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T-MEC: La nueva arquitectura de poder


Columna de opinión escrita por Marcela Gómez Zalce para el diario El Universal


Viernes 3 de julio de 2026


Marcela Gómez Zalce

Todas las acciones emprendidas por la administración del presidente Donald Trump demuestran que sus amenazas y los tintes confrontativos hacia el gobierno de Claudia Sheinbaum han trascendido de lo mediático para convertirse en medidas concretas.


La imposición y amagos de aranceles vinculados al combate al fentanilo y la migración, la presión para una revisión más estricta del T-MEC, la designación de los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas y el incremento de la cooperación e inteligencia contra el crimen trasnacional evidencian una estrategia transversal de mayor presión sobre el Estado mexicano.


En este contexto y con rutas paralelas se va cerrando una pinza estratégica contra la administración de Sheinbaum y Morena. Por un lado, el departamento del Tesoro estadounidense emite un comunicado —en el marco de las sanciones anunciadas contra dos mexicanos y nueve empresas relacionadas con el CJNG— que no deja en este párrafo nada a la imaginación. “..En México los cárteles utilizan sus ganancias ilícitas de las ventas del combustible en el mercado negro para hacer pagos en efectivo a campañas políticas mexicanas y medios de comunicación con el fin de ayudar a elegir políticos mexicanos corruptos dispuestos a ayudar a los cárteles a controlar puestos administrativos clave en el gobierno”.


Y por el otro, la reciente decisión de Trump anunciando la no extensión del tratado comercial y marcando la pauta de revisiones anuales, para sorpresa de nadie.


En este espacio se ha venido reiterando esa posibilidad que finalmente se concretó.


El tema comercial íntimamente ligado a asuntos de seguridad nacional y hemisférica como herramienta de permanente presión de hard power económico sobre México. Al condicionar la certidumbre comercial, inversiones, reglas de origen, acceso preferencial al mercado estadounidense y estabilidad de cadenas productivas, Washington ha venido usando el T-MEC como palanca política para exigir mayor cooperación en el combate a las organizaciones terroristas, sus redes de corrupción y vínculos con los narcopolíticos.


Estas dos vías trazadas han aumentado paulatinamente los costos para Sheinbaum al no alinearse con prioridades estratégicas.


Por ello es razonable considerar que el párrafo del departamento del Tesoro donde ya se vincula la relación del huachicol fiscal y sus recursos ilícitos para el financiamiento de las campañas políticas, con especial dedicatoria a Morena, no es casualidad; es altamente probable que Washington intensifique las filtraciones, investigaciones y acciones contra los vínculos entre actores políticos mexicanos y organizaciones criminales. Especialmente si estima que dichos nexos representan un obstáculo para sus objetivos geopolíticos en la región en el marco del “Escudo de las Américas”.


Y en este preciso contexto el T-MEC trasciende su dimensión comercial para convertirse en un instrumento de gobernanza regional, de seguridad y de proyección del poder estadounidense.


Por consiguiente, errar en dimensionar la sintonía en la dinámica regional electoral y los objetivos (geo)estratégicos de Trump, implicaría subestimar las formas en que las preferencias políticas de los países de este hemisferio influyen en la implementación de una agenda multinacional que rebasa el ámbito interno de los Estados Unidos.


No hace falta ser una lumbrera para entender que, tratándose de Trump, la retórica suele ser el primer capítulo de la política.




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Durante y después del Mundial


Columna de opinión escrita por Héctor Aguilar Camín para el diario Milenio


Viernes 3 de julio de 2026


Héctor Aguilar Camín

Bajo la fiesta del Mundial sigue corriendo la infestejable realidad del país. Cuando termine el Mundial, México será un país peor que cuando empezó. Con los mismos problemas, pero más complicados.


La relación con Estados Unidos y su vigilancia judicial sobre la narcopolítica mexicana ha subido su temperatura durante el Mundial. Cuando termine el Mundial la presión americana será una sombra más grande que cuando empezó el Mundial.


Durante los días del Mundial llegó la decisión estadunidense de revisar el T-MEC año tras año, en vez de prorrogarlo por 16 más. Esta decisión no destruye la economía exportadora mexicana, pero reduce su horizonte como motor de crecimiento del país, el único a la vista.


Cuando termine el Mundial, la economía exportadora de México tendrá un espacio más limitado que el que tenía cuando empezó el Mundial.


Los economistas atentos advierten de la crisis fiscal que anticipan las cifras de la primera mitad del año, conocidas durante los días del Mundial.


Hay un aumento escandaloso de las pensiones, siempre un indicador de alerta máxima para el mediano plazo. Es clara también la falta de ingresos del gobierno, obligado políticamente, sin embargo, a repartir pensiones adicionales en sus “programas sociales”.


Dice bien Macario Schettino: si quieren preocuparse por algo que oculta el Mundial, olvídense del T-MEC disminuido, échenle una mirada a la falta de dinero y el exceso de gastos del gobierno: una crisis fiscal en marcha.


Mientras transcurre el Mundial, los homicidios y la corrupción se ocultan de nuestra mirada, ocupada en el Mundial, pero siguen ahí, tan reales como siempre, lo mismo que la impericia de un gobierno que ha destruido sus instrumentos para gobernar y carga sobre sus espaldas una herencia ruinosa, cada día más difícil de cargar.


La invitación a la fiesta del Mundial es invencible, pero el Mundial ha de terminar alguna vez y, cuando termine, quedará sólo el tremendo vacío del fin de la fiesta, la cruda mundialista, el regreso al país agravado que nos hace olvidar el Mundial.


Todo eso nos espera adelante, un duro fin de fiesta y un regreso a la dura realidad. Salvo que gane México el Mundial, y la fiesta siga, sin cruda, hasta el fin de la historia.




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Estados Unidos de América, 250


años


Columna de opinión escrita por José Elías Romero Apis para el periódico Excélsior


Viernes 3 de julio de 2026


José Elías Romero Apis

En su 250 aniversario, celebro y saludo la independencia de Estados Unidos y su concretización, lograda 10 años después de aquélla, mientras las 13 colonias se mantuvieron desligadas y desunidas. Ese suceso cambió, para bien, la política del mundo, comenzando por la nuestra.


Se cuenta que, en esos tiempos, en una ocasión, John Adams, representante de las colonias ante Inglaterra, se presentó ante el primer ministro William Pitt para tratar un asunto muy grave para la joven nación. El inglés le resolvió, con ostensible menosprecio, que no eran iguales, puesto que los americanos ni tenían constitución ni eran país ni tenían soberano.


John Adams era un abogado que comprendió la necesidad de ser un Estado para hablar “de igual a igual”. La mayoría de sus paisanos políticos eran muy modestos, aunque eran verdaderos iluminados que habrían de inventar el sistema que hoy han copiado 80% de los países del planeta, mismos que también han copiado las prerrogativas de la Revolución Francesa y de la Reforma Mexicana. 


Todavía habría de transitarse un largo camino rumbo a la vida constitucional. Los ruegos de Alexander Hamilton para lograr el imprescindible liderazgo congresional de George Washington. La renuencia inicial de éste y su final aceptación. La desconfianza generalizada de las delegaciones estatales. El nutrido asesoramiento de ideas europeas, surtido desde París por Thomas Jefferson. El cabildeo personal y periodístico del propio Hamilton, asociado con James Madison y John Jay. 


La posición de Nueva Jersey. La oposición de Virginia. La transacción de Connecticut. El críptico juego de Benjamín Franklin. La exclusión del voto de Nueva York por motivos legaloides. La paciencia de Washington. Y la votación aprobatoria, ciertamente apretada, pero republicanamente aceptada por todos. Sin esa unión, su futuro hubiere sido incierto. De allí el lema de la nación “E pluribus, unum”, de muchos, uno. Se dice que otro día Adams volvió ante Pitt para entregarle ya “de igual a igual” un pergamino y decirle fríamente: “Excelencia, lea este documento que va a cambiar la historia del mundo. Se llama Constitución de los Estados Unidos de América”.  


Las ideas políticas han producido más cambios que todas las guerras, que todas las revoluciones o que todas las conquistas, y han transformado la historia de las naciones. Por eso, los tiranos temen mucho a los pensadores políticos, pero confían mucho en los cárteles de delincuentes. Las ideas han movido a las armas, pero las armas nunca han movido a las ideas. Sin embargo, a veces las ideas no son entendidas plenamente ni por sus autores ni por aquellos a los que van dirigidas. Recurro a tres episodios. 


La Revolución Francesa de 1789 proclamó la igualdad. De ella deviene la libertad, porque todos los hombres son iguales; la democracia, porque todas las voluntades son iguales, y la justicia, porque todos los derechos son iguales. Pero, en su origen, la frase “a las armas, ciudadanos” era inentendible, porque no se sabía lo que era un ciudadano. 


La Reforma Mexicana de 1857 proclamó la separación entre el Estado y la Iglesia. Creo que todavía no nos lo perdonan los afectados, pero 160 países nos han seguido. Más tarde, propusimos el sufragio efectivo, en un libro que nadie leyó, pero que provocó una revolución en un país de analfabetas y dio paso al sistema más estable de la historia de la América Latina. 


La Revolución Norteamericana de 1776 proclamó la república federal, el gobierno democrático, la libertad constitucional y la soberanía popular. Al principio, nadie sabía lo que significaba una constitución decretada por “nosotros, el pueblo”. Adams le dijo a Pitt que “mi soberano es más poderoso que el suyo”. El pueblo de EU no tiene límites, pero el monarca de UK sí está limitado. 


En buena hora los franceses, los mexicanos y los estadounidenses nos sacaron de las cavernas. Ojalá que nunca regresemos a ellas.

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