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Frijolitos para todos


Columna de opinión escrita por Julio Patán para el diario El Heraldo de México


Viernes 10 de abril de 2026


Julio Patán

Una cosa no podemos regatearle a los gobiernos de la 4T, y es que le ofrece satisfacciones diarias a quienes tenemos una cierta adicción a la nostalgia, la droga de bajo costo de los que han llegado a una edad.


La Cuarta es, gracias a las mañaneras, un viaje diario a los años 70. Piensen, por ejemplo, en el regreso de expresiones que, después del 73, uno, si acaso, esperaba oír en la abuelita con demencia senil abandonada en un rincón de la cocina, con todo respeto para las abuelitas con demencia senil, como “¡Fuchi caca!” Piensen en la idea de Pemex como un cuerno de la abundancia. O, más ampliamente, en la proliferación de paraestatales. Como Mexicana, sí. O en la muy lópezportillista afición a los elefantes blancos. O, para el caso, en la costumbre, muy propia también de la administración actual, de darte consejos dietéticos. De recordarte qué te conviene comer, por economía, por salud y por identidad. De hacer del gobierno, pues, un nutriólogo universal.


Uno de los problemas con la nostalgia es que los 70 fueron una época horrenda, marcada por los excesos de una propaganda oficialista decidida a meterse con todos los aspectos de tu vida; la precariedad inflacionaria, paraestatal y petrolera; el desabasto y, en efecto, una obsesión del régimen por —cito a mi amigo Luis Antonio Espino— meterse en tu plato. Los lectores más jóvenes no entenderán de qué les hablo, pero en una familia de profesores como la mía, muy clase media-clase media, había que cuidar mucho lo que se gastaba en el súper, y además lidiar con las carencias de una economía cerrada al exterior. “Soberana”, pues. Comer carne, por ejemplo, era una cosa lejísimos de frecuente. ¿Qué hacía el gobierno? Eso: fungir de dietista. ¿No alcanza para la milanesa? Una empresa pública de pescadito empanizado, “Tepepan”, que producía el equivalente marino de la melamina, el “Pepepez”. Y métele al atún, “chun tachún”. Y no olvides los productos de la milpa. ¿Quién quiere un rib-eye cuando tiene los bisteces verdes: los nopales?


Esa afición nutricionista la heredó AMLO. “Este cuerpecito no se hace con dietas neoliberales”, pasaba a decirnos mientras recomendaba criar pollos en el patio, meterle a la queca en Chiconautla, al tamal en San Cristóbal y a la gordita en Fresnillo.


El punto es que, evidentemente, cuando el gobierno se mete con tu plato, preocúpate. Mala señal. Como ahora. No es sólo el paternalismo patriotero. Es que las cosas, con la economía, con la inversión, no van bien, porque los empresarios, en efecto, no van a arriesgar un peso en el país de los jueces a modo, las cuentas bloqueadas al contentillo y la extorsión. 


Así que “frijolitos para todos”. Ah: con arroz. Porque los picos de glucosa no acarician, pero quién se fija. Somos orgullosamente frijoleros, aunque sea con frijol importado. 




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Programa Apolo


Columna de opinión escrita por Rafael Pérez Gay para el diario Milenio


Viernes 10 de abril de 2026


Rafael Pérez Gay

Debe ser la edad, pero la misión Artemis II me tiene sin cuidado. Dicen los que saben que sobrevolar el lado oscuro de la Luna es muy importante para los avances de la ciencia. Vengo del tiempo en que el Programa Apolo envió al espacio la primera misión tripulada que descendió en la superficie de la Luna. Eso sonaba más emocionante. El 20 de julio de 1969 el Apolo 11 alunizó y  el comandante Neil Armstrong se convirtió en el primer ser humano que pisó la superficie blanca del satélite de la Tierra, al sur del Mar de la Tranquilidad.


El día en que Armstrong y Buzz Aldrin caminaron sobre la superficie lunar, el estupor se adueñó de la casa de usted. Todos frente al televisor en blanco y negro, nuestra vieja televisión no falló y vimos completo el espectáculo, con un poco de nieve, como se le llamaba a los puntos que reducían la nitidez de la pantalla. Creo que mi padre tuvo razón cuando dijo: –Esto es el acabose. En cambio mi madre miraba con ojos desorbitados sin pronunciar palabra.


Como todos los éxitos, el alunizaje desató las dudas: falso, nadie caminó en la Luna, todo ha sido un montaje, un arte dramático. La voz emocionada de Jacobo Zabludovsky se escuchaba en toda la ciudad. Y Neil Armstrong pronunció aquella frase escrita en piedra: “es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”.


Reviso cronologías porque mi memoria ya no es la de antes, pero aun así lo recuerdo bien: al día siguiente, los periódicos esparcidos en la mesa del comedor repetían la hazaña a ocho columnas. Unos días después, un fotógrafo tomaría una imagen eterna: Paul, John, George y Ringo cruzaban una calle histórica. Paul iba descalzo. Sí, la fotografía de Abbey Road.


Un mes más tarde, luego de las palabras soberbias y optimistas de Armstrong, la secta de Manson asesinó a cinco personas en Los Ángeles, una de ellas la actriz Sharon Tate, pareja de Roman Polanski. Tate tenía ocho meses y medio de embarazo.


No sé si la ciencia y el conocimiento cambiaron para siempre, pero en agosto de ese año, en  Bethel, a 169 kilómetros de Nueva York, empezó el festival de Woodstock, el gran concierto que cambió al mundo para siempre.


Al paso de los años, tengo la impresión de que la misión Artemis II pasará a la historia como la otra hazaña lunar y vivirá perdida en la tinta negra de la vida.




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La crisis reputacional y las


desapariciones en México


Columna de opinión escrita por Marcela Gómez Zalce para el diario El Universal


Viernes 10 de abril de 2026


Marcela Gómez Zalce

El negacionismo del sexenio pasado, a pesar de la clara evidencia del abismo de ese terror, no da pauta para continuar subestimando la problemática.


El problema multidimensional de las personas desaparecidas en México afecta simultáneamente el ámbito humanitario, institucional, doméstico e internacional. No sólo afecta a la víctima sino también a sus amigos y familiares que viven en incertidumbre permanente sin dar espacio a un cierre emocional al no permitir la despedida de un ser querido. Evidencia además fallas en la esfera de seguridad, justicia y gobernanza porque están reduciendo la legitimidad del gobierno. En conjunto, se erosiona el contrato social entre Estado y ciudadanía.


La desaparición sistémica puede incluso catalogarse como crimen de lesa humanidad en el derecho internacional.


En el caso de México se ha consolidado como una de las crisis humanitarias más graves de las últimas décadas con implicaciones profundas.


El informe reciente del Comité de la ONU (CED) publicado hace unos días, concluye que el país presenta ataques sistémicos contra la población civil con la aquiescencia de funcionarios calificando la situación como una práctica generalizada de desaparición forzada constitutiva de crimen de lesa humanidad. La reacción de varios actores en Morena no se hizo esperar tratando de subestimar y deslegitimar la gravedad de la pesadilla y el horror de millones de familias mexicanas que desconocen el paradero de familiares.


El escándalo del reclutamiento de jóvenes por parte de las organizaciones criminales ya no es un relato aislado. Es una práctica que se incrementó en los últimos años arropada de la fallida política de los abrazos que ha empoderado a los cárteles narco-terroristas y que ha sumado una cantidad poco clara —y poco reconocida— de personas desaparecidas en territorios controlados por el crimen organizado en colusión con los tres niveles de gobierno y donde seguramente la cifra negra debe alcanzar números inquietantes.


A nivel doméstico esta crisis de personas desaparecidas ha producido efectos sociales significativos, entre ellos la (continua) desconfianza ciudadana hacia las instituciones, la movilización de colectivos familiares y la consolidación de organizaciones civiles dedicadas a la búsqueda de personas. Ello ha desempeñado un papel central en la visibilización del problema.


El negacionismo durante todo el sexenio pasado, a pesar de la clara evidencia del abismo de ese terror, no da pauta para continuar subestimando la problemática exhibida en un informe que ha pegado debajo de la línea de flotación reputacional del gobierno de Sheinbaum.


En términos económicos y diplomáticos, esta crisis reputacional también puede generar consecuencias indirectas; la percepción de más debilidad institucional y de altos niveles de violencia ya tienen un impacto en la confianza de inversionistas extranjeros que observan los desfiguros del gobierno en materia de corrupción e impunidad, amén del desorden en la esfera judicial.


Sumar a la ecuación mexicana en esta compleja coyuntura los informes de organismos multilaterales y la terca realidad que golpea al régimen con más de 130 mil desaparecidos, abonan al deterioro sistemático de la imagen internacional derivado de la persistencia del fenómeno, la percepción de impunidad y la insuficiencia de respuestas creíbles institucionales.


Por ello, el abordaje integral del fenómeno no sólo constituye una obligación moral y jurídica, sino una condición indispensable para la reconstrucción de una vapuleada legitimidad institucional y la recuperación de la confianza ciudadana.



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