top of page

Del obradorismo al sheinbauismo


Columna de opinión escrita por Ana Paula Ordorica para el diario El Universal


Miércoles 18 de febrero de 2026




En Morena existe el obradorismo. Lo que no existe todavía es el sheinbaumismo. La mejor prueba de ello la dio, sin quererlo, Marx Arriaga. El ahora exdirector de Materiales Educativos de la SEP, uno de los principales arquitectos de los polémicos libros de texto gratuitos, reaccionó a su remoción como un cuadro desplazado de una causa superior. Denunció que su salida era un intento de desmontar “el proyecto educativo del obradorismo”.


No habló del proyecto educativo de Claudia Sheinbaum. Habló del de Andrés Manuel López Obrador. No es un matiz menor. Es una definición política muy clara de lo que hoy hay en Morena… y de lo que no existe.


Arriaga no es un caso aislado. Es un síntoma. Su reacción confirma que, dentro de Morena, el referente sigue siendo López Obrador. El poder formal cambió de manos, pero el poder simbólico sigue anclado en el pasado reciente. Y mientras eso no cambie, la autoridad política de Sheinbaum será necesariamente incompleta.


Toda sucesión implica una transición no sólo administrativa, sino narrativa. Gobernar no es únicamente ejercer el poder; es también definir su sentido. López Obrador no sólo gobernó, creó una identidad política. El obradorismo es, más que un programa de gobierno, un marco mental. Una forma de interpretar al país, sus élites, sus agravios y su destino. Quienes forman parte de Morena saben qué significa ser obradoristas. Lo que no saben todavía es qué significa ser sheinbaumistas.


Ese vacío es peligroso. Porque hoy, dentro de la autodenominada 4T, conviven (o intentan convivir con muchos problemas) dos corrientes claramente diferenciadas, los radicales y los moderados.


Entre los radicales se encuentran figuras como el propio Marx Arriaga, Jesús Ramírez, Pablo Gómez o Gerardo Fernández Noroña, exponentes de una izquierda ideologizada, confrontacional, convencida de que la transformación pasa por desmontar no sólo estructuras de poder, sino también los marcos conceptuales del México contemporáneo. Su lenguaje es de ruptura. Su legitimidad proviene de la pureza doctrinal.


En el otro extremo están los moderados. Figuras como Alfonso Ramírez Cuéllar, Ricardo Monreal, Marcelo Ebrard o el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, representan una corriente más pragmática. Su lógica es de gestión, no de cruzada. Entienden el poder como instrumento de gobernabilidad, no como vehículo de reivindicación histórica.


Ambos grupos coexisten, pero no necesariamente convergen. La pregunta central es ¿con quién se identifica Claudia Sheinbaum? Hasta ahora, la respuesta no es clara. Su discurso oscila entre la lealtad al legado y la necesidad de construir su propia legitimidad.


El obradorismo fue el resultado de años de confrontación, narrativa y liderazgo personal. López Obrador construyó una causa, no sólo una administración. Por eso sus seguidores se asumen como parte de un proyecto que trasciende el sexenio.


Sheinbaum enfrenta ahora el reto de transformar una herencia en un liderazgo propio. La falta de una identidad política definida genera incertidumbre interna. Los cuadros no saben a qué proyecto responden. Las lealtades se fragmentan. Las facciones se fortalecen. Y en ese vacío, el poder se diluye.


La escena de Marx Arriaga es reveladora precisamente por eso. Mientras los actores políticos sigan defendiendo el obradorismo como causa viva, el sheinbaumismo seguirá siendo una promesa pendiente.


Toda presidenta necesita algo más que el cargo. Necesita un proyecto que lleve su nombre. Seguir en la ambigüedad de querer construir el México que ella quiere e imagina pero a la vez defender el que él pensó y le heredó le está generando demasiados problemas a la presidenta. Problemas que no harán más que crecer ante esta indefinición.




—--------------------------------------------------------------------------------




Sarampión: otra herencia maldita


del sexenio pasado


Columna de opinión escrita por ​Leo Zuckermann para el periódico Excélsior


Miércoles 18 de febrero de 2026


Leo Zuckermann

En 2016, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que México había eliminado el sarampión endémico. Esta enfermedad viral, que puede causar la muerte, ya no circulaba de forma permanente. Sólo había casos importados.


Con toda razón, el anuncio se consideró como un logro mayor de la salud pública de nuestro país.


El sarampión, sin embargo, ha regresado.


Nuevamente hay brotes y muertes por esta enfermedad.


Y, no nos hagamos bolas, sí hay un responsable de este fracaso: el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.


Como tantas cosas en este país, echaron a perder un sistema que funcionaba.


Me refiero a las campañas nacionales de vacunación masiva que se implementaron en los años 90 del siglo pasado. Sí, en el periodo neoliberal, el gobierno asumió la responsabilidad de erradicar enfermedades que se podían evitar si se aplicaba vacunas eficaces para generar que el sistema inmunitario reconozca y combata los gérmenes causantes de afecciones como el sarampión.


Durante años se aplicaron vacunas con brigadas casa por casa llevando un registro infantil sistemático. Se logró una cobertura nacional lo que permitió una caída drástica de los casos. Al punto que el sarampión se erradicó.


Pero vino el gobierno de López Obrador que le dio prioridad a la repartición de dinero en efectivo de programas sociales en detrimento de otras áreas del gobierno como la salud.


No es que la administración de la llamada Cuarta Transformación haya dejado de vacunar. Lo que hubo, como en tanta áreas, fue un caos administrativo.


López Obrador llegó y puso en posiciones clave de la salud pública a ineptos siguiendo su dictum de funcionarios 90% leales y 10% capaces. Inmediatamente comenzaron a desmantelar instituciones que funcionaban como el Seguro Popular reemplazado por un esperpento llamado Insabi que nunca operó.


La desorganización administrativa se tradujo en problemas de logística y retrasos en las compras de vacunas. La Secretaría de Salud y el Instituto Mexicano del Seguro Social tuvieron dificultades para coordinarse.


El resultado fue la interrupción temporal en los exitosos programas de vacunación.


Las vacunas, como en el caso de las medicinas, sufrieron por la cancelación de licitaciones, cambios de proveedores, compras tardías y una centralización excesiva. Esto afectó la aplicación de los reactivos en contra del sarampión, tuberculosis, hexavalente y triple viral. En varios estados hubo desabasto intermitente.


La pandemia de covid-19 tampoco ayudó. En este espacio hemos dado cuenta del gran fracaso del gobierno en el manejo de esta epidemia que dejó, según la OMS, más de 600 mil muertes, uno de los peores índices del mundo.


Durante la pandemia, cerraron los centros de salud pública y se suspendieron las campañas masivas de vacunación. La “prioridad” (pongo entre comillas esta palabra a propósito por los malos resultados obtenidos) fue el combate al covid-19 pasando las vacunas a un segundo plano.


Una vez superada esta pandemia, el gobierno tampoco hizo mucho por subsanar el rezago en la vacunación.


Agréguese la llamada “austeridad republicana”. Los recortes en el sector salud significaron menos personal temporal, menos brigadas, menos promoción y menos dinero para logística.


Entre 2019 y 2023, la vacunación infantil completa bajó y aumentaron los niños con esquemas incompletos de vacunación (el sarampión requiere dos aplicaciones); eventualmente, reaparecieron brotes aislados.


Así llegamos a la situación actual donde, como en tantos rubros, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum está tratando de resolver la herencia maldita que le dejó su predecesor.


De acuerdo con datos del Sistema Especial para la Vigilancia Epidemiológica de las Enfermedades Febriles Exantemáticas, del 1 de enero al 16 de febrero de este año hay 25,799 casos probables de sarampión de los cuales se han confirmado 9,850.


“El grupo de edad con el mayor número de casos es de 1 a 4 años (1,434 casos), seguido del grupo de 5 a 9 años (1,204 casos) y el de 25 a 29 años (1,094 casos). La tasa de incidencia más elevada se presenta en los menores de un año con 54.12 casos por cada 100 mil habitantes, seguido del grupo de 1 a 4 años y 5 a 9 años, con tasas de 16.73 y 11.37 respectivamente”.


En cuanto a las defunciones, se han confirmado 31 en 2025-2026, distribuidas en ocho estados, incluyendo una en la Ciudad de México.


El sarampión es una enfermedad más contagiosa que el covid-19. Ya está entre nosotros. Otra herencia maldita más del gobierno anterior. Una muestra más de lo malo que resultaron estos supuestos estatistas que desmantelaron instituciones del Estado construidas y operadas con eficacia durante el periodo neoliberal.




Suscríbete para recibir novedades exclusivas

¡Gracias por suscribirte!

Contacto

  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram

Conmutador: (624) 145 7963

Teléfonos: 624 145 7912 (Ventas)

624 145 8182 y 624 145 8183 (Cabina)

Email: contacto@cabomil.com.mx

© 2026 Cabo Mil , Sitio Realizado y administrado por Imandi

bottom of page