La reforma electoral
- Noticias Cabo Mil

- 2 mar
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Columna de opinión escrita por Leonardo Curzio para el diario El Universal
Lunes 2 de marzo de 2026
Leonardo Curzio
En el ya muy largo ciclo de reformas electorales que hemos tenido, aprendimos que cada una tiene como objetivo resolver un gran problema y a veces esto supone reajustar algunos temas menores. Las elecciones en México de 2018 y 2024 permitieron comprobar que el sistema electoral tiene un alto nivel de confiabilidad y que su integridad es una garantía para todos. Han sido elecciones abiertas y, en consecuencia, no ha habido (como ocurrió en el pasado) una disputa por el primer lugar. Pero me parece increíble que omitamos que buena parte de la conflictividad política de nuestro país, de finales de los 80 hasta bien entrado el siglo XXI, se debió precisamente a la falta de confianza en el sistema electoral.
Yo tenía la convicción de que esta generación había aprendido que lo que se gasta en generar confianza y evitar conflictos políticos está bien gastado. La idea de regresar al Michoacán de los ochentas o noventas, o el Guerrero de aquella etapa, simplemente me resulta repelente. Pero no voy tan lejos: la última elección judicial, con todas sus imperfecciones y acordeones incluidos, es una prueba fehaciente de que debilitar presupuestalmente al órgano electoral acaba redundando en la legitimidad del proceso.
La propuesta de reforma me parece, en consecuencia, extraordinariamente chata. Y si tuviese que resolverse algún tema para mejorar la calidad del sistema democrático, tengo la certeza de que habría que atacar cuatro problemas fundamentales que en los últimos años han deteriorado la calidad democrática. El primero es la sobrerrepresentación. Por más vueltas que le den, la coalición gobernante obtuvo el 53% de los votos y se ha asegurado, con la complicidad del Tribunal, el poder tener una mayoría constitucional que no ganó en las urnas. Ligado a esto, está la visible compra del voto de algunos legisladores. En Brasil, un escándalo de ese tipo puso a la presidenta Dilma Rousseff contra las cuerdas. En este país, donde todo se compra y se vende especialmente en el sistema electoral, eso le parece a la mayoría un privilegio del que no quiere prescindir.
Y después, están los dos temas ligados al dinero que deberían generar por lo menos un poco de pudor. El primero es el dinero público, metido en las elecciones, que en este país claramente se manejan con recursos y programas sociales. Los delitos electorales han pasado a ser tan comunes como la piratería o el contrabando. Ya nadie se asusta de ver a funcionarios públicos con chalecos del color del partido oficial. Después, está el oscuro tema del origen del dinero que fluye en sobres manila, que puede venir de la corrupción política o directamente del crimen organizado, que por esa vía se asegura protección.
Finalmente, tenemos la intervención constante, masiva y deformante de la Presidencia de la República en las campañas electorales. Proponer reducir los tiempos de anuncios de los partidos, pero si no se limita el tiempo de la mañanera y su participación en el proceso político, estamos rompiendo el principio de equidad y en consecuencia, lo único que tenemos es una voluntad de que el partido mayoritario, hoy en el gobierno, sea el que gaste el dinero público y que por esa vía vincule las ayudas sociales al apoyo electoral. Además, la presidenta es la porrista nacional de su partido. Si el ánimo es arreglar algo, yo les aconsejaría que no trajinen en día de fiesta y que dejen las cosas como están porque, con todos sus defectos, el sistema electoral funciona mejor que lo que cabría esperar con esta reforma. Además, opino que no hace falta ninguna reforma para que los congresos de todo el país reduzcan sus presupuestos.
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El nuevo orden geopolítico global
Columna de opinión escrita por Jorge Fernández Menéndez para el periódico Excélsior
Lunes 2 de marzo de 2026
Jorge Fernández Menéndez
No nos engañemos: el conflicto en Oriente Medio, los ataques de Israel, Estados Unidos y otros países árabes a Irán, la respuesta iraní contra naciones árabes e Israel y contra bases militares estadunidenses en la región, no es un capítulo más de la lucha ancestral en esa región, es un capítulo central de la reconfiguración geopolítica global que inició con el gobierno de Donald Trump.
Estamos presenciando una reconfiguración geopolítica global, no conflictos aislados. Comenzando este año tenemos la extracción de Nicolás Maduro en Venezuela, con un cambio de régimen en proceso bajo control absoluto de Estados Unidos. El régimen de Maduro ha sido decapitado con la extracción de su líder preso en una cárcel en Estados Unidos. Aunque sus mandos intermedios, como Delcy Rodríguez, permanecen, han perdido el control efectivo del país, forzando un cambio inevitable en su estructura de poder.
En México, con la eliminación de El Mencho, se confirmó que más allá de discursos soberanistas sin contenido y de una suma de posiciones diplomáticas deplorables, estamos estrechamente relacionados con la administración de Trump, por lo menos en el ámbito de la seguridad. La eliminación de El Mencho, el líder del cártel más poderoso y principal traficante de fentanilo a Estados Unidos, fue una operación estratégica coordinada con Estados Unidos. La administración estadunidense considera al fentanilo un “arma de aniquilación masiva” y a la organización de El Mencho una amenaza terrorista, haciendo de su neutralización una prioridad absoluta. La alineación de México en esta operación es una prueba de su posición en el nuevo orden.
Cuba es un régimen que agoniza y su caída parece ser más un evento de semanas que de meses: sin el apoyo antes de la Unión Soviética, después de Venezuela e Irán, y en los últimos tiempos de México, Cuba exhibe el desastre económico, social y cultural en que han transformado al país 67 años de dictadura. El país sencillamente se derrumba.
En Irán, la muerte del ayatola Jamenei y de buena parte de la cúpula del sistema teocrático adelanta su eventual caída. El régimen iraní, durante cuatro décadas, convirtió a una de las naciones más modernas y prósperas de Oriente Medio en una teocracia impuesta, con una dictadura basada en la represión y el fanatismo. Alimentó movimientos terroristas, participó en todo tipo de negocios ilegales y su objetivo siempre fue obtener armas nucleares para atacar a Israel y otros países. El régimen está condenado. La reacción iraní contra los países árabes exhibe, además, la distancia entre persas y árabes, y entre sunitas y chiitas. Los ataques que ha lanzado contra Israel, bases estadunidenses y objetivos en los Emiratos Árabes y Arabia Saudita provocarán una represalia a la que no podrá sobrevivir. Su agresión actual redibujará el mapa de poder en todo Oriente Medio.
Estos movimientos, junto al estancamiento en la guerra de Ucrania, donde el agresor, Rusia, y el agredido, Ucrania, no pueden ya avanzar, luego de cuatro años de guerra, demuestra que la negociación más temprano que tarde será inevitable y pasará por Estados Unidos. El desenlace final no será decidido en el campo de batalla, sino en una mesa de negociación donde Ucrania y Rusia definirán su estatus futuro sentados con Estados Unidos.
Europa, en este contexto, ha logrado reencauzar el diálogo con Trump, pero con los incidentes con Groenlandia le ha quedado absolutamente claro que debe buscar su propio destino en el ámbito de la seguridad.
El giro hacia la derecha en América Latina es notable, todas las elecciones de los últimos meses han sido ganadas por candidatos de centro-derecha y ese panorama se puede repetir en los tres comicios de este año: Colombia, Brasil y Perú. Con la caída de Cuba y Venezuela, y el aislamiento de Nicaragua, México y Brasil quedan como los únicos países con gobiernos que se dicen de izquierda, cada día más condicionados y alineados (por su voluntad o por las presiones) también con Estados Unidos. Todos esos movimientos exhiben el cuadro de un nuevo orden mundial.
La única pieza principal que queda por colocar en este tablero es el rol futuro de China, lo cual definirá el equilibrio final de poder. Otros actores importantes como India y Pakistán están también moviendo sus intereses para acercarse a la Unión Americana. Todos éstos no son incidentes separados, sino movimientos coordinados que demuestran una realineación de poder alineada con los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos.
En este contexto, para EU, el hemisferio americano es su espacio de seguridad nacional. La lucha contra los cárteles se inscribe directamente en esa lógica, sacar a China de espacios estratégicos del continente también. Establecer un comando hemisférico en el ámbito militar es un punto clave. Incomprensiblemente, el gobierno federal –más allá de que en los hechos está sumándose, como decíamos por la convicción o la presión, a los esfuerzos de EU– mantiene un discurso timorato, una diplomacia ausente, de los años 60 y 70, alejada en todos los sentidos de la realidad del nuevo orden geopolítico mundial.























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