En un mundial con poco ánimo, los jugadores pueden levantarlo
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Columna de opinión escrita por Enrique de la Madrid para el diario El Universal el domingo 7 de junio
Miércoles 10 de junio de 2026
Enrique de la Madrid
El Mundial llegó a México antes que el ánimo. Esa es la gran paradoja: seremos sede por tercera vez, un privilegio que ningún país puede presumir, pero la fiesta todavía se siente apagada, con poco color en la calle, obras pendientes y boletos que cuestan oro. Aun así, el fútbol tiene una magia: si la Selección Mexicana aprovecha su casa y hace un papel histórico, esta Copa puede pasar de sentirse ausente a convertirse en una sacudida de orgullo nacional.
De esto platiqué con Fernando Schwartz en el podcast En Blanco y Negro, cuya conversación completa puedes ver en https://youtu.be/ItAz7sjOdig?si=rRSo5TDNLN77C6FE. Fernando coincide que, a pesar de tanta pasión e historia futbolera en México, el ambiente se siente bajo aún con un Mundial en puerta. Faltan pendones, falta color y mejores servicios como la conectividad. En otras palabras: tenemos Mundial, pero todavía no tenemos entusiasmo mundialero.
Por otra parte están los boletos, o mejor dicho, la poca accesibilidad a ellos. FIFA puso precios en dólares, como si la economía mexicana fuera igual que la de Estados Unidos lo que ha limitado considerablemente la adquisición de boletos para la afición. Inclusive algunas empresas turísticas expresan que tal vez no se vaya a atraer tanto turista como se pensaba, lo cual será una lástima, pues se tratará de una oportunidad poco aprovechada.
Finalmente, el Mundial también traerá riesgos. Habrá protestas, porque los grandes eventos atraen cámaras extranjeras y quien quiere ser escuchado sabe que se debe gritar cuando el mundo está mirando.
Ante todo esto, queda una oportunidad, México tiene una ventaja deportiva como pocas veces: sede, calendario favorable, público en casa y una ruta que, si se acomoda, puede llevar al Tri a jugar arropado incluso en ciudades como Houston o Los Ángeles. Fernando lo dijo casi como sentencia: si no es en esta, no va a ser nunca. No significa prometer campeonato, porque vender humo también contamina; significa que pocas veces habrá tantas buenas condiciones que nos permitan lograr el triunfo deseado.
Desde el mundial de 1986, la selección mexicana no llega a cuartos de final; en el último mundial hasta la eliminaron en fase de grupos, situación que no se había observado desde 1978. Sin embargo, esta ocasión puede ser distinta.
En este Mundial las condiciones son muy favorables para la selección, existiendo la posibilidad de que, al menos en lo deportivo, saquemos provecho de ser sede del mundial. Desafortunadamente no se puede decir lo mismo en los aspectos económico y de espectáculo ya que en ello nos hemos quedado atrás; situación que es ciertamente lamentable, puesto que el algún tiempo fue todo lo contrario: México hacía excelentes mundiales; verdaderamente se trataba de una fiesta que enamoraba al mundo.
Por ejemplo, Fernando me contó acerca de lo visionario de un grupo de mexicanos que supieron atraer la atención de la FIFA con un equipo polémico, un estadio monumental, una televisora y el amor de la afición por el balón. Sin embargo, fueron más allá, no sólo atrajeron la atención sino que lograron hacer que México fuera importante para la FIFA.
Según explicó Fernando, el Mundial de 1970 fue el primero con Adidas y Coca-Cola como patrocinadores. Es decir, México no sólo recibió una Copa: ayudó a inventar el Mundial moderno.
En 1986 pasó algo parecido. Fernando cuenta que fue el primer Mundial totalmente patrocinado con alianzas, una especie de ensayo general del gran negocio global del fútbol. Para conseguirlo, Guillermo Cañedo, Justino Compeán y Rafael del Castillo recorrieron 38 países buscando votos. Incluso existe la anécdota de que Del Castillo aprovechó una manifestación para complicarle la entrada a Henry Kissinger, quien abogaba por Estados Unidos. No fue gambeta; fue colmillo, el colmillo mexicano que nos trajo un mundial.
México ha sido reconocido porque sabía hacer muy buenos eventos, por ejemplo a los habitantes de la Ciudad de México se les otorgó La Copa Olímpica por las olimpiadas de 1968 y por 5 años consecutivos, de 2015 a 2019, México obtuvo el premio al mejor evento del año de la Fórmula 1. Esta vez parece que no será así, no obstante, aún queda lo deportivo para sacar provecho de este evento.
México necesita una pausa, una alegría compartida, una tregua mundialista. Que por unos días no todo sea violencia y grilla; que podamos volver a mirarnos en una pantalla gigante, en una mesa familiar o jugando como niños con porterías hechas con sólo un par de piedras. El Mundial llegó antes que el ánimo, sí, pero si la Selección responde y el país se apropia de la fiesta, esta Copa puede recordarnos algo que hace falta: México todavía sabe triunfar.
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Voto duro en el futbol
Columna de opinión escrita por Luis Carlos Ugalde para el diario Reforma
Miércoles 10 de junio de 2026
Luis Carlos Ugalde
Cuando era niño, el futbol era una liturgia de la esperanza. Recuerdo pasar fines de semana enteros pegado a la pantalla de televisión, ir a los estadios de la mano de mi madre y, en los momentos más críticos, hincarme a rezar con el corazón en un hilo para que mi equipo ganara. Seguía a la Selección Nacional en cada Mundial con una fe ciega y una lealtad absoluta que invariablemente terminaban en sufrimiento agónico. Recuerdo el tremendo fracaso de Argentina 1978, cuando el equipo regresó con tres derrotas al hilo y una goliza de seis goles que nos propinó Alemania; también la dolorosa descalificación previa para España 1982 y, después, la efímera fiesta de la esperanza en México 1986.
Sufría con cada expectativa rota hasta que un día, para prevenir depresiones futuras y proteger mi salud emocional, decidí tirar mi afición a la basura. De ser fanático, me volví un poco antifutbolero; quizá más antiafición que antideporte. Fue un mecanismo de defensa ante un espectáculo que detona ilusiones colectivas, pero casi siempre las traiciona en México. Como el cónyuge engañado que perdona una infidelidad bajo la promesa de que "esta vez sí será diferente", la afición mexicana vuelve a entregar su confianza solo para recibir, de manera recurrente, el mismo desaire.
Quizá la Selección Nacional traiciona porque goza de una ventaja comercial peligrosa: puede decepcionar sin quebrar; puede perder en la cancha sin perder mercado. El equipo fracasa deportivamente, pero triunfa comercialmente. Opera bajo la lógica de un matrimonio por conveniencia: sabe que, juegue como juegue, su pareja siempre lo esperará en casa con la mesa puesta. No hay incentivos para cambiar porque el abandono no es una opción real. Mientras el negocio del futbol sobreviva al fracaso, el fracaso seguirá siendo parte del negocio.
La analogía con nuestra vida pública resulta inevitable. Muchos directivos y dueños del futbol mexicano operan como si fueran partidos políticos: no necesitan dar buenos resultados para mantener sus prerrogativas, sus ingresos y sus posiciones de poder. Al igual que los partidos que reciclan promesas en cada campaña, sabiendo que la falta de opciones o la inercia los mantendrán vivos, los directivos del futbol venden una ilusión cada cuatro años, nos piden un voto de confianza en las taquillas y, tras el "no se pudo", cambian al director técnico como quien remueve a un secretario de Estado para que actúe como fusible.
Cuando no se pagan las consecuencias, no existen incentivos para mejorar. Esto nos lleva a una pregunta central: ¿quién es el verdadero dueño de la Selección Nacional? ¿A quién le rinde cuentas? La Federación que la administra responde ante un comité de dueños y corporaciones cuyos intereses financieros de corto plazo terminan por subordinar el desarrollo deportivo de largo plazo. La afición mexicana carece de mecanismos reales para auditar o castigar el desempeño de su equipo.
Al igual que los electores complacientes que siguen votando por las mismas siglas que los han defraudado, los seguidores del futbol mexicano se comportan como el "voto duro" de la política. Llenan los estadios y agotan las camisetas oficiales, garantizando así la rentabilidad de un deporte mediocre. Exigen cuentas con un enojo efímero en las redes sociales, pero premian con dinero y asistencia antes del siguiente torneo.
En esta ocasión, la afición luce más escéptica que antes. Según datos de Consulta Mitofsky, apenas 13.2% cree que México hará un buen papel, mientras que 56.9% espera un desempeño meramente "regular" y 28.6% anticipa uno "malo".
Ese escepticismo frente a la Selección Nacional debería servir para sacudir el pasmo de la afición mexicana y convertirla en un catalizador del cambio. Porque un país que ha organizado tres Mundiales no debería conformarse con ser escenario de la gloria ajena. Porque el Azteca no puede ser solo museo de Pelé y Maradona. Porque una afición que llena estadios merece algo más que promesas recicladas.
La afición futbolera, igual que los votantes, necesita exigir más. Menos negocio garantizado y más rendición de cuentas. El futbol mexicano no está condenado a la mediocridad. Está instalado en ella porque le resulta rentable.
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Cuando el Mundial te juega en
contra
Columna de opinión escrita por Carlos Loret de Mola para el diario El Universal
Miércoles 10 de junio de 2026
Carlos Loret de Mola
Recuerdo cuando viajé a Río de Janeiro para cubrir el Mundial de futbol en 2014. Estaba ilusionado por conocer Brasil. En ese momento, se presentaba ante el mundo como el “milagro latinoamericano” del que tanto se hablaba en la prensa internacional. El ejemplo de cómo el gigante de la región había saltado a la modernidad, a convertirse en una nación cosmopolita bajo el mando del carismático izquierdista Lula Da Silva y la mujer a la que él había impulsado para sucederlo, Dilma Rousseff, la primera mujer presidenta en Brasil, que no era carismática, pero se presentaba como la eficiente administradora del éxito de su icónico antecesor.
Era un fiasco. Me llevé una sorpresa desagradable y por lo que conversé con cientos de periodistas y visitantes durante esas semanas, ellos también se la llevaron:
Días antes del Mundial las marchas contra el gobierno ocuparon los titulares. Los maestros aprovecharon la coyuntura para pedir dinero. Hubo huelgas de trabajadores del Metro y de los autobuses. Y la población en general, marcadamente estudiantes, salieron a la calle a protestar por la deuda en la que había incurrido el país para financiar la Copa.
Pero lo peor fue la infraestructura. Los estadios se retrasaron tanto que con las prisas murieron albañiles, despertando una gran indignación pública. Varios se inauguraron con pintura fresca, inacabados. También los aeropuertos. Hubo uno que empezó a operar horas antes del primer partido en esa sede. Llovió y las vías de acceso se inundaron. Aparecieron en la terminal bichos de dimensiones amazónicas. En varias terminales el abordaje se hacía caminando sobre las pistas y siguiendo las instrucciones de un trabajador que te preguntaba a dónde ibas y a partir de esa información te decía a qué avión subirte. Como central camionera, pero sin margen de error: una distracción y podías terminar a tres mil kilómetros de tu destino. Las vialidades también colapsaron. Moverse de un punto a otro de Río de Janeiro podía demorar tres horas.
Lula y Dilma se habían presentado al mundo como los izquierdistas transformadores. Los modernizadores con justicia social. Era un cuento. Un invento. Ese castillo de humo se desvaneció en ese verano del 2014. Después de ese Mundial, a Brasil se le vio como un país dividido y con grandes problemas. Dilma pasó de ser una líder internacional respetada, a aparecer como desconectada de su propia población. Los paralelismos con México 2026 los puede establecer con facilidad quien lea esta columna.
Ser anfitrión de una Copa del Mundo puede volverse un arma de doble filo. Hoy México tiene fama de ser un destino turístico envidiable. La Ciudad de México está de moda en el mundo. Y encima, la presidenta Sheinbaum goza de una buena imagen internacional por ser la primera mujer presidenta de un país icónicamente machista y por hacerse la fama de haber sabido domar a Trump (las actualizaciones tardan en permear en la opinión pública internacional, debo apuntar). Todo eso está en juego.
A ver cuál es el saldo de Sheinbaum en el Mundial. Por lo pronto, para la inauguración tuvo miedo. No va a ir al estadio. No quiso exponerse. A Dilma la abuchearon tanto en la inauguración como en la final. Se ve que tomó nota.























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