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Romper


Columna de opinión escrita por Jesús Silva-Herzog Márquez para el diario Reforma


Lunes 4 de mayo de 2026


Jesús Silva-Herzog Márquez

Ante la política gangsteril de Donald Trump, nada debilita tanto a México como la asociación criminal del grupo gobernante. La única manera de proteger el interés nacional es emprender, de inmediato, una tala radical. La bandera que se agita con el discurso soberanista debería mover a la acción interna para recuperar de los criminales el espacio que se les ha cedido. Si ha habido en la historia reciente de México un momento de verdadera urgencia, un tiempo que exige la actuación resuelta y firme del poder para desprenderse de cargas insostenibles, es ahora. La crisis que ha estallado no está encapsulada en la estructura política del estado de Sinaloa. Se expande en buena parte del país donde Morena ha hecho pacto con los violentos. Aquellos abrazos del lema presidencial fueron también el sello de una estrategia electoral replicada plaza tras plaza.


Las solemnidades del soberanismo no se escucharon en los últimos años hacia adentro como se proclaman ahora hacia afuera, como discurso de dignidad. El país fue perdiendo el control territorial bajo el mando de Morena sin que nadie entonara el himno de la unidad nacional. Los gobiernos morenistas fueron adjudicando territorios a los conglomerados criminales, hicieron pactos electorales con los cárteles, entregaron candidaturas a delegados del crimen, cerraron los ojos ante la barbarie para consagrar el imperio delincuencial que ha ensangrentado al país y que ahora lo tiene frente a la más grave amenaza exterior que México ha enfrentado en décadas. Por supuesto que el nuevo partido hegemónico no ha sido el único partido que ha entrado en complicidades con el crimen. Todos los partidos llevan esa mancha. Pero el monopolio de los últimos años, el control casi absoluto que tiene de los espacios de gobierno coloca en la cancha de Morena una responsabilidad única. El problema que Morena heredó lo ha agravado con creces en estos años.


El caso de Sinaloa es emblemático no solamente porque se trata de un estado con una larguísima historia de complicidad entre el poder y el crimen. Por ser sede de uno de los cárteles más fuertes y violentos del país. Lo es ahora porque el poder central está enredado como nunca en esa telaraña. Desde hace cinco años, lo que sucede en Sinaloa está atado a lo que sucede en el núcleo del poder nacional. En el gobierno de Rocha Moya se enlazan, desde su inicio, los hilos de la Presidencia y el Cártel de Sinaloa. No hay manera de negar que de esas dos cuerdas impulsaron su candidatura y su triunfo, y que esos dos poderes lo respaldaron hasta el momento en que fue materialmente insostenible.


Vayamos al origen. El gobernador que hoy es señalado por el gobierno norteamericano de ser cómplice de un grupo criminal fue impuesto directamente por el capricho de Andrés Manuel López Obrador. Rocha Moya no ganó la candidatura de Morena, López Obrador se la obsequió. Como lo reconoció el favorecido, obtuvo la postulación torciendo las normas del propio partido. Yo no gané, pero AMLO quiso que yo fuera el gobernador, declaró. Durante la campaña y, sobre todo durante la elección, se hizo visible la intervención de la otra cuerda. El crimen actuó con descaro. Intimidó y secuestró operadores electorales de la oposición, robó casillas, detuvo a familiares de los opositores para forzarlos a declinar. Héctor de Mauleón publicó en Nexos una crónica estrujante sobre aquella jornada. Rocha Moya se impuso. El presidente López Obrador agradeció la buena conducta de los criminales. La delincuencia organizada, dijo, "se portó muy bien".


La Presidenta ha aceptado la herencia de su antecesor sin hacer lista de sus cargas. Sin prisa alguna, sin aspavientos, sin romper con nadie, ha alejado a algunos cuadros de posiciones de poder sin poner en riesgo la unidad de su grupo político. Sheinbaum ha creído que la apuesta por la impunidad era la más segura, la única compatible con las exigencias de la gobernabilidad. Tras la bomba que soltó el Departamento de Justicia la semana pasada se verá obligada a repensar el camino. Si Sheinbaum sigue mostrándose como respaldo último de la narcopolítica pondrá en riesgo lo más importante: la viabilidad económica del país y su integridad territorial. La Presidenta está llamada a emprender una tarea para la que no parece estar preparada ni dispuesta: romper.   




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Horas cruciales para Sheinbaum


Columna de opinión escrita por Héctor de Mauleón para el diario El Universal


Lunes 4 de mayo de 2026


Héctor de Mauleón

Un día después de que, en un hecho inédito, el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusara a una decena de altos funcionarios del gobierno de Sinaloa, incluido al gobernador, Rubén Rocha Moya, de estar vinculados con la facción del Cártel de Sinaloa que dirigen Los Chapitos, un comando asesinó a las puertas de su casa al secretario general electo del Sindicato de Trabajadores al Servicio del Ayuntamiento de Culiacán, STASAC, Homar Salas Gastélum.


El líder sindical fue acribillado en el fraccionamiento Las Brisas, al lado de su escolta. Apenas en febrero pasado su casa había sido rafagueada, a manera de aviso.


La acusación en contra de Rocha Moya no solo no ha detenido la dinámica criminal que sacude Sinaloa: por el contrario, esta se ha acelerado en los últimos días. No parece detener, tampoco, el interés de las facciones, Los Chapos y la Mayiza, que desde hace meses intentan controlar uno de los sindicatos más importantes del estado: nada menos que el que opera en la sede del poder local.


Al acercarse la renovación de la dirigencia del STASAC, dos de los candidatos fueron obligados a renunciar “por motivos personales”, horas después de que anunciaran su interés por tomar parte en la contienda. Uno de estos ni siquiera se presentó a registrar su planilla.


Información de inteligencia reveló que Los Chapos operaban para imponer gente suya en la dirigencia. Al mismo tiempo, el exlíder de la STASAC, exalcalde de Culiacán y dirigente estatal de Movimiento Ciudadano, Sergio Torres Félix, intentó promover una candidatura afín a sus intereses.


Torres Félix fue atacado a finales de enero pasado, en un atentado a tiros del que milagrosamente salvó la vida, aunque dejó gravemente heridos, junto a otra víctima del ataque, a una legisladora de Movimiento Ciudadano que aquel día lo acompañaba.


El reciente asesinato de Homar Salas, apagado por el terremoto político que desataron las revelaciones del Departamento de Justicia, demuestra que la pugna sigue viva, que los cárteles no se han replegado, y que la situación de violencia en que el estado lleva casi dos años sumergido se mantiene al margen de la caída en desgracia del gobernador.


Según la acusación de Estados Unidos, el Cártel de Sinaloa allanó a Rocha Moya el camino al poder y, a cambio, el grupo criminal recibió protección desde la secretaría general de gobierno, la secretaría de finanzas, la secretaría de seguridad pública, la fiscalía de justicia y el Ayuntamiento de Culiacán.


Expertos consultados dudan de que los cambios en la gubernatura y en la alcaldía de Culiacán, cuyo titular también salió del cargo, tengan de momento algún impacto en los acuerdos establecidos con el crimen, puesto que ambos funcionarios fueron remplazados por figuras extraídas de sus propios círculos políticos.


El estado ha vivido, sin embargo, días de violencia desatada. Solo el 30 de abril se registraron 10 homicidios dolosos, el 20% de todos los que ocurrieron en el país, y algunos de estos fueron perpetrados por comandos.


En los próximos días se verá si la caída de Rocha Moya llega acompañada de la activación de otros grupos criminales que verían la puerta abierta para intentar controlar plazas que quedarían debilitadas, y ese movimiento se refleja en un aumento en la violencia.


Aunque según la información de Estados Unidos la entrega al crimen de los principales cargos políticos del estado convirtió a Sinaloa en un narcoestado, y a Rocha Moya en un narcogobernador, el exmandatario caído en desgracia ha sido arropado por diversas voces de su partido, que han llamado a la unidad para hacer frente a las presiones externas, y que han pedido el cierre de filas, esgrimiendo como razones “la falta de pruebas” y el rechazo al injerencismo.


En el Congreso Nacional de Morena la indicación, sin embargo, fue la mesura: la línea fue que no se hiciera una defensa expresa del gobernador. El intento de la delegación de Sinaloa por hacer esto, no fue secundado.


Mientras se resuelve qué hacer con los funcionarios señalados (la versión anoche era que estos iban a ser abandonados a su suerte), las horas corren. En la cúpula de la 4T se vive un clima de miedo y de nerviosismo. Muchos saben que pueden ser los próximos mencionados.


Fuentes de Palacio Nacional sostienen que en el escritorio de Claudia Sheinbaum están ya los nombres que la embajada de Estados Unidos le ha entregado, y que es cuestión de días para que el siguiente misil estalle.


A Sheinbaum, su propio círculo le ha advertido el riesgo de que los funcionarios de Sinaloa acusados por el Departamento de Justicia vayan a tocar la puerta de Estados Unidos en busca de un criterio de oportunidad que les permita convertirse en testigos protegidos, lo que sería una bomba nuclear no solo para Rocha Moya, convertido ya en cadáver político, y quien tarde o temprano, de una manera u otra, tendrá que enfrentar la justicia de aquel país, sino para la 4T entera: el esquema revelado en el caso Sinaloa se replicó en al menos seis estados, en donde el crimen organizado operó electoralmente a favor de Morena.


La advertencia fue llevada a Palenque, según las fuentes de Palacio, en donde se había pedido defender a Rocha Moya a toda costa.


En un estado crítico de vulnerabilidad frente a Donald Trump, el gobierno de Claudia Sheinbaum dispone de horas para resolver el crucigrama: o acepta la acusación contra Sinaloa, limpia las instituciones y desarticula la colusión con el crimen en lo que se llega a un acuerdo con Estados Unidos, o sigue alegando la “falta de pruebas”, y hablando de soberanía, en un intento por detener un derrumbe que, de cualquier modo, ya ha comenzado.







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