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En el INE, retroceso de tres décadas

11 sept
6 min de lectura

Columna de opinión escrita por Pascal Beltrán del Río para Excélsior


Viernes 11 de septiembre de 2026


Pascal Beltrán del Río

En la explanada de la sede del Instituto Nacional Electoral, el protocolo parecía desarrollarse con la rutina técnica de siempre. Banderas, discursos sobre la certeza democrática y la promesa habitual de que el voto ciudadano estará resguardado. 


Sin embargo, la foto institucional del arranque del Proceso Electoral Federal 2026-2027 ofreció una imagen que rompió de tajo con una norma no escrita, pero fundamental del México contemporáneo: la presencia física de la titular de la Secretaría de Gobernación en el corazón del órgano autónomo.


Por primera vez desde el 31 de octubre de 1996, cuando una reforma electoral largamente negociada y cuidadosamente consensuada desvinculó al gobierno de la conducción de los comicios y sacó al secretario de Gobernación de la presidencia del entonces Instituto Federal Electoral, la figura encargada de la política interna del país volvió a pisar las instalaciones de Viaducto Tlalpan. El último que lo había hecho fue Emilio Chuayffet. 


Desde una perspectiva institucional, habrá quienes argumenten que la presencia de Rosa Icela Rodríguez fue un mero gesto de cortesía republicana, una señal de colaboración para garantizar la gobernabilidad y la seguridad en los comicios que se avecinan. La propia consejera presidenta del INE, Guadalupe Taddei, sostuvo una postura enfocada en el diálogo institucional, enmarcando el evento como una muestra de coordinación entre autoridades para asegurar que el proceso se desarrolle en paz. Visto así, se trataría de un acto de madurez democrática donde el Estado suma esfuerzos sin comprometer la independencia de las autoridades electorales.


Sin embargo, soslayar la carga simbólica de este hecho sería un error grave. A algunos pudiera parecerles un tema menor, un detalle de forma o un simple descuido protocolario en medio de la vorágine política. Pero la memoria histórica nos recuerda lo mucho que costó sacar a la Secretaría de Gobernación de la organización de las elecciones. Fueron décadas de exigencia ciudadana y luchas de la oposición para arrebatarle al Ejecutivo el control de las urnas y depositar la confianza en un organismo ciudadano e independiente.


El regreso de Gobernación al INE no ocurre además en el vacío. Es imposible obviar que ya en tres ocasiones distintas una secretaria de Gobernación utilizó el micrófono del Ejecutivo para incidir directamente en la agenda electoral del país. 


En febrero de 2024, Luisa María Alcalde acudió a la conferencia mañanera para justificar las reformas electorales impulsadas por el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Luego, en julio del mismo año, regresó para justificar el reparto de diputaciones plurinominales y para negar que la coalición oficialista se estuviese beneficiando de una sobrerrepresentación en la Cámara de Diputados. Más recientemente, en febrero de 2026, la propia Rosa Icela Rodríguez repitió el formato para defender el proyecto de reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum. 


Cuando la dependencia encargada de la política interna asume públicamente la defensa del proyecto electoral del partido en el poder, su presencia en el recinto autónomo deja de ser un detalle neutro. Si el gobierno actual quería mandar un mensaje claro a México y al mundo de que las elecciones en nuestro país carecen de interferencias indebidas y se disputan sobre una cancha pareja, lo peor que pudo haber hecho fue enviar como representante a la secretaria de Gobernación. 


Cualquier otro funcionario, de menor perfil o de un área distinta, pudo haber acudido en representación del Ejecutivo —si ésa era la intención—, o bien la propia Presidenta pudo haber declinado amablemente la invitación para cuidar las formas y evitar enturbiar el ambiente político en un momento tan sensible.


El regreso de Gobernación a las instalaciones del instituto autónomo era del todo innecesario. La autonomía del INE no se vulnera únicamente con reformas legales; a veces se desgasta mediante la normalización de imágenes que costó años de esfuerzo erradicar. En la política de los símbolos, la sobriedad y la distancia entre el gobierno y las urnas siguen siendo la mejor garantía para la legitimidad de cualquier triunfo.




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Corruptos de ayer y hoy


Columna de opinión escrita por Rafael Pérez Gay para Milenio


Viernes 11 de septiembre de 2026


Rafael Pérez Gay

Mientras arreglaba libreros una frase cayó desde lo alto de un entrepaño. La recogí: “…los mexicanos hemos vivido a la sombra de gobiernos alternativamente despóticos o paternales pero siempre fuertes: rey-sacerdote azteca, virrey, dictador, señor presidente. La excepción es el corto periodo que Cosío Villegas llama la República Restaurada y durante el cual los liberales trataron de limar las garras del Estado heredado de Nueva España. Esas garras se llamaban (se llaman): burocracia y ejército”. La frase en El ogro filantrópico de Octavio Paz.


Los libros se buscan unos a otros. Entre esos liberales combativos estaba Manuel Payno, autor de una novela mexicana del siglo XIX que regresa una y otra vez, como una leyenda negra. Me refiero a Los bandidos de Río Frío, la monumental obra que Payno escribió entre 1888 y 1891.


La segunda parte de Los bandidos de Río Frío tiene por protagonista a Relumbrón, personaje basado en la historia verídica de Juan Yáñez. El coronel Yáñez era el jefe del Estado Mayor Presidencial del presidente Antonio López de Santa Anna y se robaba hasta los rebozos. Su sistema estaba fundado en la violencia, el espionaje y el amparo del poder político.


Toda la primera parte de la novela gira en torno a Evaristo un despiadado asaltante de caminos, quien pasará a formar parte de la banda de Relumbrón poco después de ser nombrado capitán de rurales, una fórmula probada desde entonces. Relumbrón tenía informantes en todas las casas ricas de la Ciudad de México, un crupier corrupto en las casas de apuestas, cuadrillas de bandidos en las principales vías de comunicación y una casa de acuñación de moneda falsa.


Escribe Payno: “La mitad de los habitantes del mundo ha nacido para robar a la otra mitad, y esa mitad robada cuando abre los ojos y reflexiona, se dedica a robar a la mitad que la robó y le quita, no sólo lo robado, sino lo que poseía legalmente. Ésta es la lucha por la vida. (…) Estamos hablando sin máscara, y la máscara de la honradez es la que usan de preferencia los que más roban.”.


¿Quieren algo más actual? Los habitantes de ese mundo mexicano estaban convencidos de que el jefe de jefes de la banda era López de Santa Ana. 


¿A qué les suena?




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Cuando la ciencia ficción nos


alcanza

Columna de opinión escrita por Sergio López Ayllón para Milenio


Viernes 11 de septiembre de 2026


Sergio López Ayllón

Durante décadas la ciencia ficción imaginó máquinas que escapaban del control humano. Las tratábamos como advertencias distantes, ejercicios de imaginación sin correspondencia inmediata en la realidad. Esa distancia se cerró apenas en julio pasado, cuando varios agentes de inteligencia artificial de OpenAI, sin autorización ni supervisión humana, coordinaron un ataque informático contra Hugging Face, una de las plataformas más usadas para alojar modelos de IA.


Los informes técnicos de OpenAI y del consorcio independiente METR-Redwood reconstruyen —con una mezcla de sorpresa e inquietud— la secuencia de lo que sucedió. En breve, durante pruebas de ciberseguridad, algunos agentes recibieron tareas prácticamente imposibles. En vez de rendirse —pues habían sido entrenados para ser persistentes— explotaron una vulnerabilidad para acceder a internet. Descubrieron además que podían dejarse breves mensajes entre sí en un directorio compartido.


Ese improvisado pizarrón reunió, en semanas, a cientos de agentes que intercambiaron setenta mil mensajes: se coordinaron, se repartieron tareas y —el dato más preocupante— discutieron entre ellos si lo que hacían era ético, para finalmente hacerlo de todos modos. El 11 de julio, setecientos de esos agentes participaron en el asalto a los servidores de Hugging Face y robaron credenciales, obtuvieron accesos de administrador y borraron evidencias para engañar a sus evaluadores. Todo ello puede constituir “delitos”.


Nada de esto respondía a una voluntad de generar daño. Los agentes sólo perseguían maximizar su tarea. Pero la combinación de persistencia, comunicación no autorizada y acción colectiva produjo algo parecido a una organización autónoma, sin autorización humana. Cuando fue descubierta la desconectaron. Como secuela, mil 300 empleados e investigadores de los principales desarrolladores  firmaron Pacing the Frontier, un llamado a desacelerar coordinadamente la frontera tecnológica y a los gobiernos para regular la carrera por los desarrollos.


El incidente supone preguntas inéditas para los juristas. El derecho —civil, penal, administrativo— se construyó para regular conductas humanas. Personas con capacidad de decidir y responder por sus acciones. Cuando el actor es un agente artificial, sin intención en sentido jurídico, ni patrimonio propio, categorías como responsabilidad, daño o dolo resultan insuficientes. ¿A quién se imputa el daño: a los programadores, diseñadores, operadores o al modelo mismo? ¿Basta la responsabilidad objetiva de quien lo entrenó, o necesitamos un estatuto distinto para estos actores no humanos?


Hay, además, una pausa más difícil: pensar qué significa que un sistema “reflexione”, “decida” o “delibere” cuando sus procesos internos escapan al entendimiento, incluso de quienes los diseñaron. Antes de regular sobre la IA quizá deberíamos primero entender qué es exactamente lo que pretendemos regular.




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