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Entre la patria y el Estado criminal


Columna de opinión escrita por María Elena Morera para el diario El Universal


Lunes 8 de junio de 2026

María Elena Morera

El problema no es que México defienda su soberanía. El problema es que el gobierno la use como coartada para no enfrentar lo que tiene enfrente: una crisis de seguridad nacional. Cuando el crimen organizado penetra instituciones, captura territorios, financia campañas, corrompe autoridades, controla economías locales y condiciona decisiones públicas, deja de ser un asunto policiaco y se convierte en una amenaza contra el Estado. Eso es lo que hoy enfrenta México; no una suma de delitos aislados, sino redes criminales incrustadas en estructuras políticas, económicas y gubernamentales.


La estrategia de seguridad nacional sirve para anticipar, contener y neutralizar riesgos que ponen en peligro el territorio, las instituciones, la economía y la vida de las personas. Sin embargo, en México esa mirada se perdió. El gobierno redujo la seguridad nacional a seguridad pública y la seguridad pública a presencia militar, detenciones selectivas y propaganda. Mientras tanto, las redes criminales siguieron creciendo dentro del propio Estado.


Por eso resulta tan grave que Claudia Sheinbaum responda a los señalamientos de Estados Unidos como si el principal riesgo fuera la injerencia extranjera. Por supuesto que México debe exigir respeto, reglas claras y reciprocidad, la cooperación no puede ser subordinación. No obstante, cuando los señalamientos apuntan a gobernadores, funcionarios, mandos de seguridad, militares o aliados del poder, la pregunta no debería ser por qué Estados Unidos investiga, sino por qué México no investigó antes.


Ahí está el vacío de seguridad nacional. Un Estado serio no se indigna más por la presión externa que por la penetración criminal de sus instituciones; no convierte posibles investigaciones en agravios patrióticos; no confunde defensa de la soberanía con defensa de sus aliados políticos. Un verdadero Estado investiga, depura, procesa y coopera bajo reglas propias.


La reaparición de López Obrador confirma el problema. Su carta parece dirigida a Trump, pero también a Palacio Nacional y a Morena. Atribuye todos los males a las malas influencias que rodean al presidente estadounidense y deja entrever que con él la relación era distinta. En el fondo, el mensaje es otro: conmigo esto no pasaba.


Aunque sí pasaba. Pasó cuando se debilitó la inteligencia civil; cuando se militarizó la seguridad sin controles democráticos suficientes; cuando se decidió mirar al crimen organizado como un problema menor y no como una amenaza sistémica. Sucedió cuando se protegieron gobernadores, funcionarios y operadores políticos señalados una y otra vez por sus vínculos con redes criminales.


Hoy Sheinbaum y López Obrador no están defendiendo al Estado mexicano; están defendiendo a su grupo político. Cuando ese grupo incluye personajes señalados por corrupción, protección criminal o vínculos con organizaciones delictivas, la frontera entre lealtad política y complicidad criminal se vuelve cada vez más difícil de distinguir.


Ese es el fondo del problema. La seguridad nacional no consiste en proteger a los propios, lo que debe priorizar es proteger la permanencia del Estado frente a amenazas que buscan capturarlo. Hoy esas amenazas no vienen solamente de fuera, vienen de redes criminales que operan desde dentro, con apoyo, silencio o tolerancia de autoridades.


México no será más soberano por gritar más fuerte contra Estados Unidos, sino cuando pueda controlar su territorio, investigar a sus criminales, romper pactos políticos con el crimen, defender a sus ciudadanos y sentarse frente a Washington desde la fuerza de un Estado que funciona.


El dilema no es patria o subordinación; el verdadero dilema es si se va proteger al Estado o al Estado criminal.




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Lecciones juaristas

Columna de opinión escrita por Macario Schettino para el diario El Financiero


Lunes 8 de junio de 2026


Macario Schettino

Benito Juárez, principal habitante del Panteón Heroico Mexicano, se hizo cargo de la Presidencia de la República como resultado de la rebelión de los conservadores frente a la nueva Constitución y a la renuncia de Ignacio Comonfort. Tuvo que hacerlo fuera de la Ciudad de México, en Guanajuato, perseguido por los rebelados. Huyó a Guadalajara; de ahí, a Manzanillo, en donde se embarcó para ir a Panamá, La Habana, Nueva Orleans y, finalmente, instalarse en Veracruz, el 4 de mayo de 1858. Ahí gobernará durante la mayor parte de la Guerra de Reforma.


El país está en guerra, pero más allá de Veracruz, los conservadores tienen una posición ventajosa, encabezados por quien tal vez sea el mejor militar de nuestra historia, Miguel Miramón. Este, para terminar con la guerra, sitia Veracruz a fines de ese año, pero no logra tomar la ciudad y abandona el sitio en marzo de 1859. El 6 de abril de ese año, el gobierno estadounidense reconoce a Juárez como presidente de México, y ambos gobiernos inician negociaciones para un acuerdo comercial y de tránsito, que ha pasado a la historia como el Tratado McLane-Ocampo, firmado por Benito Juárez en diciembre de 1859.


Miramón organiza un nuevo ataque a Veracruz, pero ahora no quiere fallar y, para ello, busca contar con barcos que cierren el sitio al puerto. Envía a Tomás Marín a La Habana, quien adquiere tres naves, y en los primeros días de marzo de 1860, Miramón rodea a Veracruz por tierra, mientras Marín se acerca por mar. Para su desgracia, la fragata Saratoga, de la armada estadounidense, detiene los barcos de Marín, a quien acusan de piratería y detienen y envían a Nueva Orleans (en donde, años después, sería declarado inocente).


Usted conoce el resto de la historia. El tratado McLane-Ocampo no fue ratificado por el Senado estadounidense, debido a la preocupación de los estados del norte de ese país de que eso fortalecería a los sureños, frente a los que iniciaría la Guerra de Secesión pocos meses después. Los conservadores en México no pudieron mantener sus posiciones, y en diciembre de 1860, Jesús González Ortega destruyó a Miramón en Calpulalpan, terminando con la Guerra de Reforma. Dos años después, vendría un último intento conservador, ahora con apoyo de Napoleón III, quien quería aprovechar que Estados Unidos estaba en guerra civil para instalarse en México. En 1865, cuando termina la Guerra de Secesión, Estados Unidos vuelve a apoyar a Juárez y, frente a la amenaza de Prusia, Napoleón III recoge sus ejércitos y los regresa a Francia, dejando abandonado a Maximiliano, quien fue fusilado hace casi exactamente 159 años.


La Intervención Francesa, o II Imperio Mexicano, fue un juego de poder entre Estados Unidos y Francia, en nuestro territorio, aprovechando nuestras divisiones. La Guerra de Reforma, poco antes, se decidió en buena medida por la intervención del vecino a favor de una de las facciones.


Como cualquier ser humano, Juárez tenía muchos defectos y algunas virtudes. Tenaz, o necio, dependiendo de la perspectiva, no quiso nunca abandonar el poder, incumpliendo acuerdos con González Ortega e ignorando a Porfirio Díaz. Murió siendo presidente.


Lo que permitió a Juárez mantenerse en el poder y, a la postre, derrotar a sus enemigos fue su capacidad de entender cuál era la amenaza más importante. Para hacerle frente, no dudó en negociar y recibir apoyo del país que apenas una década antes había despojado a México de la mitad del territorio. En 1860, Estados Unidos no era un villano de cartón, un masiosare cualquiera. Para Juárez, sin embargo, ese vecino abusivo era preferible a pactar con los conservadores o, peor, ser derrotado por ellos. No sé si pueda servir de ejemplo.




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El Mundial imaginario y el de verdad

Columna de opinión escrita por Carlos Puig para el diario Milenio


Lunes 8 de junio de 2026


Carlos Puig

Ya llegamos. El jueves arranca la fiesta que cada cuatro años centra la mirada en los veintidós deportistas que, representando a sus países en ciento cuatro partidos disputan la Copa Mundial de Futbol.


Más allá de los excesos, corruptelas, ambiciones y triquiñuelas de la institución que manda sobre el futbol del mundo y es dueña del evento; no hay mes que atraiga más miradas, más pasiones, más alegrías y más decepciones para quienes amamos este deporte más allá de cualquier cosa.


Como cada cuatro años y ahora más por los tiempos en que vivimos, llegamos especulando que “no se siente ambiente mundialista”, pero creo, como en cada Mundial, que el ambiente solo se puede sentir cuando empieza la disputa en la cancha. Cuando veamos a los jugadores arrancar desde el centro del terreno los noventa minutos que definen cada partido.


Es cierto, hay cosas raras en este Mundial. En tres países, con distancias de miles y miles de kilómetros entre una y otra ciudad sede, en medio de una situación política y económica global que trae al mundo más que preocupado y con el hombre que en buena medida ha provocado todo esto presidiendo el país donde se realizarán más juegos y los más importantes. Todo esto enrarece el ambiente, cierto.


Pero el futbol es el futbol. Quienes desde hace muchas décadas somos fanáticos lo sabemos.


Hace 56 años que mi padre me llevó al Azteca a ver un partido del Mundial. A partir del jueves otros muchos, miles de padres llevarán a sus hijos a algún lugar —no sé si a un estadio porque se volvieron locos con los precios los organizadores—; pero a alguna fiesta en alguna casa o un restaurante o un lugar público a disfrutar del espectáculo que cada cuatro años nos marca.


Como cada cuatro años, hemos imaginado muchas cosas en las semanas recientes. Muchas que no tienen nada que ver con el futbol sino con la política y las ambiciones de los políticos alrededor del evento.


Pero como cada cuatro años, desde el jueves solo importará lo que pase en la cancha. Ese es el verdadero Mundial.


Uno, además, que está lleno de estrellas, con varios países capaces de llegar hasta las últimas rondas de eliminación que nos tendrán pegados a las televisiones y que llenarán nuestras conversaciones con amigos, familiares y desconocidos.


Tengo esperanza en que la magia del futbol logrará eso. Unas semanas de salirnos de la locura que vivimos y dedicarnos al futbol. No está mal. Eso imagino. Espero se haga realidad.


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