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¿La Presidenta a prueba?


Columna de opinión escrita por ​Joaquín López-Dóriga para el diario Milenio


Jueves 15 de enero de 2026


Joaquín López-Dóriga

No. Ese es mi límite.


Florestán


Anoche, en palacio, la presidenta Claudia Sheinbaum, acompañada de su Secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, y de los líderes parlamentarios Adán Augusto López Hernández y Ricardo Monreal, recibió la propuesta de reforma política-electoral del comité que ella designó y encabeza Pablo Gómez.


Los puntos centrales de esta iniciativa son:


1. Reducir diputados plurinominales de 200 a 100, para dejar una Cámara de 400;


2. En el Senado, eliminar 32 plurinominales, dejando a los 62 de mayoría y 32 de primera minoría, 92, de los 128 actuales;


3. Cancelar el financiamiento a los partidos a un 25 por ciento de las prerrogativas solo en años de elecciones federales y dejarlos en cero los otros cuatro;


4. Autorizar registro de nuevos partidos, en la actualidad solo para las elecciones intermedias, para las presidenciales;


5. Llevar la revocación de mandato presidencial del cuarto año, que establece la Constitución, a las intermedias, el año que viene, para poner a la presidenta Sheinbaum en la boleta e impulsar a Morena.


No sé, aún, lo que haya respondido la Presidenta anoche, pero en esa propuesta hay varias manzanas envenenadas.


La primera es meterla en el proceso electoral, vía la ratificación de mandato, cuando en 2024 obtuvo 36 millones de votos, 60 por ciento de la participación, lo que nadie en este siglo, y ahora pudiera, por razones elementales, sumar menos, lo que sería devaluarla, riesgo que con la aceptación que tiene, más de 70 por ciento, no tiene por qué correr.


Otra es romper la mayoría calificada para sacar esta reforma, por decretar la muerte de los demás partidos, incluidos sus aliados, Verde y PT, ya no se diga a los de oposición.


Esta propuesta pasa más por Palenque que por Palacio Nacional y va dedicada más que a las elecciones de 2027 a las presidenciales de 2030.


Todo está en manos de la Presidenta de la República y la iniciativa que, a partir de este documento, envíe al Congreso.


RETALES


1. SILENCIO. De esa propuesta se desconoce el tema de medios de comunicación, tema esencial en las anteriores reformas, pero conociendo a Gómez, irá por la censura vía la defensa de las audiencias, otra herramienta de silenciación de la 4T;


2. CHIQUILLERÍA. Con el posible registro de SomosMX como partido político, el régimen está por aprobar la versión 3.0 del PES, de Hugo Eric Flores, que lleva como siglas CSP, las iniciales de la presidenta, que por solo ese hecho debe ser desechado.




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Reforma regresiva


Columna de opinión escrita por Sergio Sarmiento para el diario Reforma


Jueves 15 de enero de 2026


Sergio Sarmiento

"La democracia es hermosa en la teoría;

en la práctica es una falacia".


Benito Mussolini, 1928

 

 

Benito Mussolini conquistó el poder en Italia con la "marcha sobre Roma" del 27 al 29 de octubre de 1922. El rey Víctor Manuel III se negó a firmar el decreto del primer ministro Luigi Facta que declaraba un estado de sitio para detener a los fascistas y en cambio le pidió a Mussolini, el 29 de octubre, que formara un nuevo gobierno, pese a que los fascistas eran una minoría en el parlamento.

Bastante menos se conoce que la dictadura vino posteriormente tras una reforma electoral. La impulsó el diputado fascista Giacomo Acerbo, con el argumento de lograr gobernabilidad en un país de enorme fragmentación en las bancadas parlamentarias. Acerbo propuso que el partido que ganara una elección con 25 por ciento de los votos obtuviera en automático una mayoría calificada de 66 por ciento. La ley fue aprobada con el respaldo de partidos y diputados demócratas y se promulgó el 18 de noviembre de 1923. La sobrerrepresentación le permitía a Mussolini gobernar sin oposición.


"Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo", escribió el filósofo Jorge Santayana en La vida de la razón. Por eso hoy debemos recordar cómo se perdieron la democracia y la libertad en otros tiempos y otros países. En México, donde vivimos casi todo el siglo XX bajo un régimen de partido hegemónico, la "dictadura perfecta" como la llamó Mario Vargas Llosa, las lecciones del pasado son especialmente pertinentes, porque hoy se está haciendo un llamado a una reforma electoral cuyo propósito parece ser el de consolidar un nuevo régimen de partido único.


Ya Pablo Gómez -beneficiario de las reformas electorales de los años noventa que llevaron a México a tener por primera vez en la historia una verdadera democracia con alternancia de partidos en el poder- ha señalado que "un órgano administrativo como el INE no puede ser autónomo". La presidenta Claudia Sheinbaum ha dicho que la reforma debe ahorrar dinero: reducir el financiamiento público de los partidos, disminuir el costo de hacer elecciones, bajar el número de legisladores para que el Congreso cueste menos. Pero ya vimos con las reformas del expresidente López Obrador que los cambios políticos que se hacen supuestamente para lograr ahorros se utilizan más bien para beneficiar a la mafia del poder.


La reforma electoral no debe ser regresiva, no debe llevarnos una vez más a un régimen de partido hegemónico. El INE debe gozar, por supuesto, de autonomía, pero no puede ser una institución dominada por una sola persona, la Presidenta, sino que debe convertirse nuevamente en un organismo colegiado en todas sus funciones. Por supuesto que debemos disminuir el costo de las elecciones y de los partidos políticos, pero ese no debe ser el objetivo de la reforma, sino construir un sistema en el que efectivamente queden representados todos los grupos sociales y se preserven los derechos de las minorías. La reforma electoral debe garantizar la alternancia de partidos en el poder, porque a fin de cuentas esa es la prueba de fuego de una democracia.


Los fascistas, afirmaba Mussolini, "hemos enterrado el pútrido cadáver de la libertad", "la gente está cansada de la libertad". Quizá por eso los partidos democráticos italianos no detuvieron en 1922 la marcha sobre Roma ni en 1923 la Ley Acerbo. Los mexicanos no debemos caer hoy en el mismo error. Una reforma electoral debe ser progresista, avanzar en la alternancia y en los contrapesos al poder, no regresar a un régimen de partido único.



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La última estación


Columna de opinión escrita por Pascal Beltrán del Río para el periódico Excélsior


Jueves 15 de enero de 2026

Pascal Beltrán del Río

Dice Plutarco, en Vidas paralelas, que cuando Alejandro Magno llegó al final de sus guerras de conquista, lloró de frustración, pues ya no había más mundos de los cuales apoderarse.


Guardadas todas las proporciones históricas, la autodenominada Cuarta Transformación ha llegado, como el rey macedonio, a su última estación. Una vez que saque adelante su pretendida reforma electoral –que se presentó ayer por la tarde en Palacio Nacional–, ya no tendrá nada más que transformar.


Todo comenzó, como recordará el lector, en el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien se propuso acabar con cualquier cosa que oliera a “neoliberalismo”.


El problema es que muchas de esas modificaciones terminaron peor que los supuestos males que quería extirpar: aeropuertos sin pasajeros, trenes descarrilados, una dizque austeridad que disparó la deuda, un sistema de salud sin medicamentos, una lucha contra “delincuentes de cuello blanco” que dio lugar a millonarios instantáneos, etcétera.


Todo lo que el movimiento gobernante se ha propuesto deshacer, lo ha deshecho. Cuando ha sido necesario, por la mala. Así fue con las reformas constitucionales emprendidas a partir de septiembre de 2024, con mayorías calificadas en el Congreso que no ganó en las urnas. De esa manera, renovó a su gusto el Poder Judicial y eliminó los órganos autónomos que le hacían contrapeso. “Haiga sido como haiga sido”, México tiene, en los hechos, otro régimen político.


O casi, porque aún falta el trámite de la reforma electoral. Si ésta viene como se prevé, la República retrocederá varias décadas, a tiempos en que el oficialismo controlaba el órgano electoral, que, según pontificó esta semana Pablo Gómez, titular de la llamada Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, ya no tiene por qué ser autónomo.


En ese sentido resulta ad hoc que la segura aprobación de la iniciativa que en breve enviará el Ejecutivo al Congreso, para destruir el sistema electoral que le permitió llegar al poder, coincida con el 50 aniversario de la elección presidencial de 1976, cuando hubo un solo candidato en la boleta, hecho que forzó al sistema de partido hegemónico de entonces a abrirse a la competencia con el fin de evitar la vergüenza en el escenario internacional.


Y después de eso, ¿qué? Pues sí, a concentrar aún más el poder. A ganar elecciones ante una oposición desarticulada e indefensa, montado en el uso político de los programas sociales, pero sin posibilidad de prometer ninguna otra transformación, porque no quedará ya ningún otro mundo por conquistar.


A final de cuentas, la predictibilidad no dura. Con el tiempo, se agota. Como se le agotó a Porfirio Díaz. Como se le agotó al PRI. Como se le agotó al chavismo. Como se le está agotando a la teocracia iraní. Termina, de una forma o de otra. Lo único que tiene oportunidad de perdurar es lo que se renueva. Y para renovarse, se necesita alternancia y equilibrios. No unanimidad, no discrecionalidad.


Lo que resiste, apoya. Esa máxima, trasplantada a la realidad mexicana por Jesús Reyes Heroles –artífice de la reforma política de 1977, que abrió un camino de participación legal para Pablo Gómez y otros de su generación– sigue siendo válida. Sin embargo, el oficialismo ha decidido que puede inventar su propia historia y que no requiere respaldo alguno.


Y así, el tren de la Cuarta Transformación habrá arribado a su última parada, de la que sólo podrá salir en reversa.



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