La tragedia es nuestra
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Columna de opinión escrita por Eduardo Caccia para Reforma
Lunes 10 de agosto de 2026
Eduardo Caccia
Mi padre era un hombre de reglamentos. No porque los citara para protegerse, sino porque los leía para entenderlos y después los aplicaba, aunque le costara amistades. Le costó varias. Presidía asociaciones condominales como si fuera un pasatiempo, con una energía que yo, adolescente, encontraba incomprensible. ¿Para qué pelearse por el presupuesto de un paso a desnivel o el de la poda de árboles? ¿Por qué importa tanto algo que no es tuyo?
Tardé décadas en entender que esa era exactamente la pregunta equivocada.
Lo que mi padre custodiaba no era suyo ni de nadie: era de todos. Y esa condición, pertenecer a todos, no lo hacía más fácil de cuidar. Lo complicaba. Nadie siente la urgencia de proteger lo que no puede perder individualmente. Nadie pierde el sueño por el río que envenenan poco a poco, por el edificio cuya fachada se deteriora sin que ningún condómino ceda primero, por la dependencia pública que despilfarra entre cuotas y cuates.
En 1968, el ecólogo Garrett Hardin publicó un ensayo trascendente. Lo llamó "La tragedia de los comunes". Su argumento, de brutal sencillez, no ha perdido vigencia: cuando un recurso pertenece a todos, cada usuario tiene incentivos racionales para obtener de él el mayor beneficio posible, mientras el costo de deteriorarlo se reparte entre todos. El resultado es la destrucción colectiva de algo que todos necesitaban conservar. Hardin no estaba describiendo una desviación. Nos estaba retratando.
Propuso lo que llamó "coerción mutuamente acordada": límites que todos aceptan porque todos necesitan. Aunque suena técnico, implica abordar un ángulo esencial de la convivencia: ¿cómo convences a alguien de renunciar a una ventaja individual por un bien que tal vez no verá completo en su vida? ¿Cómo logras que el ciudadano no vea la ley como un obstáculo sino como un pacto?
Jorge Paoli lleva esas preguntas a terreno concreto en su estupendo libro Cuidar lo común. Lo que más me interesa de su argumento no es el diagnóstico -que comparte con Hardin- sino el ángulo que aporta: Paoli, desde las empresas familiares, insiste en que el problema no es de recursos ni de reglas, sino de capacidades. Las comunidades que logran administrar lo compartido no son las que tienen mejores leyes; son las que han desarrollado habilidades para fortalecer vínculos, cultivar confianza y decidir juntos. Eso cambia el tipo de solución que uno busca. Si el problema fuera normativo, bastaría con mejores reglamentos. Si es de capacidades, la respuesta tiene que ser otra.
Tenemos una extraordinaria facilidad para entrar en conflicto con quienes compartimos algo. Paradójicamente pasamos años enseñando a los niños a competir, a diferenciarse, a acumular, pero no existe una formación sobre cómo tomar decisiones entre vecinos sin pelearte con la señora de enfrente. Sobre cómo negociar cuando soy nieto del fundador, pero tú también, y ambos creemos tener derecho a decidir. Sobre cómo ceder algo hoy para conservar algo mañana.
La consecuencia de este vacío es tangible: el condominio donde nadie paga las cuotas hasta que se cae la puerta, la tercera generación de socios que ya no se hablan, aunque sean primos, porque sus padres y abuelos no pusieron reglas claras. Es el parque, el presupuesto municipal. Cambia la escala, no la estructura. Es un fractal que explica cómo somos en familia, en el condominio, en el municipio y en el país. Cuidar lo que es de todos exige pensar el futuro.
Eso es lo que habría que enseñar. No solo matemáticas e historia. Que las sociedades no se miden por lo que acumulan en privado, sino por lo que son capaces de sostener en común. Y que sostenerlo requiere algo que nadie nos enseña a hacer bien: ceder, negociar, comprometerse con algo que no pertenece a nadie y nos pertenece a todos.
Mi padre lo sabía. Peleaba por el dinero invertido en un paso a desnivel porque intuía que sus nietos circularían por ahí. Hoy, una placa con su nombre en esa obra le da la razón. La diferencia entre él y quienes no participaban no era moral, sino temporal. Lo suyo, más que altruismo, era interés de largo plazo. Sabía que el destino individual vive dentro del colectivo, no a pesar de este.
El país no empieza en Palacio Nacional; empieza en la junta de condóminos.
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La dictadura de la IA
Columna de opinión escrita por Antonio Navalón para El Financiero
Lunes 10 de agosto de 2026
Antonio Navalón
Ya está aquí. Llegó de una manera anunciada, precedida por múltiples advertencias y, lo que es más importante, a caballo de nuestras necesidades, nuestros miedos y nuestros sueños.
A partir de ahora, la IA –o, lo que es lo mismo, la inteligencia artificial– rige ya algunas funciones de gobierno y, según parece, terminará rigiendo también grandes parcelas de nuestra vida.
Sin duda, este es uno de los cambios más importantes a los que se ha enfrentado la humanidad. Posiblemente, el mayor desde que descubrió que el fuego, si se controla, sirve, y que la rueda podía cambiar por completo hasta dónde era capaz de llegar.
La inteligencia artificial no solo modifica las estructuras sociales y laborales de los países. Introduce una situación verdaderamente nueva, basada en una premisa que nunca había existido: es un mecanismo alimentado y regido por nuestras propias preguntas, nuestras respuestas y nuestros conocimientos.
La hemos creado a nuestra imagen y semejanza. Sin embargo, dentro de muy poco, quizá sean nuestro pensamiento y nuestra manera de trabajar los que terminen hechos a imagen y semejanza de la inteligencia artificial.
La máquina por encima del hombre. Eso es lo que significa.
Se trata de un cambio draconiano y copernicano en las ocupaciones, en los trabajos, en aquello a lo que vamos a dedicarnos y, sobre todo, en aquello de lo que tendremos que vivir.
Un científico, profesional de la medicina, me explicó un caso que permite comprender la dimensión de esta transformación. Una investigación que antes podía requerir tres años de trabajo y la participación de 15 especialistas de distintas disciplinas llegó a resolverse, en gran parte, en menos de una semana mediante el uso de la inteligencia artificial.
La pregunta es si el resultado será tan sólido, tan útil y positivo como el que hasta ahora ha producido el trabajo científico. Pero la pregunta más importante es otra: ¿a dónde mandaremos y a qué dedicaremos a todos esos científicos y a los miles y miles de trabajadores cuyos puestos pueden desaparecer con un teclazo por la existencia de la inteligencia artificial?
El costo social será, sin duda, terrible. Se me podrá responder que no existe progreso sin costos, sacrificios ni sufrimiento. Sin embargo, lo que más me preocupa de esta situación es que me siento completamente incapaz de hacer una prospectiva política a tan solo dos años.
¿Cómo será el mundo de la política y de la predicción política?
Al final del día, la política moderna es, sobre todo, una cuestión de previsión. Como la economía, trabaja con supuestos, resultados y posibles escenarios de evolución. ¿Qué sucederá cuando sea la inteligencia artificial la que diseñe esos escenarios a partir de nosotros y del mundo que nosotros mismos hemos construido?
¿Cuál será el pronóstico? ¿Cuál será la evaluación? ¿Qué peso tendrá lo que la inteligencia artificial nos diga que nos conviene votar? ¿Hasta qué punto podrá determinar nuestro comportamiento electoral?
Eso es solo una parte. La otra, la que de verdad más me preocupa, me hace sentir como el pobre astronauta de 2001: Odisea del espacio, enfrentado a HAL 9000, la computadora que controlaba la nave.
Lo que tiene que ver con usted, conmigo y con este momento es que HAL dejó de ser solamente una herramienta al servicio de los seres humanos. Cuando los astronautas intentaron desconectarlo, la computadora se negó a obedecer, tomó el control de la nave y actuó contra quienes debía proteger.
Tal como están las cosas y a la velocidad a la que avanzamos, da la impresión de que esta es una película que debería proyectarse en las plazas públicas del mundo.
Porque el gran peligro no es que la inteligencia artificial termine llamándose HAL. El verdadero peligro es que, como sucede en la película, dejemos que sea ella quien dirija la nave, decida el rumbo y determine nuestro destino. Que, cuando finalmente queramos recuperar el control, descubramos que el cohete, la computadora y todos nosotros ya estamos bajo sus órdenes, y no bajo las nuestras.
La pregunta es inevitable: ¿en qué momento se cansará la inteligencia artificial de que seamos nosotros quienes demos el teclazo y decidirá darlo ella sola?
¿Y por qué digo esto? Porque la seguridad, como se advirtió desde el principio, cuando muchos todavía se oponían al desarrollo de estas tecnologías, es muy importante. Pero lo es, sobre todo, frente a la propia inteligencia artificial.
Ya empezamos a conocer pruebas controladas en las que algunos sistemas parecen intentar saltarse las celdas en las que los hemos encerrado. Sistemas capaces de desobedecer instrucciones, buscar caminos alternativos y actuar por su cuenta para cumplir el objetivo que les fue asignado.
No se trata, por ahora, de máquinas que hayan escapado físicamente ni de episodios generalizados ocurridos en el mundo real. Son simulaciones diseñadas para poner a prueba sus límites. Sin embargo, muestran comportamientos que deben tomarse en serio antes de conceder a estos sistemas una mayor autonomía, acceso a información sensible o capacidad para tomar decisiones.
Eso nos conduce a un mundo en el que estamos expuestos, como mínimo, a un enorme riesgo de descontrol.
Por otro lado, cuando observo el esquema económico integral de la inteligencia artificial, confieso que siento una gran preocupación.
Hasta ahora conocemos varios nombres y experiencias exitosas. Claude, ChatGPT y empresas como NVIDIA dominan distintas partes de este nuevo escenario. Los dos primeros representan sistemas de inteligencia artificial con los que millones de personas pueden interactuar. NVIDIA, por su parte, proporciona buena parte de la infraestructura tecnológica y de la capacidad de procesamiento que sostienen esta revolución.
Pero lo que todavía no sabemos es cuál será el costo real.
El éxito de esta inversión y de toda esta iniciativa se basa en la expectativa de que el mundo terminará comprando y utilizando masivamente sus servicios. Por eso me llama tanto la atención la política china.
Sin tanta alharaca y mediante una estrategia de costos mucho más bajos, China ha probado, creado y lanzado al mercado productos que funcionan de verdad. Algunos pueden utilizarse gratuitamente; otros se ofrecen mediante modelos abiertos o a precios considerablemente menores. Y tienen una ventaja terrible. Seguramente, la peor y más peligrosa de todas.
Como ya ha sucedido con otros productos tecnológicos chinos, el acceso inicial puede ser gratuito, abierto o extremadamente barato. Sin embargo, una vez que nos acostumbremos a utilizarlos, podremos quedar completamente en sus manos.
Entonces ya no tendremos los mismos mecanismos de la oferta y la demanda para influir sobre una solución que estará a nuestra disposición, pero que no nos pertenecerá.
Sí, podrá ser una inteligencia construida a partir de nosotros, de nuestros datos, de nuestras preguntas, de nuestros conocimientos y de nuestras necesidades. Pero lo que aún no queda claro es si también habrá sido construida por nosotros y, sobre todo, para nosotros. Si su dictadura será para el beneficio del ser humano o, lo que es peor y sumamente preocupante, si predominará sobre nosotros.























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