33 horas después
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Columna de opinión escrita por Max Cortázar para Excélsior
Martes 25 de agosto de 2026
Max Cortázar
El fin de semana dejó una noticia que, de no ser por la gravedad de lo que representa, habría parecido un mal chiste político. Rubén Rocha Moya regresó al gobierno de Sinaloa y, apenas 33 horas después, volvió a irse tras solicitar una licencia indefinida. Su fugaz retorno terminó exhibiendo el tamaño del problema político que representa para Morena y para el gobierno federal.
La reacción del oficialismo fue inmediata. Desde Palacio Nacional, comenzaron los deslindes; en el Congreso aparecieron las críticas y quienes durante meses habían cerrado filas con el gobernador, empezaron a tomar distancia.
La contradicción es evidente. Durante meses, Morena sostuvo que no existían pruebas contra Rocha Moya, que los señalamientos debían demostrarse y que las acusaciones formaban parte de una campaña política. Mientras que defenderlo tuvo un costo manejable, el gobernador no estuvo solo. En la Cámara de Diputados fue arropado por figuras como Ricardo Monreal, mientras legisladores lo rodeaban entre aplausos y al grito de “¡No estás solo!”. También recibió el respaldo público de gobernadores de Morena, quienes firmaron un desplegado para cerrar filas en torno a él.
Pero bastó con que anunciara su regreso para que ese respaldo comenzara a desmoronarse. La Presidenta afirmó que no tenía conocimiento previo de su decisión; Morena señaló que el movimiento no había sido consultado y algunos de sus propios compañeros le pidieron reconsiderarlo. En cuestión de horas, el gobernador que había sido defendido durante meses, se convirtió en una carga política de la que el oficialismo quiso tomar distancia.
Ahí está la parte más preocupante. Si realmente nadie en Palacio Nacional sabía que Rocha Moya preparaba su regreso, la falta de control dentro del gobierno es evidente. Un gobernador pudo retomar el poder y provocar una crisis política nacional sin que la Presidenta de la República estuviera enterada.
Y si, por el contrario, sí lo sabían y el deslinde apareció únicamente cuando comenzaron las críticas, entonces el escenario es todavía más grave: estaríamos ante una decisión política calculada para dejar que el costo lo asumiera el gobernador cuando la presión se volvió insostenible.
El problema para Claudia Sheinbaum trasciende a Rocha Moya. La crisis de Sinaloa vuelve a poner bajo los reflectores los señalamientos y denuncias que distintos actores han formulado contra otros integrantes de Morena y gobiernos estatales. También obliga a preguntar hasta dónde llega el conocimiento y el control del gobierno federal sobre lo que ocurre en los estados.
A esto se suma el caso de Mara Lezama, gobernadora de Quintana Roo, luego de que se difundiera información sobre el uso de aviones privados y gastos millonarios en vuelos, hechos que contrastan con el discurso de austeridad que Morena ha convertido en una de sus banderas.
Mientras tanto, Sinaloa continúa atrapado en una crisis de violencia e incertidumbre. Los ciudadanos siguen pagando las consecuencias de un gobierno incapaz de ofrecer la estabilidad que debería ser su primera obligación.
El regreso de Rocha Moya duró apenas 33 horas, pero fue suficiente para exhibir tres cosas: a un gobernador que todavía se siente con fuerza para volver al poder, a un partido que intentó desmarcarse cuando defenderlo dejó de ser rentable y a un gobierno federal que, según su propia versión, se enteró de la decisión cuando los hechos ya estaban consumados.
Y ahí está el verdadero problema.
Porque si la Presidenta no sabía, alguien más está tomando decisiones de enorme trascendencia dentro del gobierno. Y si sí sabía, entonces el problema es todavía mayor. En cualquiera de los dos escenarios, queda una pregunta inevitable: ¿quién manda realmente en el México de Morena?
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Guardián de la memoria
Columna de opinión escrita por Enrique Krauze para Reforma
Martes 25 de agosto de 2026
Enrique Krauze
Nos conocimos en el fragor del 68. Él era consejero universitario por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y yo por la de Ingeniería. No recuerdo cuáles fueron las primeras palabras que cruzamos. Él sí las recordaba. Él recordaba tantas cosas. Se llamaba -y cómo duele, a unos días de su muerte, usar ese tiempo verbal- Fausto Zerón-Medina.
Nació en 1947. Pasó su infancia y adolescencia en Guadalajara donde estudió en colegios maristas y jesuitas. Cuando llegó a México para cursar simultáneamente la carrera de leyes y de ciencias políticas, traía consigo un asombroso bagaje de cultura católica. Su saber, metódico y comprensivo, se centraba en la historia de la Iglesia en México, pero su catolicidad hacía honor a la raíz griega de la palabra. Lo abarcaba todo: las artes y la literatura, la filosofía y la teología. Y en ese todo, por supuesto, cabía la cultura clásica que Fausto también hizo suya.
Por sus obras -como manda el Evangelio- comencé a conocerlo. Me surtía de libros y folletos provenientes de la biblioteca de su abuelo, sugerencias sobre enfoques históricos, datos desconocidos, nuevas pistas, documentos sorprendentes. Nunca fue condescendiente. Por el contrario: introducía matices, incertidumbres, intentos de mesura.
Cuando juntos fundamos la Editorial Clío en 1991, Fausto puso su amoroso empeño en la escritura y edición de un libro hermosísimo: lo tituló Felicidad de México. No era solo la historia ilustrada de la Virgen de Guadalupe, sino la historia de la Virgen María y su advocación mexicana.
Mi amigo y yo admirábamos las telenovelas históricas de los años sesenta y setenta, magistralmente escritas por Eduardo Lizalde y Miguel Sabido. En los ochenta Fausto comenzó a construir una nueva etapa del género junto con el gran productor Ernesto Alonso. El ciclo, creado en Televisa y alentado por Emilio Azcárraga Vidaurreta, comprendió tres series que el público siguió con pasión: Senda de gloria, El vuelo del águila y La antorcha encendida. Poco después, Fausto escribió Los Minondo, para Canal 11.
Recuerdo con nostalgia El vuelo del águila. Tenía 140 capítulos. Con meticulosidad y rigor, Fausto no solo investigó los hechos históricos y el perfil de los personajes, sino el mundo que los enmarcaba: los escenarios, los paisajes, el mobiliario, la vestimenta, las formas de hablar. La producción incluyó escenas espectaculares de participación popular, en especial las batallas. Como complemento, Fausto editó libros ilustrados en los que el lector podía recorrer un siglo de historia a través de objetos, reliquias, cartas, retratos, manifiestos, postales: museos en papel.
Fausto vivía en el pasado. Es ahí donde era feliz. Rodeado de muebles antiguos en su casa de Coyoacán, tarareando canciones de los años veinte. Quizá su vocación nació en la frecuentación de sus abuelos, sobre todo a su abuela Julia (memoriosa mujer, que vivió hasta los 101). Tal vez por eso quería restaurar el abolengo mexicano.
Restaurar, ese era su empeño. Apoyando a Josefina Laris -su encantadora y dinámica esposa- Fausto colaboró en la fundación de "Adopte una obra de arte", institución que ha devuelto la vida y el esplendor a varias antiguas iglesias y capillas, sobre todo en Michoacán. Para Fausto, pasar unos días en su casa de Tzintzuntzan, junto al convento fundado por Vasco de Quiroga, no era un descanso: era una epifanía.
Las tres virtudes teologales libraban una dura batalla en su alma: nunca supe si mantuvo la fe, sé que muchas veces perdió la esperanza, pero siempre practicó la caridad. Así interpreto su colaboración con Guita Schyfter y Hugo Hiriart en la película Huérfanos sobre Melchor Ocampo. Aquel gran liberal había crecido en un orfanatorio, al cuidado de una santa mujer que recogía niños desamparados. Fausto comprendía muy bien esa vocación. Había trabajado afanosamente al lado de Rosa Verduzco en aquella institución que salvó la vida de cientos de niños que ahora son abuelos y bisabuelos, obra que la ceguera y la maldad del gobierno se empeñó en destruir.
El pasado mes de mayo, en torno a los cumpleaños y fechas luctuosas de nuestras familias, me escribió: "Pesar y alegría. Brisa y escarcha. Futuros sobre un enjambre de pasado". La memoria para él era un intento de detener el tiempo. Y parafraseando a Unamuno, cuyo sentimiento trágico de la vida compartía, agregó: "el tiempo es forma de la eternidad".
En la penuria, me apoyó. En la duda, me orientó. En el dolor, me consoló. Debería existir una palabra para la orfandad del amigo.
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El interrogatorio del FBI a Farías
Laguna
Columna de opinión escrita por Héctor de Mauleón para El Universal
Martes 25 de agosto de 2026
Héctor de Mauleón
La reunión que el excontralmirante Fernando Farías Laguna sostuvo con agentes del FBI tuvo lugar el pasado jueves 20 de agosto.
Comenzó poco antes de las 18:00 horas y se prolongó hasta después de las 20:00.
Se llevó a cabo en un despacho del penal de Ezeiza.
El FBI exigió que el abogado de Farías, Félix Helou, no estuviera presente.
Solo estuvieron en aquel despacho el excontralmirante, el agente del FBI Mike Nader y el representante del buró en la embajada de Estados Unidos en Argentina.
Faltaban solo unas horas para que Farías fuera entregado oficialmente a los agentes de la Secretaría de Marina que habrían de trasladarlo en una aeronave de esta dependencia a territorio mexicano, en donde se le acusa de encabezar una red de tráfico de huachicol operada desde la cúpula de la Semar, en tiempos en que la Secretaría estuvo dirigida por el almirante Rafael Ojeda Durán, su tío político.
Desde su detención el 23 de abril, el excontralmirante estuvo recluido en el penal en condiciones que, según su abogado, solo se destinan a los detenidos de alto riesgo:
Solo tenía luz natural durante cuatro horas al día. Contaba con apenas cinco minutos diarios para hablar por teléfono con familiares o abogados. Helou denunció que no tenía acceso siquiera a un lápiz, tampoco a su expediente.
Alegó que Farías tenía un problema cardiaco y que el penal carecía de las condiciones necesarias para que su estado de salud fuera vigilado de manera adecuada.
El del FBI fue un interrogatorio largo. Según la información que pude obtener, el excontralmirante indicó a los agentes dónde buscar los elementos más relevantes de la red, “principalmente siguiendo la ruta del dinero”. Explicó cómo y quién habría comprado en Texas el combustible que iba a ser introducido en México de manera ilegal; quién habría contratado los barcos, y habló de “otros aspectos que podrían ayudar a reconstruir las operaciones”.
La información que Farías transmitió, según dijo, pudo conocerla a través de quien era entonces su tío político, el almirante Rafael Ojeda, a quien, asegura, denunció primero a través de una serie de mensajes, y luego en conversaciones que sostuvo con este, la existencia de la red de tráfico de huachicol que operaba desde las principales aduanas marítimas.
Sostuvo también que de ningún modo “participó en las operaciones o en las decisiones que son objeto de investigación”.
Alegó en su defensa que fue él quien acercó al contralmirante Fernando Guerrero Alcántar con quien entonces se desempeñaba como secretario de Marina.
El 14 de junio de 2024, Guerrero Alcántar denunció en la oficina del almirante secretario el modo de operar de esa red. Le entregó los nombres de algunos de los mandos involucrados: el capitán Miguel Ángel Solano Ruiz y el capitán Climaco Aldape Utrera.
Ambos decían actuar en nombre de los sobrinos del almirante: el propio Fernado Farías Laguna y su hermano, el almirante Roberto Manuel Farías.
La reunión fue grabada y provocó un escándalo cuando se oyó a Ojeda proponer: “O destapamos todo esto y me vale madre a mí quién caiga, porque yo no estoy metido en eso; o tratamos de cerrarlo aquí nosotros con el cambio de toda esa bola de cabrones”.
Guerrero Alcántar salió con la orden de consignar por escrito lo que había denunciado.
Al cambio de administración, al finalizar el sexenio de López Obrador, la Unidad de Inteligencia Naval de la Marina aceleró las investigaciones. El 8 de noviembre, en el último día de las vacaciones que había solicitado, Guerrero Alcántar fue emboscado y asesinado en Manzanillo.
Había admitido que era parte de la red. Inteligencia Naval advirtió que sabía mucho más de lo que había dicho frente al entonces secretario. Pero entonces lo asesinaron, como parte de una operación de encubrimiento que cobró las vidas de varios marinos involucrados en el escándalo.
Desde el 20 de agosto, todo lo que Farías Laguna podía saber está en poder del gobierno de Estados Unidos y el FBI habría confirmado para dónde corren los hilos de una red que en el gobierno de AMLO saqueó a la nación más de 600 mil millones de pesos.
En una entrevista con MVS, la esposa del excontralmirante lanzó una pregunta: ¿por qué no se ha investigado ni llamado a declarar a ninguna de las grandes figuras que aparecen mencionadas en el expediente?





















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