Otra iniciativa sacrificable
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Columna de opinión escrita por Carlos Marín para el diario Milenio
Viernes 13 de marzo de 2026
Carlos Marín
Lo que la presidenta Claudia Sheinbaum adelantó ayer de su “plan B” no será una serie de reformas a leyes secundarias, sino una nueva iniciativa de reforma constitucional que muy probablemente tampoco sea aprobada en el Congreso, porque no es claro si se trata de cambios al sistema electoral, hacendario, presupuestal o federativo.
Se busca reducir el número de diputados estatales y de integrantes en los cabildos de los ayuntamientos, y que cueste menos el Senado, lo que abre la interrogante de si las 32 entidades de la República son o no “libres y soberanas”.
El “plan B” se supuso igual al que pretendió imponer Andrés Manuel López Obrador cuando, al no prosperar sus iniciativas de reformas constitucionales, sus mayorías aprobaron cambios a las leyes que, por fortuna, la Suprema Corte anterior a la de los acordeones juzgó violatorias de la Constitución.
Se antojan disipados los temores de que se intentara suprimir el Programa de Resultados Preliminares del INE, el descuartizamiento de sus equivalentes estatales o se neceara con la “elección popular” de consejeros y magistrados electorales.
Vuelve a invocarse la “austeridad republicana” para hacer las modificaciones y ahorrar tristes cuatro mil millones de pesos: un pelo de gato frente al presupuesto de diez millones de millones previsto para este año.
Lo anunciado por la mandataria suena bien como consigna presupuestal, pero, en los hechos, se trata de una intromisión abierta de la Presidencia en la arquitectura del federalismo: la integración de los Congresos locales y de los cabildos no es un simple rubro administrativo del gasto público, forma parte de la organización política de las entidades federativas. Reducirlos desde el centro no solo es una decisión electoral, sino también hacendaria y, sobre todo, política. Implica afectar la soberanía de los estados y la autonomía de sus Congresos.
Dicho de otro modo: lo que se presenta como “reforma electoral” se avizora más bien como una reforma del pacto federal.
El problema es que casi todo lo que se ha dicho hasta hoy está ya previsto —o protegido— por la Constitución, de modo que el mensaje presidencial termina siendo confuso.
Si el objetivo es modificar la Constitución, el “plan B” puede fácilmente ser también bateado.
Y si se trata de alterar la legislación para producir efectos que la Constitución no permite, el conflicto inevitable será judicial; la última palabra la tendría una Suprema Corte cuyos ministros, cada vez más evidenciados en su docilidad política, podrían terminar avalando lo que en cualquier manual básico de derecho constitucional se consideraría un atajo para burlar la Carta Magna.
El resultado entonces no sería una reforma electoral, sino algo más simple —y más grave—: el ensayo de cómo desmontar el estado de derecho por vía de la ambigüedad…
Qué bueno que con el fracaso anterior la Presidenta diga “yo ya cumplí”, y aun mejor que de su “plan B” dijera: “Y yo espero que pase. Si no pasa, tampoco pasa nada…”.
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Plan B electoral y el escudo de las
Américas
Columna de opinión escrita por Marcela Gómez Zalce para el diario El Universal
Viernes 13 de marzo de 2026
Marcela Gómez Zalce
Estados Unidos formalizó hace unos días un acuerdo que modifica sustancialmente las reglas del juego en el hemisferio. En la cumbre de Miami donde se exhibió una nueva alianza interamericana alineada al mensaje de Washington hacia las organizaciones terroristas y sus actividades regionales ilícitas.
La alianza militar con 17 países para enfrentar sin limitaciones, por encima de tratados internacionales y nulificando cualquier organismo multilateral, enmarca el rediseño de la geopolítica hemisférica y se sintoniza con la ruta trazada en el documento NSS 2025.
La guerra contra los cárteles y sus aliados políticos dejó de estar en la esfera policial o jurídica y pasa de lleno al terreno militar estratégico con un claro impacto en la geopolítica de la región. El “Escudo de las Américas” fue presentado como un mecanismo más que permitirá el despliegue de efectivos militares de las naciones participantes para combatir al crimen trasnacional. En otras palabras, es una coalición militar que no significa la formación de un ejército permanente, sino una cooperación militar bajo acuerdos y coordinación.
Desde esta Cumbre en Florida se comparó a los cárteles de la droga con organizaciones como ISIS y Al Qaeda; “no existe una solución penal para el problema de los cárteles, estas organizaciones sólo pueden ser derrotadas con poder militar”(sic). Con esto se escala un peldaño más para preparar el escenario final de una securitización hemisférica.
El gobierno de Sheinbaum insiste en que no necesitan el apoyo de tropas estadunidenses para combatir a los cárteles fraseando la cacareada soberanía. El asunto de fondo y de leer entre líneas lo sucedido en Miami es que el “Escudo de las Américas” pretende crear un marco político que podría facilitar operaciones contra las organizaciones terroristas y con ello legitimar las acciones llevadas a cabo; una suerte de eslabón que fusiona la guerra contra el terrorismo con la guerra contra los cárteles.
Sheinbaum debe poner atención a ese detalle que hace toda la diferencia en los acuerdos entre ambos países en materia de seguridad. Una arquitectura diplomática, militar y política diseñada en Washington en paralelo a la narrativa sobre México siendo el “epicentro de la violencia”.
El gobierno mexicano aprieta el paso con detenciones conjuntas entre áreas de seguridad y agencias estadounidenses con “mecanismos de coordinación internacional”, de criminales de alto perfil para paliar la sed de la Casa Blanca reduciendo espacio al relato de la impunidad en el país.
Sin embargo, sin tocar los tentáculos políticos que mueven, toleran y protegen sólo se golpea el síntoma, pero no la estructura que permite la regeneración del problema.
Se capturan las cabezas estratégicas de las organizaciones narcoterroristas, pero siguen intactos los verdaderos actores en la esfera política. El anuncio de pagos a policías municipales, estatales y/o autoridades federales en la nómina criminal no es sorprendente, lo inédito es no atacar el asunto de raíz. En México hay una gobernanza criminal compitiendo con el Estado en funciones de autoridad y de regulación.
Esto alimenta la narrativa estadounidense y fortalece la creatividad de Trump en una complejísima realidad geopolítica. Y en un error estratégico de miras y nula visión se insiste desde la Presidencia en el plan B de reforma electoral que deja fuera los intereses criminales del financiamiento ilícito en las campañas.
El desenlace está bastante anunciado…
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El momento
Columna de opinión escrita por Macario Schettino para el diario El Financiero
Viernes 13 de marzo de 2026
Macario Schettino
Estamos viviendo una época complicada, difícil de entender y, por lo tanto, llena de incertidumbre. Abundan explicaciones del por qué, pero quisiera volver a proponer la que he estado utilizando desde hace más de 10 años, que creo que puede ser útil.
Los humanos tenemos una capacidad limitada para entender nuestro entorno, especialmente la parte humana. Aunque podemos imaginar lo que otros piensan, y así es como planeamos nuestras acciones, esa capacidad no es infinita y depende mucho de que las referencias que tenemos sean parecidas. Cuando esas referencias se alteran, dejamos de entender, y eso nos llena de angustia.
Mi hipótesis es que las referencias comunes dependen de la manera en que nos comunicamos. La aparición de la imprenta permitió modificar las referencias de la época previa, centradas en la religión (católica), dando lugar a un periodo de ajuste que duró un siglo y costó la vida a una tercera parte de los europeos. La invención de los periódicos (y los cafés) fue un evento similar, porque permitió tener conocimiento, en tiempo real, de lo que ocurría a través de todo ese continente. Esas referencias más amplias provocaron un nuevo ajuste, que duró varias décadas.
Al inicio del siglo XX tuvimos una nueva tecnología comunicacional: los medios masivos, que concentraron la fuente de información (radio, cine y, después, televisión). Un puñado de personas informaban a millones, y lo hacían ya no solo al interior de Europa. El ajuste, que podemos fechar desde la mitad de la Primera Guerra hasta prácticamente la crisis de los misiles de 1962, poco menos de medio siglo, tuvo también un costo considerable en vidas humanas.
Lo que vivimos hoy es un ajuste similar. La transformación de esos medios masivos en un sistema interactivo (iniciado con Big Brother en 1999) alcanzó su cenit en 2006, con la invención de las redes sociales actuales, y en 2007, con la aparición del teléfono inteligente. La Gran Recesión, ocurrida a fines de 2008, pero sentida en América en 2009 y en Europa en 2011, detona la pérdida de referencias. Ya no hay un solo conductor, un Jacobo Zabludovsky o un Walter Cronkite, que nos resuma la realidad en un puñado de temas ya digeridos. Ahora tenemos miles de emisores, complementados por millones de opinadores, que nos hacen muy difícil distinguir verdades de mentiras. Perdimos las referencias.
Cuando las referencias se pierden, regresamos a lo conocido, que es la tribu. Así se multiplicaron las opciones cristianas en el siglo XVI, se redefinieron las naciones en el XIX y, en el siglo XX, se construyeron dos grandes alternativas al sistema que es responsable de la ciencia, la riqueza y la democracia: el liberalismo. La primera alternativa ofrecía regresar a sistemas políticos regidos por una visión trascendente (religión, raza) encarnada en un hombre fuerte. Es el fascismo. La segunda, construir un sistema político comunitario, en donde todos fueran como hermanos, guiados por una vanguardia iluminada, la del proletariado. Es el comunismo. Ambas alternativas, en la realidad, solo pueden producir pobreza y muerte. El periodo de ajuste al que me referí arriba fue el enfrentamiento entre el liberalismo y las dos alternativas, que fueron afortunadamente derrotadas.
En este siglo XXI, a partir de la conmoción de la Gran Recesión, hemos visto crecer otras dos alternativas, no muy diferentes. La primera ofrece nuevamente el retorno a ese sistema regido por la trascendencia y dirigido por el hombre fuerte. Aunque esto ocurre a través de todo occidente, el caso más evidente es MAGA y Trump. La segunda alternativa ahora funciona alrededor de identidades (de género, raza, orientación sexual, resentimiento histórico). Son herederas del fascismo y el comunismo, respectivamente, y no pueden ofrecer otra cosa que pobreza y muerte.
El proceso de ajuste, que creo que inicia en 2009 pero se acelera con la pandemia de 2020, está entrando en los momentos decisivos en los que el liberalismo, único sistema que permite conocimiento, riqueza y democracia, tendrá que enfrentar las peligrosas alternativas. En las tres ocasiones anteriores, lo hizo con éxito. Confiemos





















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