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hace 7 horas
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Columna de opinión escrita por Javier Solórzano Zinser para La Razón de México


Viernes 25 de septiembre de 2026


Javier Solórzano Zinser

El nuevo régimen que ha construido, como sea, la llamada 4T ha logrado cohesiones internas.


Se ha aplicado el no le cambien ni una coma. No importan las voces diferentes y más si éstas proceden de la oposición. En el oficialismo los que piensan de otra manera acaban siendo sometidos por la máxima de Palacio Nacional.


Se argumenta que lo que se aprueba viene de procesos en que se recogió la voz del “pueblo”, lo cual no es necesariamente cierto. Las cosas en el país han evolucionado y mucho de lo que se ofreció desde López Obrador ha sufrido cambios significativos que los gobiernos no han entendido del todo.


Se apela el “pueblo”, pero decide la élite del partido y del gobierno. En las campañas se llevaron a cabo consultas muy a la manera de López Obrador, y por ende de Morena, en las que, en algunos casos, la manipulación terminó por ser la definición de algunas de las propuestas.


No se soslaya que opiniones y sentires de una buena cantidad de ciudadanos hayan sido escuchados. Sin embargo, ésta fue reinterpretada junto con lo que como proyecto de gobierno tenía López Obrador.


El cambio de régimen terminó por ser a imagen y semejanza de López Obrador. La forma en que a lo largo de estos años se han tomado decisiones en el Congreso tiene que ver con lo que el expresidente planteaba y dejó como herencia.


Al interior del gobierno y del partido las voces disidentes son sometidas, o, en algunos casos, terminan por forzarlas para hacerlas a un lado; a López Obrador no le gustaba que le renunciaran.


En lugar de hacer un alto en el camino para atender esas voces que podrían darles giros favorables a los proyectos estratégicos y de gobierno, terminan sin ser consideradas. López Obrador dirigió el país bajo una única perspectiva y quizá la de algunos afines que no se atrevían a disentir.


Se llevó a cabo un proceso que desarrolló al máximo la crítica y la presión a quienes pensaban, piensan, diferente, ya sea políticamente o a través de organizaciones sociales y del periodismo.


que está porvenir, el gobierno y su partido deben de considerar que es necesario encontrar contrapesos. Es claro que no les gustan los que vienen de fuera, pero se tienen que alentar en lo interno las voces que puedan construir las nuevas etapas del régimen y sobre todo la infinidad de retos de temas de primer orden, como es la Inteligencia Artificial.


En esta materia estamos muy lejos en todos los sentidos. Lo que viene va a ser avasallante. Va a requerir de miradas internas que no bastan con regulaciones o nuevas legislaciones. La IA no tiene camino de regreso, va en el voy derecho y no me quito.


Las empresas que están detrás de ella saben que frenarse significa que las de junto no lo hagan. No hay palabra de honor. Es tal la búsqueda del poder y el dinero que lo único que podría más menos frenar el camino imparable son los gobiernos.


La 4T debe asumir en sus interminables afanes, algunos desbocados, la IA tiene que escuchar a quienes en el país vienen desde hace tiempo desarrollando estrategias para al menos ir entendiendo el fenómeno.


Si no se construye una propuesta de regulación y acción con la voz de los expertos no sólo en el tema, sino también en educación, antropología, sociología, filosofía, psicología, a pesar de que no sean militantes de la causa, el desenlace podría ser fatal e irreversible. La IA va a cambiar de manera significativa nuestras vidas.


Al gobierno no le gustan los contrapesos. Ya se vio en lo que han llamado la construcción del nuevo régimen. Lo que viene tiene que ver con una construcción literalmente de una nueva vida, y para eso los contrapesos se convierten en la mejor solución ante lo que ya empieza a ser inevitable.



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La pax narca y el nuevo orden


mundial


Columna de opinión escrita por Marcela Gómez Zalce para El Universal


Viernes 25 de septiembre de 2026

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Marcela Gómez Zalce

Extraordinariamente conveniente resulta descubrir ahora que el caos y la violencia en Sinaloa son culpa de la “injerencia extranjera”. Siguiendo esa lógica, antes de que los estadounidenses presuntamente metieran las manos todo funcionaba sin mayores sobresaltos; menos homicidios, relativa calma y una envidiable pax narca que permitía al cártel del “Mayo” Zambada y sus socios políticos administrar sus negocios sin estorbar demasiado la narrativa oficial.


Esta coartada que pareciera útil al gobierno de Sheinbaum para explicar varias cuestiones evidentes como la implosión de Morena y su crisis reputacional con la imparable ola de escándalos, choca con la incómoda realidad.


La pirueta presidencial discursiva es extraordinaria. El problema no es el empoderamiento gracias a los abrazos al crimen organizado durante el sexenio anterior, donde el delincuente Zambada y sus narco-socios morenos se regodearon en un océano de impunidad.


Para la desgracia del régimen la cortina de humo de la “injerencia extranjera” duró poco, además de exhibir la supina ignorancia en una coyuntura particularmente desfavorable para el gobierno mexicano.


Apenas se había desplegado para trasladar hacia Washington la responsabilidad —hágame el favor— por haber roto aquella pax narca, cuando desde la tribuna de la ONU llegó el severo revés (geo)político.


El presidente Trump puso el problema en términos brutalmente distintos al expresar que “México es el epicentro de la violencia de los cárteles” y que debe recuperar el control de su territorio. Un golpe directo a la narrativa de fortaleza proyectada desde Palacio Nacional.


Por eso la acusación del magnate desde la ONU es tan incómoda. El presidente estadounidense no demostró que México está gobernado por los cárteles, sino que atestó un golpe político particularmente grave. Coloca en la mesa justamente la pregunta que la narrativa de la “injerencia extranjera” intenta esquivar.


Si durante la pax narca era indispensable conservar intacto el equilibrio entre el crimen organizado y la red de narcopolíticos para mantener a raya Sinaloa, ¿qué es exactamente lo que se estaba preservando, la cacareada soberanía del Estado mexicano o la estabilidad del poder criminal?


Y como si al relato le faltara sincronía, irrumpe en el caótico escenario la FGR y su megadecomiso de huachicol fiscal donde el sengrudo se hace bolas y lo que debía ser un operativo para presumir músculo institucional, con el paso de las horas se volvió un ejercicio de auto-confusión. Cada aclaración necesitó una aclaración y cada respuesta abría nuevas preguntas. El engrudo ya no pega, se apelmaza.


La mejor definición del momentum que se vive es un gobierno atrapado en una cadena de escándalos de corrupción e ineficacia que ya ni siquiera intentan resolver. No hay tiempo para cerrar una crisis antes de inaugurar la siguiente en medio del torbellino político electoral rumbo al 2027. La acumulación deja de ser una sucesión de crisis para convertirse en una crisis de gobierno.


El desgaste presidencial deja de ser episódico y se vuelve estructural. Ése es el Rubicón que amenaza con cruzarse. Que el problema ya no sea el control de la agenda sino descubrir que se ha perdido la capacidad de imponerla.


México se consume en su propio laberinto mientras por un lado Washington y Pekín dibujan los contornos del nuevo orden mundial y en paralelo 15 países firman la Declaración Conjunta del Escudo de las Américas.


La sutileza, en este caso, resulta francamente innecesaria.






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