueblo con valores espirituales profundos, que sabe que su historia es sagrada, porque en ella encuentra la fuerza para levantarse, para resistir, y para seguir tejiendo con dignidad su destino”. Para negar los aportes de la hispanidad (el lenguaje, la religión, la cultura, la arquitectura colonial, la gastronomía...), la doctora Sheinbaum se saltó tres siglos, el Virreinato.
Es sabido que la construcción de una identidad nacional exige una reinterpretación o reinvención de la historia, pero debiera haber límites.
Los mexicanos del siglo XIX, afirma Tomás Pérez Vejo, decidieron convertir a la Colonia en un “largo y desgraciado paréntesis” para hacer del mito prehispánico-indigenista “la piedra angular de la construcción nacional mexicana, el origen sagrado en el que la nación se reconoce”, y lo que apenas perfiló la clase gobernante decimonónica se impuso como hegemónico tras el triunfo de la Revolución: la visión de los aztecas como representantes de un México que no existía porque el inmenso territorio que más tarde fue la Nueva España estaba habitado por más de 150 etnias que constituían tribus o naciones con distintas lenguas, tradiciones propias y muchas veces enemigas.
Avanzado el siglo XXI, el mito del “paraíso terrenal” y del mundo de armonía que encontraron los conquistadores es falso y maniqueo. Los conquistadores, es cierto, llegaron con una voracidad sin límites que los llevó a cometer actos de barbarie, pero la crueldad de los españoles era correspondida por los horrores que imponían los aztecas a los pueblos sojuzgados. El mundo prehispánico no fue un espacio de armonía en el que se amaban los unos a los otros, sino un mundo violento, brutal, en el que respondían a la exigencia de sangre del dios supremo, Huitzilopochtli, con los sacrificios humanos y el canibalismo.
Los tlaxcaltecas, texcocanos, chalcas, otomíes y otros pueblos que apoyaron a los conquistadores, lo hicieron porque querían liberarse de la opresión y cobrarle a los tenochcas su rapacidad y sus ultrajes.
Transcurridos más de 200 años desde la Independencia, los mexicanos descendientes de los pueblos originarios enaltecidos en los discursos y en los museos, siguen postrados, los vemos en las calles tristes y cabizbajos pidiendo limosna, porque los territorios de donde vienen sufren violencia y pobreza extrema. ¿Cómo se les sacará de su postración? No, ciertamente, con discursos.
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1976
Columna de opinión escrita por Pascal Beltrán del Río para el periódico Excélsior
Jueves 23 de abril de 2026
Pascal Beltrán del Río
Lo recuerdo bien, a pesar de que sólo tenía diez años de edad. Fue el año de Nadia Comaneci, y sus ejecuciones perfectas en los Juegos Olímpicos de Montreal. El del vuelo inaugural del Concorde. El del golpe militar en Argentina. El de la llegada al poder de Adolfo Suárez en España. El del bicentenario de la independencia de Estados Unidos. El de la muerte de Mao y el encarcelamiento de su viuda. El del primer aterrizaje de una nave en Marte. El de los asesinatos de El Hijo de Sam. El del bombazo que mató a Orlando Letelier. El de la inauguración de la Nueva Basílica de Guadalupe. El del triunfo electoral de Jimmy Carter.
Pero lo que más recuerdo de 1976 es haber acompañado a mi padre a votar. El 4 de julio de ese año fue mi bautizo en la observación de los procesos electorales. Recuerdo que estaba yo muy emocionado. Llegamos temprano a la casilla.
Nunca había visto una boleta electoral. Mi padre me mostró la que le habían entregado y pude comprobar, para mi asombro, que en ella había un solo nombre. Eso sí, impreso tres veces, pues José López Portillo era el candidato presidencial del PRI, pero también del PARM y del PPS.
Un solo nombre y nada de competencia, como se supone que debía ocurrir en una elección.
Mi padre dobló la boleta sin marcarla y la depositó en la urna.
—¿No votaste por nadie? –pregunté, extrañado–.
—Sí, por López Portillo.
—Pero no te vi marcarla.
—No lo hice, pero de todos modos ese voto va a contar para él.
Años después, pensé que debió al menos escribir algo en la boleta. Una mentada de madre o algo por el estilo, pero él no era así. Creía en el deber ciudadano de votar. Si la política era abusiva, él no lo sería. Como no había competencia, la depositó en blanco.
Con el tiempo, aprendí cosas que habían ocurrido en ese proceso sucesorio. El voto decisivo, el único, lo había otorgado el presidente Luis Echeverría, quien anunció a López Portillo, el 17 de septiembre de 1975, en discretísimo diálogo, que él sería el candidato del PRI y, con ello, el próximo mandatario.
Las elecciones las organizaba el propio gobierno, a través de la Comisión Federal Electoral, que era presidida por el secretario de Gobernación.
Pese a la falta de contrincantes, López Portillo se dedicó a recorrer el país. “No había polémica ni enfrentamiento directo con otro candidato”, relata el expresidente en sus memorias, Mis tiempos (1988). “Si acaso, con ciertos críticos que desde la prensa manifestaban oposición; pero no había candidato al frente y, por ende, yo no tenía con quién competir sino conmigo mismo. Eran como rounds de sombra”.
Al ver la manera en la que, medio siglo después, el oficialismo actual terminó de conquistar las instituciones electorales, con el nombramiento de tres consejeros electorales a modo, que se sumarán al resto de los consejeros a modo para integrar el Consejo General a modo del Instituto Nacional Electoral –cosa que se sumó al sometimiento previo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación–, no pude dejar de pensar en aquel año del 76, en aquella campaña de rounds de sombra y en aquella boleta con un solo nombre impreso.
El país ha regresado 50 años en el tiempo, con la importante diferencia de que aquella elección en solitario de José López Portillo dio lugar a una apertura del régimen, en 1977, con la reforma política impulsada por Jesús Reyes Heroles.
Hoy vamos en sentido opuesto, el de la cerrazón, viendo la película en reversa, encaminándonos a imitar los tiempos en los que el gobierno no quería –e impedía– cualquier tipo de competencia. No sé si con la captura total del INE la democracia en reversa ya haya tocado fondo. Me temo que apenas comenzaremos a ver las consecuencias.























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