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El reto de pasar de la aprobación a la gobernabilidad


Columna de opinión escrita por María Elena Morera para el diarioEl Universal


Martes 7 de octubre de 2025


María Elena Morera

Claudia Sheinbaum cumple su primer año con la consigna de “vamos bien y vamos a ir mejor”. El discurso oficial presume una caída de homicidios, un giro ordenado en la seguridad y golpes a la corrupción heredada. La realidad es menos lineal. Se intenta rearmar capacidades civiles en el nivel federal sobre un andamiaje que sigue descansando en las Fuerzas Armadas (FFAA) sin el fortalecimiento de las policías locales . Al mismo tiempo, el nuevo Poder Judicial no se percibe eficiente ni independiente. Es decir,  la alta aprobación le da un respiro, pero no despeja esas incógnitas.


Es destacable que se haya trabajado en el reforzamiento de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana  con cuadros técnicos y  se haya regresado a una policía federal enfocada en coordinación e inteligencia, sugiriendo que el centro civil busca recuperar el mando operativo que el sexenio anterior cedió a la lógica militar. Sin embargo, el nuevo traje convive con viejas costuras: las FFAA mantienen bajo su tutela puertos, aeropuertos y aduanas. El resultado es una seguridad híbrida, con un renacer policial mientras se mantiene el perímetro castrense; esa cohabitación solo será eficiente si se invierte en policías, fiscalías y jueces locales.


El gobierno presume menos homicidios. Si el dato es real, falta explicar ¿por qué aumentan las desapariciones  persistiendo un silencio desolador? La extorsión —ese impuesto criminal que erosiona la vida diaria— se cuenta por miles de casos con costos en miedo, cierre de negocios y expulsión de comunidades. De los detenidos no se sabe cuántos enfrentan procesos o cuántos regresaron a la calle. Lo relevante no es cuántos homicidios bajaron o cuántas detenciones hubo, sino qué tan capaz es el Estado de investigar, acusar y sentenciar.


Se anunció una fuerte inversión en la Policía Federal. Pero las policías y fiscalías estatales siguen en condiciones deplorables, como muestra el Índice de Transparencia de Seguridad Pública, de Procuración de Justicia y Penitenciarias (https://acortar.link/3bGeT6). El salto cualitativo llegará cuando el trabajo de seguridad se traduzca en justicia para las víctimas.


En paralelo, la presidenta abrió la caja de Pandora del huachicol fiscal, la mayor estafa al Estado en un siglo. Envió una señal contra la corrupción al investigar a quienes hasta hace poco se asumían intocables. Falta ver que sean procesados, secando la red de macrocriminalidad desde la raíz. 


Sheinbaum cierra el año con alta aprobación, pero la gobernabilidad no se mide en encuestas, sino en la capacidad de procesar conflictos, acotar poderes fácticos y sostener reglas. La Reforma Judicial  fue el cambio institucional más severo en décadas y deja preguntas que no pueden posponerse. ¿Cómo blindar a los jueces de presiones partidistas y del crimen? ¿Cómo evitar que el nuevo diseño repita viejos vicios? Ya se asoman señales incómodas por procesos internos cuestionados y litigios que anticipan conflicto; la legitimidad del nuevo PJ debe derivar del mérito y controles reales, no de las urnas.


La presidenta proyecta liderazgo firme. El examen decisivo está en marcar un sello propio que mejore la vida de la gente. Si el viraje civil en seguridad se queda a medias, si la Reforma Judicial no produce resultados y si el huachicol fiscal no se combate hasta el fondo, este primer año se recordará como anécdota. La oportunidad sigue abierta para usar su legitimidad en reconstruir capacidades del Estado.


El primer año deja claroscuros. Señales de corrección con el mando civil recuperando espacio, pero un poder militar intocado. Coordinación con gobiernos estatales, pero policías y fiscalías sin capacidades. Reforma Judicial en marcha, pero con dudas serias. Gestos contra la corrupción, pero sin garantías de profundidad o eliminación de la impunidad. Popularidad no debe confundirse con Estado de derecho. Si la presidenta quiere trascender, tendrá que apostar por lo difícil, construir instituciones que sobrevivan cuando el aplauso se apague.



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Tres lecturas de un mismo Zócalo


Columna de opinión escrita por Carlos Loret de Mola para el diario El Universal


Martes 7 de octubre de 2025


Carlos Loret de Mola

La presidenta Sheinbaum sigue marcando su distancia con su mentor López Obrador. A Adán Augusto López y Andy López Beltrán, “hermano” e hijo del expresidente, los encerraron en un corral. Les quitaron el lugar de privilegio en la primera fila del Zócalo y los pusieron atrás de unas vallas, en segunda fila. Cuando la presidenta pasó frente a ellos, los saludó de lejos. En cambio, con los gobernadores, que estaban en primera fila, se detuvo uno a uno hasta para la selfie. En el discurso, el mensaje fue duro: “Los conservadores quisieran que olvidáramos cómo se vivía antes: presidentes rodeados de lujos, gobiernos alejados de la gente, fortunas construidas al amparo del poder público. Pero eso se acabó, porque en este México nuevo, la honestidad no es la excepción, es la regla. Y quien traicione al pueblo, quien robe al pueblo, enfrenta la justicia”. No debió sorprenderles. Un día antes, al conmemorar el aniversario de la Marina Armada de México, expresó: “lo contrario a la honestidad es la corrupción, la cual debe verse siempre como lo que es: una traición a todos los valores. La corrupción es deslealtad… la vida de quienes servimos al pueblo y a la patria exige valores profundos, no lujos superfluos. ¿De qué sirve el dinero mal habido si con él se pierde la reputación y el legado?”. El misil a Andy y Adán no podía ser más claro.


La presidenta ya se alineó ante AMLO. En el aniversario de su toma de posesión, con el Zócalo lleno para ella, decidió dedicarle los primeros seis minutos de su discurso a López Obrador. Lo exaltó, lo aduló, lo enalteció casi como héroe patrio y, en quizá el mayor de los arrojos, defendió también sus obras inútiles/carísimas como el AIFA, el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas y hasta Mexicana de Aviación. No hubo en la presidenta un aroma siquiera de deslinde, distanciamiento o diferencia. “Se han empeñado en separarnos, en que rompamos, pero eso no va a ocurrir, porque compartimos valores”, remarcó. El mensaje más importante no fue lo que dijo, sino lo que no dijo: los dos logros más grandes de su gobierno estuvieron ausentes en el discurso. No habló de que su administración desmontó el acto de corrupción más grande de la historia —la red de huachicol fiscal que operó en tiempos de AMLO— ni de que ya desactivó a La Barredora, el cártel que se volvió gobierno (también en tiempos de AMLO). Tampoco habló de Omar García Harfuch. Agradeció por nombre a los secretarios de Marina y Defensa por los éxitos en el combate a la violencia, pero no mencionó a quien —todo mundo sabe— es el estratega de seguridad, tal vez porque —todo mundo sabe— López Obrador detesta a Harfuch (y encima, a él le atribuye impulsar las dos investigaciones que han fracturado el legado obradorista y han puesto a las puertas de resultar indiciados a su “hermano” y a su hijo).


O quizá un punto medio. Que la presidenta esté mandando un mensaje a Palenque de que el pleito no es con él. Que él siempre tendrá un lugar de privilegio. Y que no se tome personal lo demás. Que los suyos que están en la mira se lo tienen bien ganado. Que no manche su prestigio al defenderlos. Y en dado caso, ahora el balón estaría en la cancha de López Obrador.


Pero sobre todo, falta ver los hechos. Porque la saliva no pesa tanto.



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La muerte de la política

Columna de opinión escrita por Antonio Navalón para el diario El Financiero


Martes 7 de octubre de 2025


Antonio Navalón

La campaña presidencial estadounidense de 1960 marcó un hito histórico. No sólo sepultó las viejas formas de hacer política –esas conversaciones al calor de la chimenea que se popularizaron en tiempos del New Deal y durante la campaña de la Gran Depresión con Franklin Delano Roosevelt–, sino que liquidó la centralidad de los programas y promesas políticas. Desde entonces, comenzó el dominio de la imagen y, sobre todo, la dictadura de las encuestas.


Hasta esa contienda entre Richard Nixon y John F. Kennedy, la política se construía en torno a un programa que se proponía y luego cada líder político tenía la libertad de decidir si lo cumplía o no. Pero con la serenidad y juventud de Kennedy, que lo llevaron a triunfar aquel 8 de noviembre de 1960 –ante el emblemático sudor y rigidez de Nixon, que mostró en uno de los debates pero que fue símbolo de su campaña–, se inició una nueva era.


Desde ese momento, la imagen pasó a valer más que cualquier compromiso, y el valor de la promesa política fue sustituido por la obsesión de medir la popularidad de los dirigentes.


A partir de ese momento, la vida política en el mundo quedó inundada por la lógica de las encuestas. Durante décadas, nos hemos vuelto esclavos de ellas, actuando más por percepción que por principios, más por lo que parece que por lo que realmente es.


Hoy nadie recuerda con claridad qué le prometieron ni por qué votó. El político que llegó con un discurso y a base de promesas se siente liberado del compromiso apenas aparece en la siguiente foto que lo reafirma en la escena pública.


Por eso, no me extraña que este 1 de octubre, en el primer aniversario de la presidenta Claudia Sheinbaum, fuera tan abrumadora la igualdad en los medios locales –todos tan afectados por la situación– al proclamar que este primer año de gestión había sido un éxito y que el sexenio sería una apoteosis.


No pretendo ser injusto. Reconozco que un estado de opinión favorable no es lo peor que le puede pasar a la presidenta o al país. Pero una cosa es el discurso de los sondeos y otra la sensación real del país. Si incluso las tecnologías sociológicas tienen dificultades para captar la popularidad y la verdadera aceptación hacia un dirigente, imagínese lo complejo que resulta transmitirla.


Lo más importante es comprender que, en política, ya no importa tanto el qué, sino el cómo se siente la gente. Es como un matrimonio: ¿durará? Mientras ambas partes estén bien o tengan motivos sólidos, seguirán juntas. Hoy por hoy, la boda y relación entre el pueblo de México y su presidenta no sólo parece sólida, sino que incluso transmite la idea de estar en buena esperanza. Naturalmente, el resultado natural de ese embarazo político sería un mejor futuro para el país.


Claro –aunque en este momento no me centraré en ello–, aún hay una lista larga de pendientes y de cosas que simplemente no están funcionando. Pero, mientras no afecten directamente a la mayoría, pareciera que no tienen importancia. Lo esencial es que los ciudadanos sigan recibiendo sus pensiones y puedan llenar los estómagos y poner el pan de cada día en la mesa.


Inevitablemente, llegará el día en el que tendremos que plantear lo que sucederá después. Las preguntas son: ¿después de qué? ¿Después de perder popularidad? ¿Después de perder el horizonte de desarrollo económico? Y es que no podemos dejar de lado que la duración del mandato está fijada y es claro lo que está plasmado en nuestra Carta Magna: seis años, ni uno más.


Los pueblos, por naturaleza, son volátiles y evanescentes. Pero quien conquistó el poder con propuestas y con una maquinaria electoral tiene la obligación de prever el momento del desencanto. Ese instante –ojalá lejano– no podrá enfrentarse con evasivas, sino con responsabilidad y transparencia. En este sentido, lo preocupante es que el termómetro de la moralidad y la rendición de cuentas parecen estar más centrados en Estados Unidos que en México, más que en lo que pasa día a día en nuestro país.


Son ellos quienes, según el vaivén de sus intereses y como método –hasta ahora eficiente– de negociación, destapan escándalos, suben la presión política, cancelan visas y colocan al país bajo sospecha. Y, mientras tanto, la pregunta sigue abierta: ¿dónde están nuestras propias instituciones, los responsables de investigar y hacer cumplir la ley?


Qué distinto sería México y qué bien nos vendría si, además de soportar las acusaciones y presiones externas, tuviéramos un sistema sólido, capaz de detener a los verdaderos responsables y de exigir cuentas a quienes lastiman y perjudican al país.


Quizás en otra historia, quizás en otro país; por ahora, no nos queda más que esperar y confiar en que la popularidad trascienda las encuestas. Esperar que la imagen se vuelva en acción y que los programas, esos interminables documentos de cientos de páginas, se traduzcan en una mejor calidad de vida y un verdadero y eficiente uso del poder.



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