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La vieja y la nueva censura

Columna de opinión escrita por Beata Wojna para El Heraldo de México


Martes 11 de agosto de 2026

Beata Wojna

Estuve en estos días en Polonia y recordé algo que creía lejano. En una visita al museo dedicado a la vida cotidiana en la Polonia comunista, volví a encontrarme con la censura. Para mí nunca fue un concepto académico, sino una parte de una realidad que conocí personalmente. En el régimen comunista había instituciones encargadas de decidir qué podía publicarse y qué debía desaparecer de un periódico, de un libro, de un programa de televisión o de una película. La censura tenía instituciones, funcionarios, procedimientos y argumentos para justificar su existencia.


Desafortunadamente, al regresar a México no me liberé del triste recuerdo. Más bien, se reforzó el temor a volver a los tiempos de la censura ante un gobierno mexicano que busca controlar los contenidos producidos en los medios de comunicación usando el argumento de los derechos de las audiencias. En abstracto, proteger a las audiencias parece una causa difícil de cuestionar, dado que todos quieren información confiable y plural. El problema aparece cuando observamos quién pretende garantizar esos derechos y en qué contexto. No es lo mismo tener estas políticas en los países nórdicos, conocidos por su calidad democrática, transparencia y gran libertad de prensa, que en México, donde el estado de la democracia va empeorando año tras año.


México no llega a este debate como un país con una trayectoria impecable en materia de libertad de expresión. La organización Reporteros Sin Fronteras lo coloca en el lugar 122 de 180 países en su Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa y constata que en México “no hay ninguna ley que obstaculice la libertad de informar, sin embargo, la censura se ejerce mediante amenazas o ataques directos contra los periodistas”. En semejante contexto, cualquier ampliación de la capacidad del Estado para intervenir en el entramado informativo asusta.


Además, hay una contradicción difícil de ignorar. Si la preocupación central fuera realmente que los mexicanos recibieran información de calidad, cabría esperar una política mucho más sistemática frente a la desinformación, basada en educación mediática, fortalecimiento del pensamiento crítico desde edades tempranas, transparencia gubernamental, acceso efectivo a información pública y herramientas para que la ciudadanía aprenda a distinguir fuentes confiables de contenidos manipulados. Pero nada de esto ocurre en México, donde la desinformación campea.


heraldodemexico

La experiencia de la censura en el comunismo me dejó una desconfianza hacia los intentos del poder político de convertirse en árbitro de lo que los ciudadanos deben escuchar. Hoy existe una gran necesidad de luchar contra la desinformación, tal como se hace en muchas democracias europeas. No obstante, la experiencia del siglo XX enseña que la censura sirvió principalmente para acallar las voces críticas y de oposición en el camino hacia un Estado autoritario, y eso es justamente lo que preocupa en el contexto mexicano.




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Gobernar las conciencias


Columna de opinión escrita por Enrique Krauze para Reforma


Martes 11 de agosto de 2026


Enrique Krauze

Hubo un día en que el gobierno quiso acabar con la libertad de creencia e imponer una verdad única. Olvidó que el catolicismo -corazón de la espiritualidad popular en México- arraigó particularmente en el occidente de nuestro país. Cuando el poder pasó del desprecio a la persecución, los campesinos se levantaron en armas. Estalló hace exactamente cien años: la Guerra de los Cristeros.


Tenemos la fortuna de contar con una obra maestra que la recreó con rigor y conmovedora empatía. Me refiero a La Cristiada de Jean Meyer. Sus tres volúmenes (publicados a principios de los años setenta) rescatan los más diversos avatares de la guerra, pero ante todo resaltan la fe del modesto campesino, cuyas hazañas recuerdan aún sus bisnietos.


Los antecedentes son conocidos. La necesaria separación de la Iglesia y el Estado así como la plena libertad de creencia habían sido consagradas en la Constitución liberal de 1857. La virtud de ambos preceptos se convirtió en franca intolerancia con la Constitución de 1917 cuyo objetivo era erradicar la religión. El 3° asentaba: "Ninguna corporación religiosa [...] podrá establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria...". El 130° negaba toda posible personalidad de las "denominadas Iglesias", impedía a los ministros ejercer el voto y facultaba al Estado a determinar el número de sacerdotes.


Aunque los gobiernos de Carranza y de Obregón no ocultaban sus convicciones jacobinas, se abstuvieron de llevar ambos artículos a sus últimas consecuencias. Todo cambió en el período de Plutarco Elías Calles cuya decisión -manifestada a los obispos- fue irrevocable: "No hay otro camino [...] que someterse a [...] la ley". El 2 de julio de 1926, el Diario Oficial publicó la llamada "Ley Calles", con las reformas al Código Penal que incluían delitos relativos a la enseñanza confesional y cultos. El artículo 19, el más delicado, obligaba a los sacerdotes a inscribirse para que pudieran ejercer su ministerio.


La respuesta fue inmediata. La Liga Defensora de la Libertad Religiosa -el principal organismo de resistencia civil de los católicos- organizó un eficaz boicot económico. Por su parte, los obispos emitieron una pastoral que anunciaba la suspensión de cultos a partir del momento en que la Ley Calles entrara en vigor. El 31 de julio fue el último día de cultos en todo el país. Los fieles se arremolinaron frente a los templos. Calles declaró que "naturalmente" no pensaba suavizar siquiera las reformas. Ingenuamente, confiaba en que "cada semana sin ejercicios religiosos haría perder a la religión católica 2% de sus fieles".


El 21 de agosto, el presidente sostuvo una entrevista con Leopoldo Ruiz, obispo de Michoacán, y Pascual Díaz, obispo de Tabasco. La actitud de los obispos era conciliadora y hasta cierto punto humilde. Pero Calles fue lacerante y áspero. Su visión del papel del clero en la historia de México era absolutamente negra: "con toda franqueza", creía que el clero mexicano había evidenciado estar siempre del lado del opresor. "No se hagan ilusiones -les dijo-, están perdiendo a los campesinos. Todas las agrupaciones de campesinos de la Revolución han protestado su adhesión a mi gobierno [...] y considerado a los sacerdotes como sus enemigos". Y terminó con un reto: "Yo les voy a demostrar que no hay problema [...] el único que podrían crear sería lanzarse a la rebelión y en este caso el Gobierno está perfectamente preparado para vencerlos". Al despedirse, los obispos expresaron que no fomentaban ninguna rebelión. Pero la decisión ya no era de ellos.


Calles esperaba suprimir el "fanatismo" del pueblo, pero un amplio sector del pueblo campesino en Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Aguascalientes y varias otras zonas se rebeló espontáneamente.


La Guerra de los Cristeros se prolongó por casi tres años. Sin organización central hasta el arribo tardío del general Gorostieta, los cristeros libraron una guerra de guerrillas similar a la zapatista y no menos efectiva. En el momento de los arreglos con Roma en junio de 1929 -en los que intervino el embajador estadounidense Dwight Morrow- había cerca de 50 mil campesinos en armas. Otros 25 mil habían muerto en combate.


El saldo final fue atroz. Sangrienta e injusta, aquella guerra no solo costó a México, en total, 70 mil vidas; provocó, además, una severa caída de la producción agrícola (38% entre 1926 y 1930) y la emigración de unas 200 mil personas.


La lección histórica continúa vigente: ningún régimen puede gobernar las conciencias.








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