Réquiem por un tratado
- Noticias Cabo Mil

- 9 oct 2025
- 6 Min. de lectura
Columna de opinión escrita por Pascal Beltrán del Río para el periódico Excélsior
Jueves 9 de octubre de 2025
Pascal Beltrán del Río
Las recientes declaraciones de Donald Trump y su representante comercial Jamieson Greer sobre el proceso de revisión del T-MEC son un trueno que anuncia una posible tormenta sobre el futuro de la integración económica de Norteamérica.
Al sugerir que EU podría optar por negociaciones bilaterales con México y Canadá —dando a entender que el acuerdo trilateral, el T-MEC, no es una prioridad—, se reitera una visión profundamente disruptiva que socava el espíritu de la arquitectura regional construida durante décadas.
La sola amenaza de abandonar el T-MEC y, más preocupante aún, la materialización de aranceles y medidas proteccionistas implementadas por Trump han convertido, de facto, las garantías de libre comercio en letra muerta o, al menos, en algo condicionado a la voluntad política del momento.
Es fundamental contextualizar lo que la integración ha significado para México. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que entró en vigor en 1994, transformó la economía mexicana de manera estructural. A pesar de la asimetría económica con Estados Unidos y Canadá, México supo capitalizar la ventaja de ser la plataforma de manufactura de bajo costo con acceso preferencial al mercado más grande del mundo.
Los datos macroeconómicos atestiguan esta transformación: el PIB de México en 1993 era de 500 mil 733 millones de dólares corrientes; para 2017, año en que Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca, ya era de de 1.14 billones de dólares, justo antes de la renegociación que condujo al T-MEC.
En términos de empleo, el impacto es aún más directo y vital. Los puestos de trabajo relacionados directa o indirectamente con el comercio bilateral con Estados Unidos creados desde 1994 rondan los 4.4 millones, subrayando la importancia crítica de este flujo de mercancías para la estabilidad y el desarrollo del mercado laboral.
Estos beneficios no se quedaron en las estadísticas, sino que se materializaron en la consolidación de cadenas de suministro transfronterizas (particularmente en la industria automotriz y electrónica), un aumento significativo de la Inversión Extranjera Directa que buscaba establecerse en México para acceder al mercado norteamericano, y la consolidación de México como una potencia exportadora. El sector privado mexicano se integró a la dinámica global, adoptando estándares de calidad y eficiencia.
Sin embargo, el mundo que conoció el TLCAN y que ahora intenta sobrevivir en el T-MEC es muy distinto. Desde que Trump adoptó la postura de sabotear el libre comercio en favor de una visión de forzar el regreso de la industria manufacturera a Estados Unidos mediante el proteccionismo, las reglas del juego han cambiado o, al menos, se han vuelto inciertas. La esencia de la integración, que es la confianza mutua y el respeto a las reglas acordadas, ha sido sustituida por la incertidumbre.
Este nuevo orden mundial, marcado por la inestabilidad geopolítica, plantea un reto enorme. Cuando se pasa de la lógica de un acuerdo basado en reglas y tribunales a una en la que el socio más grande dicta las condiciones bajo amenaza, la dinámica de beneficio mutuo desaparece.
Si la tendencia es hacia la fragmentación y los acuerdos de conveniencia bajo amenaza arancelaria, el retorno al bilateralismo por defecto, como proponen Trump y sus asesores, implica que quizá México ya no se beneficie tanto de su posición geográfica. El poder de negociación se inclinaría de forma abrumadora en favor de Estados Unidos, que podría presionar a México en temas sensibles como la energía, la inversión, la regulación laboral o incluso la política migratoria, vinculándolos directamente a las condiciones comerciales.
Existe un temor fundado a que las ganancias de tres décadas, basadas en la institucionalidad multilateral, se desvanezcan ante el resurgir de un nacionalismo económico que ve a los socios no como aliados estratégicos, sino como competidores a los que hay que disciplinar. La gran pregunta es si las instituciones mexicanas y canadienses serán capaces de resistir la presión sin ceder el núcleo de su soberanía y sus intereses económicos.
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¡Otra vez los medios!
Columna de opinión escrita por Leonardo Kourchenko para el diario El Financiero
Jueves 9 de octubre de 2025
Leonardo Kourchenko
La presidenta Claudia Sheinbaum se valió en días recientes del muy manoseado argumento de que la percepción de inseguridad entre la ciudadanía es producto de la “desinformación” de los medios de comunicación masiva; incluso dijo los medios convencionales. Este, amable lector, no es un argumento nuevo.
Desde Vicente Fox, los presidentes de todos los colores y partidos señalan a los medios como responsables de “inflar” o “inflamar” la visión o percepción pública respecto a la inseguridad y el crimen.
La creación de organismos observadores y cuantificadores de secuestros, extorsiones, asesinatos y desapariciones como el Observatorio Ciudadano y otros varios es resultado de construir una base numérica creíble, que diera una versión más objetiva y apegada a la realidad, en franco contraste con las cifras oficiales, eternamente maquilladas y disminuidas.
López Obrador fue un profesional en disminuir las cifras, en contabilizar los muertos y en segregar a los desaparecidos, cifra escandalosa que raya en el conflicto armado.
Pero todos lo han hecho: Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña y López Obrador. Es una constante que los gobiernos aspiren a ofrecer un mejor panorama del que verdaderamente enfrenta el país.
Todos ellos coincidieron en dos cosas: en la manipulación de las cifras y en culpar a los medios.
Es la radio y la televisión, la prensa escrita “amarillista” que destaca, difunde e informa de múltiples actos de violencia que producen una percepción popular “mucho más grave de lo que es”.
¡Qué pena! Que la muy estudiada y docta Claudia Sheinbaum —atributos de los que carecía su antecesor inmediato— recurra al mismo discurso pobre, panfletario y exculpatorio de sus antecesores.
Los medios no matan ni producen secuestros o desapariciones; los medios no extorsionan ni cobran derecho de piso.
Algunos medios, sometidos o amenazados por organizaciones criminales en distintos estados de la República, se convierten en cajas de resonancia e instrumentos de comunicación entre cárteles, pero siempre a la baja y en sentido opuesto a la “glorificación del crimen” como tantas veces han dicho.
Es una excusa barata y pueril acusar al mensajero de los hechos ocurridos y no a los verdaderos responsables.
Pero aun así, es tristemente preocupante que han pasado 25 años, y México, en vez de reducir la actividad criminal, ha sido un patio de recreo para los hampones, corruptos. Criminales de cuellos blancos, azules, de cuadritos o del que sea.
La impunidad es el tono predominante de esta sociedad, donde no se castiga a los asesinos, no se detiene a los ladrones y, mucho menos, se investiga a los políticos corruptos.
Cuando los medios consignan los hechos y exhiben evidencias, la autoridad se molesta. Se muestra ofendida por las irrefutables pruebas de crímenes, operativos, presencia de matones, delincuencia y tantas otras actividades ilegales. Los videos y fotografías les parecen excesivamente ofensivos, innecesarios.
Llevamos más de dos décadas recibiendo a funcionarios en los medios que nos piden “matizar”, “reducir las imágenes”, “editar la sangre y los cuerpos” para no ofender a las santas y buenas conciencias.
Señora presidenta, los medios no son responsables de que la percepción pública en materia de inseguridad y criminalidad vaya al alza. Es la incapacidad de las policías y la Guardia Nacional para contener la oleada criminal creciente que heredó el gobierno anterior.
Se reconoce y aplaude el esfuerzo del titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, en su profesional esfuerzo por combatir el crimen.
Celebramos y festejamos que este gobierno, a diferencia de las criminales ausencias del pasado en esta materia, inacción, pasividad, permisividad total y tantos daños causados entre el 2018 y el 2024, este gobierno, decíamos, se atreva a hacer un viraje profundo en el combate y detección de criminales.
Sin embargo, el discurso barato y, sobre todo, mil veces repetido por los gobiernos anteriores de que “son los medios”, resulta ofensivo para la ciudadanía, porque en el fondo le está diciendo al “amado pueblo”: ustedes no saben, se dejan engañar, la situación no es tan grave como la pintan estos manipuladores tramposos.
En eso, doña Claudia, Andrés y toda su runfla de mentirosos son idénticos a los otros.
Serían felices los funcionarios presentes y pasados de que los medios no dijeran nada más allá del discurso oficial. Las muertes bajan, los homicidios dolosos van en claro y consecutivo descenso, ¡ya es tendencia! —claman—. Se acabaron los feminicidios, los secuestros, el derecho de piso.
Pero la realidad es otra, y obedece a múltiples causas de las que los gobiernos, este y los anteriores, debieran dejar de señalar a enemigos baratos para salir del paso.
























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